“En medio del invierno, descubrí que
había en mí un verano invencible.”
— Albert Camus
Vivimos tiempos en los que la incertidumbre parece instalarse en cada rincón de la vida.
La sombra de la guerra, la violencia cotidiana y la presión constante sobre la economía doméstica atraviesan lo que pensamos, sentimos y decidimos cada día.
A veces se siente como una presencia silenciosa, pero persistente, que nos acompaña y nos hace dudar, temer, inquietarnos.
En medio de todo ello, aparece la angustia: esa sensación difícil de nombrar, pero profundamente humana, que nos confronta con la fragilidad de no tener el control.
La angustia no llega para destruirnos, aunque así lo parezca en ciertos momentos.
Llega como un susurro insistente de nuestra mente y nuestro cuerpo, recordándonos que algo necesita ser atendido: nuestras emociones, nuestras decisiones, nuestras prioridades, nuestra manera de vivir.
Sin embargo, en nuestro intento por calmarla, muchas veces caemos en la trampa de querer controlar todo.
Y es ahí donde el peso se vuelve más grande. Porque no todo depende de nosotros.
Hay aspectos de la vida que podemos sostener con nuestras manos, pero otros requieren aprender a esperar, a confiar y a construir junto a otros.
Cuando la angustia nos desborda, lo hace de muchas formas: en noches sin descanso, en pensamientos que no se detienen, en un cansancio que no siempre es físico, en una inquietud que nos recorre por dentro sin darnos tregua.
Es como si algo en nosotros estuviera en alerta constante.
Frente a esto, quizá el primer gesto de cuidado sea aceptar.
Aceptar que vivimos en un mundo incierto, que no tenemos todas las respuestas, que está bien no saber.
Y desde ahí, con humildad, volver a lo esencial: a aquello que sí podemos sostener. Respirar con conciencia. Movernos.
Hacer una pausa.
Buscar un momento de calma.
Escuchar música que nos abrace.
Hablar con alguien que nos haga sentir acompañados.
Son gestos pequeños, pero profundamente significativos, que nos devuelven poco a poco al presente.
Porque la angustia no es algo que podamos borrar. Forma parte de nuestra condición humana.
Pero también puede ser una puerta: una oportunidad para detenernos, mirarnos con honestidad y reorganizar nuestra vida desde lo que realmente importa.
Tal vez no podamos cambiar todo lo que nos rodea, pero sí podemos elegir cómo atravesarlo. Paso a paso. Con otros. Con paciencia.
Y en medio de la incertidumbre, incluso en medio del miedo, siempre queda un espacio —aunque sea pequeño— donde aún podemos decidir cuidarnos, sostenernos y seguir adelante.
