La memoria nos engaña y ayuda a sobrevivir, pero…

Autor Congresistas
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Héctor Barragán Valencia

La memoria es imperfecta, selectiva y profundamente emocional, pero justamente por eso es poderosa: nos ayuda a adaptarnos, construir identidad, tomar decisiones y dar sentido a la vida, dice el neurocientífico Charan Ranganath en su libro Por qué recordamos. ¿Qué implica esto? Sus estudios señalan que recordamos para sobrevivir y adaptarnos. La memoria por ello es inexacta, pues recordamos lo que creemos en lugar de reproducir un evento tal y como sucedió. “Este sesgo… nos deja abiertos al prejuicio, nos hace vulnerables a la desinformación y nos [puede privar] de oportunidades para aprender de nuestros errores”.

Esta capacidad de reconstruir lo vivido permite que los individuos adapten su experiencia a las necesidades del presente, filtrando lo irrelevante y otorgando sentido a lo que resulta útil para nuestra vida cotidiana. En ese proceso, los recuerdos se convierten en la materia prima de la identidad personal: en lugar de ser la suma de hechos objetivos es la historia que nos contamos a nosotros mismos. La narrativa autobiográfica es imperfecta y selectiva, pero nos proporciona coherencia. Al reinterpretar episodios pasados, redefine quiénes somos.

Somos lo que nos contamos a nosotros mismos, y esa historia está hecha de recuerdos seleccionados, reinterpretados y, muchas veces, distorsionados. La identidad se redefine cada que cambiamos la manera de recordar un episodio: un fracaso puede convertirse en aprendizaje, una pérdida en resiliencia. Por tanto, la memoria nos dice quiénes fuimos, moldea quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser.

Es así como el cerebro reorganiza los recuerdos para adaptarlos a las necesidades del presente. Esa maleabilidad explica por qué los recuerdos cambian con el tiempo y por qué lo que creemos recordar como verdad es, en realidad, una versión útil para nuestra vida actual.

Pero la memoria es colectiva. Los recuerdos se entrelazan con los de otros y cohesionan comunidades y culturas. Esta memoria surge de tradiciones, relatos históricos y conmemoraciones que dan sentido de pertenencia. El riesgo de nuestra memoria colectiva y selectiva es que puede ser manipulada y legitimar proyectos políticos o excluir a ciertos grupos. Esto tiende a dar la impresión engañosa de que nuestras vidas eran mejores antes de lo que son en la actualidad. Y a nivel social,  “hay líderes autoritarios [en] el mundo que distorsionan [el relato] y utilizan la nostalgia como arma para ganar poder y manipular a las personas”.

La memoria, lejos de ser video que graba todo momento vivido, es una estructura que se rehace cada que la evocamos. En ese proceso, que suele ser inexacto o inventado, la reconstrucción del pasado se entrelaza con las emociones y expectativas del presente. De ahí que el ayer nos aparezca como un paraíso perdido, un tiempo idílico que nunca existió del todo, pero que nuestra mente recrea para darnos sentido y orientación. Esa idealización es la raíz de la nostalgia, el impulso que nos hace mirar hacia atrás con la ilusión de que el pasado siempre fue mejor.

Cuando la incertidumbre nos rodea y buscamos una brújula que nos dé certeza, la evocación de un pasado presumiblemente estable se convierte en terreno fértil para quienes aprovechando la frustración, el temor, resentimiento e incertidumbre de la gente manipulan los relatos. Los demagogos, con palabras cargadas de emoción y promesas de retorno, reconfiguran la memoria colectiva. Así, lo que recordamos deja de ser un simple eco del pasado y se transforma en un instrumento de poder, capaz de orientar nuestras decisiones y moldear el rumbo social.

En suma, la maleabilidad de la memoria tiene como fin la utilidad: permite adaptarnos y sobrevivir más que reflejar fielmente los sucesos. El cerebro transforma millones de bits de información en un relato que nos orienta, guía nuestras acciones y moldea nuestra personalidad.

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