Congresistas

Cuando dejamos de pensar: la normalización de la indiferencia ciudadana

“Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia.”

— Elie Wiesel

Vivimos una época de profundas contradicciones. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, pocas veces había sido tan difícil distinguir entre la verdad y la mentira. Nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, tan distantes del dolor de quienes nos rodean.

Poco a poco nos hemos ido acostumbrando a convivir con el abuso, la violencia, la corrupción y la desinformación, como si fueran parte inevitable de la vida cotidiana.

Lo que antes despertaba indignación hoy, muchas veces, apenas provoca una reacción pasajera.

La crisis de una sociedad no comienza cuando aparecen la violencia, la corrupción o la mentira. Comienza cuando los ciudadanos dejamos de pensar críticamente, dejamos de hacer preguntas y renunciamos a actuar.

La indiferencia no surge de un día para otro. Se instala lentamente cuando dejamos de sorprendernos por aquello que nunca debería parecernos normal. Empieza cuando una extorsión, una desaparición, un acto de corrupción o una noticia falsa dejan de indignarnos y pasan a formar parte del paisaje cotidiano.

Sin darnos cuenta, repetimos frases que justifican nuestra pasividad: “eso siempre ha pasado”, “todos son iguales” o “no vale la pena hacer nada”

Parecen expresiones inofensivas, pero terminan debilitando nuestra voluntad para participar y asumir nuestra responsabilidad como ciudadanos.

Cuando el discurso se aleja de la experiencia ciudadana

Vivimos también una paradoja. Con frecuencia escuchamos discursos que destacan avances en seguridad, economía o combate a la corrupción. Es importante reconocer los esfuerzos institucionales cuando existen. Sin embargo, una democracia también debe escuchar cómo viven y perciben esa realidad sus ciudadanos.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI, el 61.5 % de la población consideró inseguro vivir en la ciudad donde reside. La percepción fue mayor entre las mujeres (67.2 %) que entre los hombres (54.6 %). Más allá de las cifras, estos datos reflejan una realidad cotidiana que millones de personas experimentan cada día.

Algo semejante ocurre con la corrupción y la impunidad. Diversos estudios del INEGI muestran que ambas continúan entre las principales preocupaciones de la ciudadanía y siguen debilitando la confianza en las instituciones.

Lo mismo sucede con la incertidumbre económica, que afecta las expectativas de millones de familias respecto a su bienestar y a las oportunidades para sus hijos.

Cuando la experiencia cotidiana de las personas no coincide con el discurso público, comienza a crecer el escepticismo. Y cuando ese escepticismo se prolonga, termina convirtiéndose en indiferencia.

El costo de dejar de pensar críticamente

La desinformación encuentra terreno fértil cuando dejamos de verificar los hechos. Compartimos mensajes sin conocer su origen, aceptamos versiones que confirman nuestras propias creencias y pocas veces nos detenemos a contrastar la información.

Sin advertirlo, otros terminan pensando por nosotros.

La democracia no solo se debilita por las decisiones equivocadas de quienes gobiernan.

También pierde fuerza cuando los ciudadanos dejamos de cuestionar, abandonamos el diálogo y renunciamos a participar en los asuntos públicos.

Pensar críticamente no significa desconfiar de todo. Significa preguntar antes de creer, contrastar datos, escuchar argumentos distintos y construir un juicio propio. Esa es una de las expresiones más profundas de la libertad.

Recuperar la ciudadanía

Ser ciudadano significa mucho más que votar cada cierto tiempo. Significa involucrarse en la vida pública, solidarizarse con quienes sufren una injusticia, exigir transparencia, cuidar los espacios comunes y asumir que todos compartimos la responsabilidad de construir una mejor sociedad.

La indiferencia favorece el abuso. La participación fortalece la democracia.

Hoy necesitamos recuperar la capacidad de asombro, de indignarnos frente a la injusticia y de actuar con responsabilidad. Despertar ciudadano significa mantener los ojos abiertos frente a la realidad; verificar la información antes de compartirla; escuchar con respeto a quienes piensan distinto y negarnos a aceptar que la violencia, la mentira, la corrupción o la impunidad sean el precio normal de vivir en sociedad.

El primer acto de resistencia de un ciudadano libre es negarse a dejar de pensar.

Porque una sociedad que piensa, dialoga y participa siempre tendrá la posibilidad de reconstruir la confianza, defender sus libertades y construir un futuro mejor.

Los grandes cambios no comienzan en los discursos. Comienzan cuando cada ciudadano decide abrir los ojos, hacerse preguntas, comprometerse con la verdad y asumir su responsabilidad con los demás.

Ahí comienza la esperanza. Ahí comienza la reconstrucción de la confianza. Ahí comienza el futuro de una democracia más fuerte, más humana y más participativa.

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