Congresistas

El odio empieza con las palabras

“Toda persona posee una dignidad
inalienable que nadie puede quitarle.”

Papa Francisco, Fratelli Tutti

Vivimos en una época en la que las palabras viajan más rápido que nunca. Un mensaje, una declaración o una publicación en redes sociales puede recorrer el mundo en cuestión de segundos.

Por eso resulta tan importante reflexionar sobre el impacto que tienen nuestras palabras y sobre la responsabilidad colectiva de construir una convivencia basada en el respeto y la dignidad humana.

Una conmemoración necesaria

Este 18 de junio se conmemoró el Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio, proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2021.

La fecha retoma la estrategia global lanzada por la ONU en 2019 para enfrentar el crecimiento de los discursos que promueven la discriminación, la xenofobia, el racismo, la intolerancia religiosa y otras formas de exclusión.

La relevancia de esta conmemoración se vuelve aún más evidente al observar la realidad mundial.

Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Filippo Grandi, al finalizar 2024 había 123.2 millones de personas desplazadas por la fuerza debido a la persecución, los conflictos armados, la violencia y las violaciones de derechos humanos. Se trata de la cifra más alta registrada en la historia reciente y de un recordatorio de las consecuencias que pueden tener la intolerancia, el odio y la incapacidad de resolver las diferencias por vías pacíficas.

Cuando el odio se convierte en discurso político

El odio no surge de manera espontánea. Con frecuencia se alimenta desde discursos públicos que buscan convertir las diferencias en amenazas y a determinados grupos en responsables de los problemas sociales.

En distintos países, el odio ha dejado de ser una expresión marginal para convertirse, en ocasiones, en parte del discurso de algunos gobernantes y dirigentes políticos que descalifican y atacan a migrantes, minorías étnicas, pueblos indígenas, personas LGBT, comunidades judías y musulmanas, poblaciones afrodescendientes y personas que viven en situación de pobreza.

Durante el inicio de su campaña presidencial en 2015, Donald Trump afirmó sobre los migrantes mexicanos:

“Están trayendo drogas. Están trayendo crimen. Son violadores. Y algunos, supongo, son buenas personas.”

Por su parte, el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, al referirse a la migración hacia Europa expresó:

“No queremos convertirnos en pueblos de raza mixta.”

Estas expresiones no son simples opiniones. Contribuyen a crear estereotipos, alimentar prejuicios y normalizar la exclusión de grupos enteros de personas.

Como ha señalado el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres:

“El discurso de odio es el primer paso en el camino hacia la deshumanización.”

El amplificador de las redes sociales

Si antes los discursos de odio se limitaban a ciertos espacios políticos o mediáticos, hoy las plataformas digitales multiplican su alcance y velocidad de propagación.

TikTok, Facebook, Instagram, X y Telegram permiten que mensajes cargados de prejuicios circulen diariamente y lleguen a millones de personas.

En estos espacios es frecuente encontrar expresiones como:

 “Los migrantes vienen a quitarnos el trabajo.”

 “Las personas pobres son pobres porque no quieren trabajar.”

 “Los musulmanes son una amenaza para nuestra cultura.”

 “Los judíos controlan todo.”

 “Las personas LGBT están destruyendo los valores de la sociedad.”

 “Los indígenas son un obstáculo para el desarrollo.”

Aunque puedan parecer comentarios cotidianos o simples opiniones, todas estas frases tienen algo en común: reducen a las personas a prejuicios, niegan su dignidad y alimentan la discriminación.

De los prejuicios a la exclusión

Cuando estos mensajes se repiten una y otra vez, terminan construyendo un clima social de desconfianza, confrontación y exclusión.

Poco a poco dejamos de ver seres humanos con historias, sueños y derechos para empezar a ver etiquetas, amenazas o enemigos.

Todo ello, y en muchos casos acompañado de violencia física, nos lleva a pensar que, en lugar de avanzar hacia sociedades más abiertas y democráticas, corremos el riesgo de retroceder hacia formas de intolerancia que creíamos superadas.

El discurso de odio erosiona la convivencia, debilita el tejido social y pone en riesgo los valores fundamentales que sostienen la vida democrática.

Reconocer la dignidad del otro

Por eso resuena con fuerza la campaña de Amnistía Internacional:

 “Las palabras importan.”

Y es que el odio suele comenzar mucho antes de que aparezca la violencia.

Comienza cuando dejamos de reconocer la humanidad de quienes son diferentes a nosotros y empezamos a convertirlos en enemigos.

Frente a ello, la mejor respuesta sigue siendo la misma: reconocer la dignidad de cada persona, promover el diálogo, escuchar antes de juzgar y construir una cultura basada en el respeto, la diversidad y los derechos humanos.

En tiempos de polarización, defender la dignidad humana no es un gesto de ingenuidad.

Es una condición indispensable para la convivencia y para la construcción de un futuro compartido.

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