Beto Bolaños
En enero de 2026, el sistema internacional enfrenta una paradoja inquietante: mientras la guerra en Ucrania entra en una fase de desgaste crítico, la atención política y estratégica de Europa se ve absorbida por una crisis inesperada en el Ártico. La renovada insistencia del presidente Donald Trump en anexar Groenlandia —territorio autónomo del Reino de Dinamarca— no solo ha generado una fractura sin precedentes dentro de la OTAN, sino que plantea una pregunta incómoda pero inevitable: ¿estamos ante una distracción estratégica que, intencionalmente o no, otorga mayor margen de maniobra a Vladimir Putin en Ucrania?
No existe evidencia concluyente de una coordinación explícita entre Trump y el Kremlin. Sin embargo, en geopolítica los efectos importan tanto como las intenciones. Y los efectos de la crisis de Groenlandia son claros: dispersión de recursos europeos, debilitamiento de la cohesión atlántica y un entorno político más favorable para Moscú.
Groenlandia y la erosión del consenso atlántico
Trump ha justificado su interés en Groenlandia bajo el argumento de la seguridad nacional estadounidense frente a presuntas amenazas rusas y chinas en el Ártico. Sin embargo, expertos en seguridad internacional coinciden en que EE.UU. ya cuenta con presencia militar suficiente en la isla mediante acuerdos vigentes con Dinamarca. El verdadero atractivo radica en el control de recursos estratégicos —tierras raras, minerales críticos y rutas marítimas emergentes— en un contexto de competencia global.
La respuesta europea fue inmediata. Dinamarca, respaldada por Alemania, Francia, Suecia y Noruega, desplegó fuerzas militares en Groenlandia en un gesto simbólico de defensa de la soberanía y del orden jurídico internacional. El Parlamento Europeo condenó las declaraciones de Trump, mientras líderes regionales advirtieron que una anexión sería un golpe devastador para la credibilidad de la OTAN.
Este conflicto no es menor: por primera vez, la Alianza Atlántica enfrenta una crisis interna provocada no por un adversario externo, sino por uno de sus propios pilares. Moscú no ha ocultado su satisfacción. Aunque el Kremlin minimiza públicamente la disputa, analistas rusos y medios afines celebran el cuestionamiento abierto a la unidad occidental, un objetivo estratégico histórico de Putin.
Ucrania en segundo plano: el costo real de la distracción
La crisis ártica ocurre en el peor momento posible para Ucrania. Desde 2022, Europa ha sido el principal sostén militar y financiero de Kiev, con una ayuda acumulada cercana a los 200 mil millones de dólares. Sin embargo, el conflicto muestra signos claros de agotamiento: Rusia mantiene cerca del 20% del territorio ucraniano, con avances lentos pero constantes, mientras las bajas civiles y el desplazamiento interno continúan en aumento.
La necesidad europea de reasignar recursos, atención política y capacidad diplomática hacia Groenlandia tiene un efecto directo: Ucrania pierde centralidad. Los debates sobre el Artículo 5, los despliegues militares en el Ártico y la posibilidad de sanciones contra EE.UU. fragmentan la agenda estratégica europea justo cuando Rusia intensifica ataques y presiona sobre el terreno.
Desde Moscú, la lectura es evidente. No se trata de una victoria militar inmediata, sino de una ventaja estructural: la fatiga occidental. En guerras prolongadas, el desgaste político y social suele ser tan decisivo como la superioridad armamentista. Groenlandia funciona aquí como un amplificador del cansancio europeo.
Sintonías peligrosas y legitimación de la fuerza
A este contexto se suma la ambigüedad deliberada de Trump frente a Putin. El expresidente ha suavizado su retórica contra Moscú, ha responsabilizado a Kiev del estancamiento de las negociaciones y ha mantenido canales informales de comunicación con el Kremlin. Putin, por su parte, ha evitado criticar las pretensiones estadounidenses sobre Groenlandia, calificándolas incluso de “serias e históricas”.
Esta convergencia discursiva no es casual. Al normalizar la idea de que los reclamos territoriales pueden justificarse por razones estratégicas, Trump debilita el principal argumento occidental contra la invasión rusa de Ucrania. Si la soberanía se vuelve negociable para los poderosos, la narrativa del Kremlin deja de ser una anomalía y se convierte en precedente.
Desde esta óptica, Groenlandia no es solo una distracción coyuntural, sino parte de una tendencia más amplia: el retorno explícito de una geopolítica sin reglas, donde la fuerza y el oportunismo reemplazan al derecho internacional.
¿Distracción, moneda de cambio o ensayo general?
