La seguridad no es un problema de policías

Autor Congresistas
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La historia de la lucha contra el crimen organizado suele contarse a través de datos, como cifras de capturas, número de decomisos y despliegues militares. Sin embargo, la experiencia práctica de personas como Leoluca Orlando, el hombre que arrebató Palermo de las garras de la Cosa Nostra, nos ofrece una tesis más profunda y, quizás, la única vía de salida real para naciones que, como México, enfrentan una violencia sistémica: la seguridad no es un problema de policías, sino de cultura y pertenencia.

Orlando es contundente al diferenciar la criminalidad común de la criminalidad identitaria. Mientras que el delincuente “normal” busca el beneficio económico rápido, el mafioso busca poder y consenso. La mafia no sobrevive solo por sus balas, sino porque se inserta en los “valores” de la comunidad, convirtiéndose en un modelo aspiracional para los jóvenes y en un “Estado alterno” que provee lo que el Estado oficial no puede o no quiere por su complicidad con los criminales.

Por ello, la estrategia de “tolerancia cero” o la mera represión policial suelen ser insuficientes. Si solo se ataca el síntoma (el criminal) sin transformar el tejido social que lo sostiene, el sistema simplemente se regenera. 

Las Dos Ruedas: El Equilibrio Vital

La tesis más poderosa de Orlando es la metáfora de la carreta siciliana. Para que una sociedad avance hacia la paz, necesita dos ruedas girando a la misma velocidad:

  1. La Represión: Justicia, leyes y fuerza pública.
  2. La Cultura: Educación, ética ciudadana y compromiso civil.

Si el Estado invierte miles de millones en la primera rueda, pero descuida la segunda, la carreta solo dará vueltas sobre su propio eje. Un policía puede arrestar a un capo en cinco segundos, pero se necesitan años para convencer a la familia de ese capo y a su vecindario de que esa vida los daña y daña a los demás. La verdadera victoria no es llenar las cárceles, sino vaciar las filas de reclutamiento del narco a través del desprecio social al crimen.

Por eso los mensajes y posicionamientos de la presidenta Sheinbaum fallan peligrosamente en este rubro, pues no condena con firmeza a los criminales, sino parece defenderlos a través de falsas banderas soberanas.

El centro de la propuesta de Orlando es una transformación del concepto de propiedad. La cultura mafiosa prospera donde domina el pensamiento de que “lo que no es mío, no es de nadie”. En ese vacío de responsabilidad, el criminal se adueña de la plaza, del parque y de la calle.

La respuesta de Orlando en Palermo fue brillante por su sencillez: la adopción de monumentos por parte de los niños. Al hacer que los estudiantes cuidaran y explicaran su patrimonio, les entregó las llaves de la ciudad. El mensaje cambió: “Esto no es del alcalde, ni del narco; es mío, es tuyo, es nuestro”. Cuando el ciudadano siente que el espacio público le pertenece, la mafia pierde su escondite.

Orlando hace un llamado a los ciudadanos al recordar que el silencio es el mejor aliado del verdugo. El drama de ciudades como Monterrey o Ciudad Juárez no es solo el de quienes disparan, sino el de “la gente buena” que calla por miedo o indiferencia.

La paz definitiva solo llegará cuando ocurra una alianza entre políticos creíbles y ciudadanos indignados que no se callan, que entienden que las calles son de su propiedad, que el dinero no es del gobierno, es de la gente que trabaja; y que sin su participación el mal avanza. La indignación no debe ser solo un grito de dolor, sino una acción colectiva que recupere la plaza pública. Mientras el crimen organizado sea visto como un “mal necesario” o una “vía de ascenso social”, la guerra continuará. Solo cuando la legalidad sea percibida como lo más conveniente para vivir y prosperar, la carreta de la libertad avanzará. 

Es en la lucha de ideas, valores y creencias; en la lucha cultural, donde México está perdiendo la gran batalla. 

@dariomendoza

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