Los derechos humanos como coartada de perdedores

Autor Congresistas
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Héctor Barragán Valencia

La historia de Occidente, a lo largo de los siglos y después de muchos tropiezos y retrocesos, construyó su prosperidad bajo los pilares de la compasión, la solidaridad y la idea de que la ley limita al poderoso. Pero el gobierno de Donald Trump plantea un giro radical: sustituir la compasión por la supremacía del más fuerte, la diversidad por la pureza racial y las reglas económicas por el interés del más hábil. Dicha visión pretende erigir un nuevo orden civilizatorio y convierte a la compasión en el campo de batalla simbólico de nuestra época. Con la idea de forjar una “nueva moral” intenta socavar los valores de la Ilustración. Este enfoque considerada a los derechos humanos, que es el más grande avance a favor de la sobrevivencia de la humanidad, como la coartada de los perdedores para destruir al mundo civilizado. Idealiza un mundo sin reglas y sin límites. Las redadas de migrantes, la persecución y condena del otro y las guerras son barruntos de ese orden.

Atendamos lo dicho por Pete Hegseth, secretario de Guerra de Estados Unidos. “Nos enfrentamos a una prueba esencial: si nuestras naciones serán y seguirán siendo naciones occidentales con características distintivas, naciones cristianas bajo Dios, orgullosas de nuestra herencia compartida, con fronteras fuertes y pueblos prósperos gobernados no por la violencia y el caos, sino por la ley, el orden y el sentido común; o si seremos permanentemente divididos por otras fuerzas, desviados por fuerzas en competencia, el narco-comunismo radical y la tiranía anarquista, que amenazan a nuestros pueblos, nuestras fronteras y nuestras tierras soberanas en nombre de una falsa soberanía o una falsa paz; la migración masiva descontrolada que arrasa los recursos internos destinados a los ciudadanos que los merecen y que impulsa el crimen y la violencia sin control; o la creencia en el llamado globalismo que busca borrar nuestras identidades nacionales distintivas en nombre de la tolerancia, borrar nuestras fronteras en nombre de la compasión y borrar nuestro espíritu guerrero y aquello que nos hace fuertes en nombre de la llamada diversidad y la corrección política, una de las frases más tontas en la historia militar”.

Estas ideas de repudio a los derechos humanos son parte de una vieja polémica filosófica, debilitada por los descubrimientos de la ciencia, como veremos en este trabajo. La polémica sobre la compasión no es un asunto enterrado en los libros de filosofía o en las discusiones victorianas sobre la eugenesia. Hoy vuelve a la superficie con palabras como las del actual secretario de Guerra de Estados Unidos, quien declaró que la compasión y la diversidad son “una de las frases más tontas en la historia militar”, acusándolas de debilitar la identidad nacional y el espíritu guerrero. Este discurso, que mezcla nacionalismo, religión y rechazo al “globalismo”, actualiza la vieja controversia: ¿es la compasión un signo de decadencia o el fundamento de la humanidad?

Francis Galton y Herbert Spencer plantearon que la compasión impedía la perfección de la especie, justificaron la eugenesia y el darwinismo social. Nietzsche, en Así habló Zaratustra, la denunció como la causa que sofocaba la vitalidad. En esa obra sostuvo que Dios había muerto por exceso de compasión. Estos pensadores asociaron a la compasión con debilidad, un freno para la fuerza y la selección de los mejores. El eco de esas ideas resuena en el discurso contemporáneo: la compasión es presentada como amenaza a la identidad nacional, como un peligro que borra las fronteras y debilita la cohesión social.

Darwin, en cambio, había observado lo contrario: en El origen del hombre (1871) afirmó que los grupos que cuidan de sus miembros prosperan más que aquellos que los abandonan. La compasión, sostuvo, es una ventaja evolutiva, un rasgo que fortalecía la cooperación y la supervivencia. Esa intuición hoy está respaldada por la neurociencia, que demuestra cómo la compasión activa circuitos cerebrales vinculados al bienestar y la cooperación. Estudios publicados en Springer Nature y en National Academies muestran que la compasión hacia otros se asocia con mayor bienestar psicológico y social, y que las prácticas de compasión fortalecen la resiliencia frente al estrés. La psicología clínica confirma que la compasión reduce la ansiedad, mejora la salud mental y favorece la cooperación en grupos.

