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Bajo la selva: el mundo invisible que sostiene a Yucatán

La Península de Yucatán parece, a simple vista, un paisaje firme: selva baja, caminos blancos, pueblos que crecen alrededor de los cenotes. Pero esa firmeza es, en buena medida, una ilusión. Debajo se extiende uno de los sistemas naturales más frágiles y complejos del planeta: un entramado de cavernas, ríos subterráneos y vacíos tallados en roca caliza, herencia profunda del impacto que formó el Cráter de Chicxulub hace 66 millones de años.

Ese mundo invisible es el verdadero corazón de la región. De ahí sale el agua que beben millones de personas. Ahí viven especies únicas adaptadas a la oscuridad. Ahí viaja, casi sin filtros naturales, todo lo que cae en la superficie. Y es sobre ese cuerpo frágil que hoy se levanta una de las obras de infraestructura más ambiciosas del país, pero también una de las más improvisadas y carentes de estudios serios en la historia reciente de México: el Tren Maya.

Un suelo que no es suelo

Durante decenas de millones de años, lo que hoy es Yucatán fue un mar somero donde se acumularon conchas y sedimentos ricos en carbonato de calcio. Con el tiempo, esos materiales se compactaron y dieron origen a una enorme plataforma de caliza: una roca porosa, soluble, vulnerable al agua ligeramente ácida de la lluvia.

Así nace el paisaje kárstico. El agua se infiltra, disuelve la piedra, abre grietas, conecta cuevas y, cuando el techo ya no resiste, colapsa y forma un cenote. Visto desde arriba, parece tierra firme. Visto desde abajo, es un laberinto de huecos interconectados.

A esta fragilidad natural se suma un episodio extremo: el impacto de Chicxulub no solo abrió un cráter de más de 180 kilómetros de diámetro; también fracturó y debilitó la plataforma de caliza a escala regional. El resultado es un subsuelo que se parece menos a un bloque sólido y más a una esponja de piedra atravesada por agua. Construir aquí nunca fue sencillo. Hacerlo con prisa es, sencillamente, temerario.

El golpe que cambió la historia (y la capa que lo delata)

En rocas de todo el planeta existe una delgada franja rica en iridio, un elemento raro en la corteza terrestre pero común en meteoritos. Es la llamada capa K/Pg: la firma química del impacto. Polvo vaporizado, rocas fundidas y aerosoles fueron lanzados a la atmósfera, oscurecieron el cielo durante meses o años, enfriaron el clima y colapsaron cadenas alimenticias.

Ahí se explica la extinción de los dinosaurios no avianos y de muchas otras especies. Y, de manera paradójica, ese mismo evento abrió el camino evolutivo para que pequeños mamíferos prosperaran. Millones de años después, esa rama terminaría produciendo a los humanos. Sin aquel desastre, es muy probable que nunca hubiéramos existido.

La lección es incómoda: la historia de la vida en la Tierra está hecha de catástrofes… y de quienes supieron sobrevivir a ellas. Hoy no enfrentamos un asteroide. Enfrentamos algo más predecible y, por lo mismo, más imperdonable: decisiones humanas tomadas a sabiendas del riesgo.

Un acuífero único y extremadamente vulnerable

En Yucatán casi no hay ríos en la superficie. El agua corre debajo, en un sistema de ríos subterráneos gigantesco y conectado que abastece a ciudades, pueblos, selva y fauna. En un terreno kárstico, la lluvia no se queda en la capa superior del suelo: se infiltra rápido, entra a grietas, circula por cavernas y viaja kilómetros bajo tierra.

Eso tiene una consecuencia clave: casi cualquier intervención en la superficie termina interactuando con el acuífero. Excavaciones, perforaciones, hincado de pilotes, movimiento de tierras y colados de concreto no ocurren “sobre” el sistema de agua, sino dentro de él o justo encima de sus conductos naturales.

En ese contexto deben entenderse los reportes de sedimentos de cemento, partículas finas y óxidos en el agua subterránea. No es algo misterioso ni excepcional: cuando se trabaja en un suelo tan poroso, los materiales finos y los residuos de obra encuentran caminos directos hacia el acuífero.

El problema es que el cemento fresco es altamente alcalino y puede alterar la química del agua; los compuestos de hierro y los sedimentos en suspensión pueden aumentar la turbidez, cubrir superficies y modificar microecosistemas muy sensibles. Y en un sistema donde todo está conectado, lo que entra en un punto no se queda ahí: puede desplazarse y afectar zonas lejanas.

No es un asunto técnico menor. Es el mismo acuífero del que dependen comunidades, ciudades, hoteles, agricultura y turismo. En este entorno, contaminar es fácil; limpiar es casi imposible.

