Radioterapia

Autor Congresistas
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Patricia Bolaños Vera

Crónica desde la sala de espera

Son las 6:40 de la mañana y la sala de radioterapia ya está casi llena.

Algunos pacientes llegaron antes de que amaneciera. Vienen de Ecatepec, de Puebla, de Hidalgo, de Veracruz. Traen termos con café, bolsas con documentos médicos doblados y una carpeta donde guardan, como si fuera un expediente de guerra, los estudios que explican lo que su cuerpo está enfrentando.

En el Instituto Nacional de Cancerología (INCan), la jornada empieza temprano. Aquí, el tiempo no se mide en horas sino en sesiones: cinco, quince, treinta y dos. Cada número representa una batalla más.

El diagnóstico llegó semanas o meses atrás, pero todavía pesa como si hubiera sido ayer. “Es cáncer”, dijo el médico. Dos palabras suficientes para cambiarlo todo. En ese instante, el ruido del mundo se apagó. Lo que vino después fue una mezcla de miedo, incredulidad y preguntas sin respuesta. ¿Voy a sobrevivir? ¿Cómo se lo digo a mis hijos? ¿Qué va a pasar con mi trabajo?

Desde entonces, la vida se divide en antes y después.

En la sala de espera, las sillas —gastadas, con el vinil resquebrajado por los años— sostienen historias que no aparecen en estadísticas. Una mujer joven con pañuelo en la cabeza revisa su celular sin mirarlo realmente. Un hombre mayor respira hondo, como si ensayara paciencia. Una señora aprieta un rosario entre los dedos.

La espera puede ser de treinta minutos. O de tres horas. Depende del día. Depende de la carga de trabajo. Depende de que los equipos funcionen, de que no haya fallas eléctricas, de que el turno avance. Y mientras tanto, los pacientes esperan. Esperan su nombre. Esperan su turno. Esperan una oportunidad.

La radioterapia es una máquina imponente que no distingue historias personales. Emite energía invisible que busca destruir células malignas sin dañar las sanas. El instituto realiza alrededor de 62 mil sesiones al año y tiene capacidad para atender cerca de mil 800 pacientes mensuales en sus distintas modalidades.

Pero para quien está acostado bajo el aparato, la experiencia es profundamente íntima. La camilla es fría. El cuarto, silencioso. Los técnicos piden que no se muevan. Afuera, la vida sigue; adentro, el tiempo parece suspendido.

Algunos pacientes reciben cinco sesiones. Otros deberán volver cada día durante más de un mes. La piel se irrita, el cuerpo se cansa, el apetito cambia. Y aun así regresan. Porque cada sesión es una apuesta por seguir.

En las paredes de la sala cuelgan imágenes religiosas y frases motivacionales. “Nunca sabes lo fuerte que eres, hasta que ser fuerte es tu única opción”. Algunos sonríen al leerla; otros la miran en silencio. No todos quieren ser fuertes. A veces solo quieren no tener miedo.

Y entonces, a veces, ocurre algo que cambia el ambiente.

Cuando un paciente termina todas sus sesiones de radioterapia, camina hacia una campana colocada en el área. La sostiene unos segundos, respira profundo y la hace sonar. El eco metálico rompe el murmullo de la sala.

No es solo un sonido. Es un anuncio. Es el final de un ciclo.

Quien toca la campana suele levantar la mirada al cielo y agradecer a Dios. Agradece también al Instituto, al personal médico, a los técnicos que lo acompañaron durante semanas. Algunos lloran. Otros sonríen con una mezcla de alivio y cansancio.

Después, ocurre algo más: buscan transmitir esperanza.

Se acercan a quienes todavía esperan su turno y les dicen que sí se puede, que cada sesión cuenta, que no están solos. Entregan pequeños regalos: pulseras tejidas a mano, como símbolo de fortaleza. Pero sobre todo reparten bolsas con dulces. Dulces para los pacientes. Dulces para los familiares que también han esperado horas en esas mismas sillas.

Es un gesto sencillo. Pero en un lugar donde la palabra cáncer pesa tanto, ese gesto se convierte en un acto de resistencia colectiva.

El personal médico camina rápido por los pasillos. La mayoría ofrece una palabra amable, una explicación paciente, una mirada que tranquiliza.

Hoy el INCan atiende alrededor del siete por ciento de los casos nuevos de cáncer en el país. Las cifras son contundentes. Pero detrás de cada porcentaje hay un nombre, una familia, una historia suspendida.

En la sala de radioterapia nadie habla demasiado del futuro. Se habla del siguiente turno. Del próximo estudio. De la sesión que falta. Algunos confían en que volverán a su rutina: el trabajo, la cocina, la escuela de los hijos. Otros saben que el camino puede ser más incierto. Pero todos, sin excepción, regresan al día siguiente.

Y mientras la máquina sigue su zumbido constante, la campana espera. Porque cada vez que suena, recuerda a los que aún están en tratamiento que el final también puede llegar.

En el INCan, cada día es una suma de esperas, de miedo y de esperanza conviviendo en el mismo pasillo.

Y cuando la campana suena, por unos segundos, el miedo se hace más pequeño.

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