Estudios recientes en neurociencia han demostrado que la compasión activa circuitos cerebrales vinculados al bienestar y la cooperación. Una revisión publicada en Irish Journal of Psychological Medicine (2025) concluye que la práctica de la compasión mejora la resiliencia psicológica y el bienestar emocional, al motivar a las personas a aliviar el sufrimiento de otros. Un metaanálisis en Nature (2024) encontró una asociación positiva y significativa entre la compasión y el bienestar general, incluyendo bienestar psicológico, social y afectivo. La ciencia confirma que la compasión es una idea ética fundada en la biología con efectos medibles en el cerebro y el cuerpo.

En paralelo, la biología evolutiva ha demostrado que la diversidad genética es fundamental para la supervivencia de las poblaciones humanas. Un artículo en Molecular Biology and Evolution (Oxford Academic, 2024) explica que la salida de los humanos de África y la mezcla de poblaciones en distintos continentes generó una intensa diversificación genética, clave para enfrentar enfermedades y adaptarse a ambientes cambiantes. Otro estudio sobre el impacto en la diversidad genética señala que la variación dentro de una población aumenta su capacidad de resistir amenazas como epidemias y cambios ambientales. La endogamia, en contraste, reduce la variabilidad genética y debilita la capacidad de adaptación y supervivencia. Por ello, la mezcla de genes de distintas poblaciones ha sido un reservorio evolutivo que asegura la viabilidad de la especie humana a largo plazo.

A pesar de que la neurociencia ha demostrado que los valores éticos son parte constitutiva de la humanidad, que han ayudado a la preservación de la especie, estas teorías se han aplicado a otras áreas del quehacer humano. Tal es el caso de las ideas de Herbert Spencer. La teoría de la “supervivencia del más apto” aplicada a la economía y las ciencias sociales avalan la desigualdad extrema. Esa herencia se manifiesta como populismo, nacionalismo y malestar social, justamente por la competencia económica feroz que favoreció la globalización y que devastó la región conocida como el cinturón del óxido en Estados Unidos. Estas condiciones de angustia, precariedad, pérdida de sentido de pertenencia, explican el auge de los discursos populistas y nacionalistas.

Los desplazados por el orden ultraliberal culpan de su condición al traslado de las empresas que una vez fueron referencia y orgullo de las regiones manufactureras. De ahí, sólo hay un paso para culpar al extranjero, al extraño, al otro de todos los males que padecen. Por ello la polémica sobre la compasión trascendió del ámbito de la filosofía a las ciencias sociales y a la economía. Spencer, al acuñar la expresión “supervivencia del más apto”, interpretó la teoría de Darwin como una lógica aplicable al mercado: el libre comercio debía ser un campo de batalla donde los individuos compitieran y triunfaran los mejores. La compasión, en esta visión, era un obstáculo que interfería con la selección natural de los más fuertes. En Estados Unidos, sirvió para oponerse a la regulación del trabajo infantil, a la seguridad social y a las leyes de protección laboral. En Europa, se convirtió en un soporte ideológico del colonialismo y del racismo científico. La compasión, bajo esta lógica, era vista como una amenaza al progreso económico.

El resultado fue una economía que exaltaba la competencia sin límites y despreciaba la solidaridad. Esa visión se prolongó en el neoliberalismo, que redujo el papel del Estado y dejó que el mercado regulara la vida social. Así se debilitó a la democracia. La consecuencia ha sido una enorme desigualdad: concentración de riqueza en pocas manos, precarización laboral y debilitamiento de las redes de protección social. La ruptura social que conocemos hoy es hija de esa herencia.

La desigualdad ha generado un malestar social profundo. El populismo surge como respuesta a la exclusión, prometiendo devolver poder a los “olvidados”. El nacionalismo se alimenta del resentimiento frente a la globalización, culpando a la migración y a la diversidad de los problemas internos. El malestar social se traduce en desconfianza hacia las instituciones y en polarización política. Las teorías que despreciaron la compasión y exaltaron la competencia han producido sociedades fracturadas, incapaces de sostener la cohesión social. La compasión, que Spencer y sus seguidores consideraban debilidad, se revela como el elemento que falta para reconstruir el tejido social. La ciencia y la historia nos recuerdan que la verdadera fuerza de la humanidad está en su capacidad de cuidar y de mezclarse. La compasión no es decadencia, sino civilización; no es debilidad, sino fortaleza evolutiva.

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