Pilotes, cavernas y una pregunta incómoda

Parte del trazo del tren se resolvió con viaductos elevados sobre pilotes de concreto. En teoría, estos pilotes deben atravesar capas débiles y anclarse en material competente. En la práctica, en un subsuelo lleno de huecos, surge una duda que nadie debería tomar a la ligera:

¿Están todos esos pilotes realmente apoyados en roca sólida… o algunos podrían estar “descansando” sobre techos de cavernas más profundas?

Si un pilote queda apoyado en el techo de una cueva, el riesgo no tiene por qué ser inmediato ni espectacular. A veces se manifiesta como asentamientos lentos, microgrietas, deformaciones casi imperceptibles. Pero en geología, lo lento también cuenta: vibraciones, cambios en el nivel del agua y la disolución progresiva de la caliza pueden debilitarestructuras con el tiempo.

El problema central no es solo el escenario extremo, sino la incertidumbre. En karst, el subsuelo siempre guarda sorpresas. Por eso los estudios suelen ser largos, densos y caros. Cuando se hacen con prisa, el terreno termina cobrando después.

La selva que sí vemos: corredores rotos

Arriba del suelo, el impacto es igual de real. La selva no es solo “muchos árboles”: es una red de corredores biológicospor donde se mueven grandes y pequeños animales, aves, reptiles y una flora que tarda siglos en recuperarse.

La fragmentación por vías, caminos de servicio, desmonte, ruido y presencia humana no siempre mata de inmediato, pero aísla poblaciones, reduce territorios efectivos y debilita la diversidad genética. A largo plazo, esa es otra forma de extinción: silenciosa, acumulativa y casi siempre irreversible.

¿Señales de alerta? En karst, casi siempre llegan tarde

En regiones kársticas del mundo —desde China hasta Florida o los Balcanes— existen colapsos súbitos: hundimientos, socavones, fallas locales. No son cotidianos, pero tampoco raros. El detalle inquietante es que cuando aparecen en superficie, el proceso subterráneo suele llevar años o décadas en marcha.

La naturaleza no emite comunicados. Avisa con grietas cuando ya es tarde.

Del subsuelo a la política: un patrón que se repite

Nada de esto ocurre en el vacío. Las decisiones que hoy se toman en el sureste forman parte de un patrón de gobierno donde la prisa, la opacidad y el capricho suelen ir por delante de la evidencia técnica, de los tiempos de la ciencia y de los controles mínimos contra la corrupción.

Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y ahora en el de Claudia Sheinbaum, México ha acumulado ejemplos dolorosos de lo que ocurre cuando las advertencias se ignoran y la rendición de cuentas se vuelve secundaria: una gestión de la pandemia con costos humanos enormes, accidentes en el Metro de la Ciudad de México ligados al abandono del mantenimiento, y una crisis de seguridad que sigue cobrándose miles de vidas cada año.

A eso se suma un problema que atraviesa buena parte de las grandes obras públicas recientes: la sospecha persistente de corrupción, contratos opacos, sobrecostos y decisiones técnicas subordinadas a intereses políticos o económicos. En ese contexto, proyectos ferroviarios presentados como emblemas de desarrollo han terminado mostrando su cara más frágil. La reciente tragedia en el Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec recordó, de forma brutal, que la negligencia, la mala planeación y la corrupción no son abstracciones: matan.

Visto así, el caso del Tren Maya deja de ser solo una discusión técnica sobre pilotes, cavernas o estudios de suelo. Se vuelve el símbolo de una forma de gobernar: hacer primero, justificar después; construir rápido, estudiar tarde; gastar sin transparencia y minimizar riesgos hasta que el riesgo se convierte en tragedia.

Aquí el daño puede no ser inmediato ni fotogénico. No habrá, quizá, una sola imagen que resuma el error. Habrá algo más difícil de revertir: un acuífero alterado, un subsuelo debilitado, ecosistemas fragmentados y una infraestructura asentada sobre incertidumbres geológicas y debilidades institucionales que no se corrigen con discursos.

La historia reciente del país debería habernos enseñado que la negligencia y la corrupción no son abstractas. Tienen nombres, fechas y víctimas. Y también que las obras públicas no se miden solo en kilómetros inaugurados, sino en cuántas vidas protegen o ponen en riesgo a lo largo de décadas.

Epílogo: elegir con los ojos abiertos

Hace 66 millones de años, un asteroide cambió la historia de la vida. Sin ese golpe, probablemente los mamíferos nunca habrían dominado el planeta y los humanos no estaríamos aquí haciéndonos estas preguntas.

Hoy, sin meteoritos de por medio, estamos tomando decisiones que también dejarán huella por siglos en la selva, el agua y el subsuelo. La diferencia es que esta vez no es un accidente cósmico: es una elección humana.

En Yucatán, lo más importante no siempre está a la vista. Y lo que no se ve —el agua, las cavernas, la roca que se disuelve lentamente— es justo lo que sostiene todo. Construir ahí exige más ciencia, más tiempo y más cautela que en casi cualquier otro lugar. Porque este territorio siempre cobra las deudas. Solo que lo hace en silencio y a largo plazo.

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