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Entras al baño y desapareces: esto sí te puede pasar en México

Carlos Emilio Galván Valenzuela tenía 21 años. Era originario de Durango. No estaba huyendo de nadie ni estaba metido en nada fuera de lo común.

El 5 de octubre de 2025 entró al baño de un bar en Mazatlán, el “Terraza Valentino”.

No volvió a salir.

Las cámaras de seguridad registraron su entrada. No hay registro de su salida. No hay una explicación clara. No hay respuestas.

Seis meses después, su familia sigue buscándolo. Han denunciado falta de avances, opacidad en la investigación y una respuesta institucional que, lejos de dar claridad, se percibe lejana.

Pero lo más inquietante no es solo el caso. Es lo que representa.

Porque no es un hecho aislado.

Organismos internacionales como la ONU y la Amnistía Internacional han advertido desde hace años que la desaparición de personas en México no solo persiste, sino que en muchos contextos se ha normalizado. Y esa normalización tiene una consecuencia peligrosa: hace que se subestime el riesgo.

Se repiten historias. No siempre con el mismo nivel de atención mediática, pero sí con patrones inquietantemente similares. El joven que acude a una entrevista de trabajo y deja de contestar. El que toma un transporte y nunca llega a su destino. El que sale con amigos y se separa “solo un momento”. El que acepta una oportunidad que parecía fácil. El que confía en alguien conocido.

Cambian los nombres. Cambian las ciudades. El punto en común es otro: un instante de aislamiento.

No siempre hay gritos ni escenas evidentes de violencia. Muchas desapariciones ocurren en espacios cotidianos, en lapsos breves, en momentos en los que la persona queda fuera del radar de quienes la acompañan. Ir al baño, salir a contestar una llamada, caminar unos metros solo. Ese margen, que parece inofensivo, puede ser suficiente.

Ahí es donde el problema deja de ser abstracto y se vuelve personal.

Porque en ese tipo de contexto, hay una herramienta básica que muchas veces se ignora: compartir la ubicación en tiempo real.

No como una medida ocasional, sino como un hábito. Al salir de noche, al estar en un lugar desconocido, al acudir a una cita o reunión nueva, incluso al separarse momentáneamente de un grupo. Compartir la ubicación no elimina el riesgo, pero sí reduce la incertidumbre. Permite saber dónde estaba una persona en el último momento en que todo parecía normal.

Y eso, en un país con altos niveles de desaparición, puede ser crucial.

La realidad es incómoda. No hay garantía de que una investigación sea inmediata. No hay certeza de que un establecimiento colabore. No siempre hay registros completos ni información disponible. En muchos casos, los primeros datos son escasos o inexistentes.

Por eso, el tiempo y la información inicial se vuelven determinantes.

Nada de esto debería recaer en las personas. La responsabilidad de garantizar seguridad y justicia corresponde al Estado. Sin embargo, mientras las fallas persistan y las familias continúen buscando a sus desaparecidos con recursos limitados, entender el entorno y actuar en consecuencia se vuelve una forma básica de protección.

Carlos Emilio entró a un baño.

Eso fue todo.

Seis meses después, sigue sin aparecer.

En un contexto donde ese simple acto puede marcar el inicio de una desaparición, el problema no es exagerar el riesgo.

Es seguir actuando como si no existiera.

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