¿Estás produciendo mensajes sin alma?

Autor Congresistas
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Darío Mendoza A


La tragedia de nuestras sociedades es que hay muchos jefes y pocos líderes. Abundan los dirigentes políticos y sociales que hablan a la cabeza, pero no al corazón. Cuando digo dirigentes, y no líderes, me refiero a personas que poseen un puesto de decisión y de poder en la empresa, en organismos sociales o que son dirigentes políticos. Todos en la cumbre de sus organizaciones sin inspirar a sus equipos, ni a las personas que los rodean. Muchas likes en su mundo digital, pero sin verdaderos seguidores.

En el escenario público actual, nos sobra rollo y nos falta alma, mucho cálculo y poca convicción. Si analizamos la comunicación de nuestros representantes bajo el lente del “Círculo de Oro”, de Simón Sinek, descubrimos una verdad incómoda: la política se ha convertido en una industria de frases repetitivas sobre que hacer, olvidando por completo proyectar la causa. La causa es lo que da sentido profundo a las tareas; es explicar el por qué hacemos lo que hacemos. 

La mayoría de las figuras políticas actuales funcionan como empresas mediocres. Se presentan ante el electorado diciendo: “Tengo un plan de 10 puntos para la economía… voy a generar empleo y daré seguridad”. Siempre lo mismo, centradas en Qué harán y a veces nos explican el cómo lo harán. Los discursos se agotan en el qué y a veces en el cómo, y con eso no inspiran a nadie.

Los dirigentes políticos fallan en conectar con el cerebro límbico del ciudadano. El límbico es la parte del cerebro responsable de todos nuestros sentimientos, como la confianza y la lealtad. También es el centro de la toma de decisiones, pero no tiene capacidad para el lenguaje.

Muchos dirigentes no explican el por qué están en la batalla. No hablan de una creencia profunda sobre la justicia, la libertad o la dignidad humana que los obligue a levantarse cada mañana. Como resultado, no generan lealtad, solo transacciones: “te doy mi voto si me prometes este beneficio”. Cuando la promesa falla, la conexión desaparece.

Una sociedad civil que imita el vacío

El problema se agrava cuando los que encabezan a la sociedad civil, y sus intelectuales tradicionales, caen en la misma trampa. En lugar de articular las necesidades más sentidas de la gente y convertirlas en un propósito común, la sociedad civil se convierte en un eco de la política tradicional. Repiten los mismos tecnicismos y se pierden en el “Cómo” institucional. Han olvidado que su rol no es solo gestionar recursos o criticar leyes, sino encarnar una causa justa.

La cuestión es que la gente no sigue a los líderes por ellos, sino porque esos líderes encarnan los mismos sueños de la gente. Los que comandan a la sociedad civil deben comprender que los intelectuales solo hablan para otros intelectuales con profundos análisis que pueden ser valiosos pero sólo se quedan en un lenguaje de “qués” complejos. Replicar esos lenguajes para comunicarse con la sociedad es la vía perfecta al fracaso, no inspirarán a nadie. No están comunicando una creencia; están dictando una cátedra.

El discurso del “Plan” frente al discurso del “Sueño”

Sinek lo deja claro con el ejemplo de Martin Luther King: él no pronunció el discurso “Tengo un Plan de 12 puntos para la Integración Racial”. Él dijo: “Tengo un sueño”.

Los dirigentes sociales y políticos actuales nos dan planes, nos dan sesudos y cuidados análisis, estructuras frías que apelan a la neocorteza del cerebro, que es responsable del pensamiento racional, analítico y del lenguaje. Esta zona entiende datos y figuras, pero mucho ojo: no controla el comportamiento

La gente necesita causas:  Visiones que apelen al corazón, a esa parte del cerebro que decide por instinto y convicción. 

La razón por la cual no hay líderes que inspiren un cambio real es porque casi nadie está dispuesto a ser vulnerable y hablar desde su creencia más profunda. Están demasiado ocupados tratando de ser “elegibles” o “políticamente correctos” (el Cómo), olvidando que la verdadera autoridad emana de la autenticidad de un Por qué innegociable.

Para que surja un nuevo liderazgo —ya sea en el gobierno o en la base social—, debemos dejar de preguntar ¿Qué vamos a hacer?” y empezar a preguntarnos “¿En qué creemos realmente?”.

Un líder que no sabe por qué pelea solo está ocupando un cargo. Un intelectual que no conecta con la necesidad humana detrás de sus teorías solo está haciendo ruido. El cambio real de personas capaces de articular un propósito tan potente que el “Qué” y el “Cómo” se vuelvan una consecuencia natural de una creencia compartida.

“Los límites los pone la cabeza, pero los derriba el corazón”
Jorge Valdano

@dariomendoza

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