Darío Mendoza A
El gran discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Munich no fue simplemente una actualización de la agenda diplomática de Washington; fue un manifiesto de ruptura con el consenso globalista de las últimas tres décadas. Ante una audiencia europea acostumbrada al lenguaje de la “cooperación técnica” y el “orden basado en reglas”, Rubio lanzó una advertencia clara: la era de la gestión del declive occidental ha terminado.
La tesis central de Rubio parte de una autocrítica profunda hacia Occidente. El Secretario de Estado sostiene que el triunfo de 1989, cuando se derrumbó la cortina de acero soviética, “nos sumergió en una ilusión peligrosa”: la idea de que el comercio, por sí solo, disolvería las fronteras y convertiría a cada nación en una democracia liberal. No fue así. Fue un error de cálculo que costo la soberanía y empoderó a elites globalistas. El mundo libre empezó a derrumbarse y hoy asistimos a un Occidente más vulnerable.
Lo más llamativo del discurso de Rubio fue que desplazó el foco: de la geopolítica fría a la identidad cultural. Rubio no habla de “socios comerciales”, sino de una “civilización compartida”. Al invocar el legado de Dante, Mozart y la fe cristiana, intenta recordar a Europa y América que su alianza no es un contrato de defensa, sino una herencia espiritual. Rubio fue más allá de las lecturas pragmáticas del poder mundial, le pone ‘aceite’ a la maquinaria oxidada de occidente.
Esta visión implica un cambio de paradigma:
- La economía como seguridad: La reindustrialización no es solo una meta económica, es un imperativo de supervivencia. No se puede ser libre dependiendo de las cadenas de suministro de un adversario como China.
- La frontera como símbolo: Para Rubio, el control migratorio no es una cuestión de xenofobia, sino el ejercicio básico de la soberanía. Sin fronteras, argumenta, no hay nación; y sin nación, no hay nada que defender.
El mensaje para los aliados europeos fue directo y, por momentos, incómodo. Rubio fue enfático en que Estados Unidos no busca aliados “atados por la culpa o la complacencia”, sino socios fuertes, capaces de defenderse a sí mismos. La exigencia de reciprocidad de la administración de EU no es un abandono, sino una invitación a abandonar el “bienestarismo global” y asumir la responsabilidad del poder y la soberanía nacional.
Sobre los conflictos actuales, Rubio aterrizó su filosofía en un realismo seco. En Ucrania, el objetivo es un acuerdo “justo y sostenible”, reconociendo que las soluciones diplomáticas solo ocurren cuando se basan en la fuerza y los hechos, no en resoluciones vacías de la ONU. Respecto a China, su postura es de “geopolítica responsable”: dialogar para evitar el conflicto, pero sin la ilusión de que los intereses norteamericanos lleguen a alinearse algún día de forma natural.
El discurso de Munich marca el nacimiento de una doctrina que prioriza lo tangible —la industria, la frontera, la cultura— sobre lo abstracto, la quimera o la ideología. Rubio ha planteado un reto a Europa: unirse a este proceso de “renovación y restauración” o quedar atrapados en la inercia de un orden que ya no existe. Es un llamado a dar una nueva oportunidad a la civilización occidental.
La pregunta que queda en el aire es: si Occidente está listo para actuar y volver a ser el arquitecto de su propio destino. El “Siglo Occidental” no ha muerto, pero según Washington, solo sobrevivirá si recordamos quiénes somos y qué estamos dispuestos a proteger y eso incluye a México sin duda.
El mundo occidental se estaba re diseñando por poderosas elites, como una maquina fría y sin alma, donde el ser humano es totalmente irrelevante, sin dignidad y sin espíritu trascendente. Pero la pregunta final que resuena es: ¿Está Europa preparada para asumir el costo de su propia defensa y de su identidad, sin el paraguas de Estados Unidos? O seguirá el camino de su furor ideológico y caminará al colapso de su civilización milenaria.
