Congresistas

Dónde ponemos nuestra energía

«No es que tengamos poco tiempo,
sino que perdemos mucho.»
— Séneca

Elegir en qué ponemos nuestra energía

Nos toca vivir en un tiempo acelerado, saturado de información, preocupaciones y demandas inmediatas. En medio de este ritmo, aprender a reconocer aquello que es verdaderamente útil y valioso se convierte en una tarea estratégica, no solo para nuestra vida personal, sino también para nuestra convivencia y nuestra participación en la sociedad.

Por eso vale la pena hacernos una pregunta sencilla, pero necesaria: ¿En qué estamos poniendo nuestra energía?; ¿En lo urgente, en lo fácil o en aquello que verdaderamente tiene valor?

Las preguntas también orientan nuestro camino

Las preguntas que nos hacemos no son indiferentes. Como señala Eduardo Caccia en su artículo “El activo invisible”, publicado en Reforma el 16 de agosto de 2026, nuestras preguntas también delimitan la manera en que miramos la realidad.

Retomando esta idea, podríamos decir que cada pregunta establece una especie de frontera en nuestra mente: orienta nuestra mirada, determina las respuestas que buscamos e influye también en aquello que consideramos valioso o descartamos porque aparentemente no resulta útil.

Por eso, aprender a hacernos mejores preguntas también es una manera de conducir nuestra vida.

Una buena pregunta puede llevarnos a mirar donde antes no mirábamos, descubrir posibilidades que permanecían ocultas y abrir caminos que todavía no imaginábamos.

Sin embargo, muchas veces enfrentamos los desafíos recurriendo a lo más sencillo, a lo conocido o a aquello que exige menos esfuerzo. Nos dejamos llevar por respuestas rápidas y cómodas, aunque no siempre sean las que necesitamos para avanzar.

Quizá necesitamos recuperar la capacidad de detenernos y mirar de otra manera.

En una vida marcada por las prisas, fácilmente confundimos lo urgente con lo importante y terminamos dedicando nuestra energía a resolver lo inmediato, dejando de lado aquello que realmente merece nuestra atención.

No todo lo urgente es necesariamente importante, ni todo lo fácil nos ayuda a crecer. Hay decisiones, relaciones, aprendizajes y causas que requieren tiempo, paciencia y constancia, pero que pueden dar un sentido más profundo a nuestro camino.

Por eso, elegir dónde ponemos nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra energía también es una manera de decidir qué vida queremos vivir, qué valores queremos cuidar y qué sociedad queremos ayudar a construir.

No se trata de hacer más, sino de elegir mejor

Peter Drucker lo expresó de manera provocadora:

«No hay nada tan inútil como hacer eficientemente
algo que no debería haberse hecho

— Peter Drucker

Esta reflexión nos recuerda que no basta con hacer muchas cosas, ni siquiera con hacerlas bien.

También necesitamos preguntarnos si realmente vale la pena hacerlas, qué aportan a nuestra vida, a nuestra comunidad y hacia dónde nos conducen.

Ahí comienza una manera distinta de entender el pensamiento estratégico.

No se trata solamente de hacer más, sino de aprender a elegir mejor; de distinguir aquello que consume nuestra energía de aquello que puede transformarse en una posibilidad para avanzar.

Pensar estratégicamente tampoco significa tener todo calculado ni conocer de antemano el camino.

Significa aprender a mirar más allá de lo inmediato, imaginar posibilidades donde todavía no vemos caminos y preguntarnos: ¿Qué tenemos hoy en nuestras manos que puede ser útil y valioso para dar el siguiente paso?

Muchas veces buscamos lejos aquello que ya está cerca: una experiencia acumulada, una conversación, una relación de confianza, una idea que hemos dejado madurar, un aprendizaje nacido de una dificultad o, simplemente, la capacidad de detenernos y observar antes de actuar.

La energía ciudadana comienza en lo cercano

Y esto también ocurre en nuestra vida ciudadana. Frente a problemas que parecen demasiado grandes —la violencia, la desigualdad, la corrupción, la indiferencia o el deterioro de nuestra convivencia— podemos llegar a pensar que poco está en nuestras manos.

Sin embargo, la ciudadanía también se construye desde lo cercano: una conversación que genera confianza, una comunidad que se organiza, una persona que participa, una voz que se atreve a preguntar, una acción solidaria o un grupo que decide no permanecer indiferente.

Quizá ahí se encuentre una de las claves de nuestro tiempo: reconocer el valor de lo que ya tenemos y aprender a ponerlo en común para abrir caminos que todavía no existen.

La energía que ponemos también construye futuro

Nuestra energía no es infinita. No podemos atenderlo todo, resolverlo todo ni caminar por todos los caminos al mismo tiempo. Por eso, elegir también significa aprender a dejar a un lado aquello que nos distrae o nos desgasta para concentrarnos en lo que verdaderamente importa.

La estrategia de nuestra vida —y también de nuestra ciudadanía— quizá empiece justamente ahí: no en tener más recursos, sino en saber reconocer lo valioso; no en correr más rápido, sino en saber hacia dónde queremos caminar.

Porque aquello a lo que entregamos nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra energía termina dando forma a nuestra vida y, de alguna manera, también a nuestra sociedad.

Y entonces la pregunta regresa a nosotros, quizá con mayor fuerza:

¿Dónde estamos poniendo nuestra energía y qué futuro estamos ayudando a construir con ella?

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