Existen hipótesis adicionales que refuerzan esta lectura. Groenlandia podría servir para desviar la atención de tensiones internas en EE.UU., presionar a Europa a aumentar su gasto militar o incluso funcionar como ficha de negociación en un eventual acuerdo mayor con Rusia. Cualquiera de estos escenarios tiene un denominador común: Ucrania paga el costo.
Los medios rusos celebran el caos en la OTAN; los europeos advierten sobre un posible punto de no retorno. En este contexto, la pregunta ya no es si existe una conspiración formal, sino si Occidente está cayendo en una trampa estratégica de consecuencias históricas.
Conclusión: una distracción con efectos sistémicos
La hipótesis de que Groenlandia actúa como una distracción estratégica que beneficia a Putin no es conspiranoica, sino analíticamente plausible. Aunque la evidencia de coordinación directa sigue siendo circunstancial, los resultados son innegables: una OTAN tensionada, una Europa dispersa y una Rusia con menor presión internacional en el momento más delicado de la guerra.
Groenlandia es, en última instancia, una prueba de estrés para el orden internacional. Si Occidente no logra defender simultáneamente la soberanía de un aliado y el apoyo a Ucrania, el mensaje será devastador: la fuerza vuelve a ser rentable. En ese escenario, Putin no solo ganaría territorio o influencia, sino algo mucho más valioso: la confirmación de que el sistema que lo condenaba ya no es capaz de sostenerse a sí mismo.
Epílogo | La distracción se materializa: ataques en Rusia y fisuras visibles en Groenlandia
Los acontecimientos más recientes no desmienten la hipótesis planteada en esta nota; por el contrario, la dotan de mayor densidad empírica y revelan hasta qué punto la crisis de Groenlandia ha comenzado a producir efectos políticos tangibles dentro del bloque occidental.
Por un lado, los reportes de ataques contra instalaciones estratégicas en territorio ruso —incluidas zonas cercanas a Moscú— introducen un nuevo elemento de tensión. La falta de claridad sobre su autoría, ya sea Ucrania o actores opositores al régimen de Vladimir Putin, no altera el equilibrio estratégico central. Rusia ha demostrado en repetidas ocasiones que puede absorber golpes tácticos y simbólicos dentro de sus fronteras si, a cambio, logra beneficios mayores en el plano estructural: fragmentación occidental, desgaste político de sus adversarios y dilución del foco internacional sobre Ucrania. La ambigüedad misma de estos ataques favorece al Kremlin, permitiéndole ajustar su narrativa interna y externa sin asumir costos estratégicos decisivos.
Por otro lado, la retirada del contingente alemán de Groenlandia —oficialmente presentada como el cierre de una misión de reconocimiento de corto plazo— marca un punto de inflexión político. Más allá de las explicaciones formales, el repliegue se produjo tras presiones económicas explícitas de Washington, incluyendo amenazas arancelarias contra países europeos que respaldaran militarmente a Dinamarca. El mensaje es inequívoco: la crisis ya no es solo militar o diplomática, sino también económico-coercitiva dentro del propio bloque atlántico.
Este episodio no significa que Alemania abandone a Dinamarca ni que Europa renuncie a Groenlandia. Pero sí expone una realidad incómoda: la capacidad de Estados Unidos para imponer costos inmediatos a sus aliados está generando vacilaciones, cálculos nacionales y respuestas asimétricas. Justamente el tipo de dinámica que debilita la cohesión estratégica en momentos críticos.
Vistos en conjunto, estos hechos refuerzan el diagnóstico central: Groenlandia ha dejado de ser una hipótesis de distracción para convertirse en un factor activo de desorden intraoccidental. Mientras Europa gestiona tensiones con Washington, debates sobre soberanía aliada y presiones económicas cruzadas, Ucrania corre el riesgo de perder centralidad política en la agenda internacional, incluso cuando la guerra continúa cobrando víctimas y territorio.
Putin no necesita una alianza formal con Trump para beneficiarse de este escenario. Le basta con observar cómo el principio de soberanía —invocado para defender a Ucrania— se relativiza cuando entra en conflicto con los intereses de una gran potencia occidental. Cada fisura, cada repliegue simbólico y cada crisis interna en la OTAN refuerzan la narrativa rusa de un orden internacional inconsistente y en declive.
La lección de esta actualización es clara: la distracción no es un fenómeno abstracto ni una especulación teórica. Es un proceso observable, medible y acumulativo. Y su peligro no radica en un solo evento, sino en la suma de decisiones que, tomadas por separado, parecen tácticas, pero que en conjunto reconfiguran el tablero estratégico.
Si Groenlandia se consolida como un frente de fricción permanente dentro de la OTAN, la pregunta ya no será si distrajo a Occidente de Ucrania, sino si contribuyó a normalizar un mundo donde la fuerza vuelve a definir los límites. En ese escenario, la mayor victoria de Putin no sería territorial, sino histórica.
