La falla comunicacional, una crisis de legitimidad pública

Autor Congresistas
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Ignacio Ruelas Olvera

“La democracia no se mide por la popularidad del poder, sino por la calidad de la conversación pública que ese poder permite.”

Jürgen Habermas

El pasado viernes 13 de marzo, comenté con estudiantes de la Maestría en gestión gubernamental y finanzas públicas en la Universidad Tecnológica Metropolitana de Aguascalientes sobre Jürgen Habermas y su Teoría de la Acción Comunicativa, creo que fue un acto simbólico de gratitud por sus aportaciones a la filosofía contemporánea. Desde HIDROCÁLIDO, sin que nadie me lo pida, los aguascalentenses lamentamos su partida al sueño eterno, QEPD.

La muerte de Jürgen Habermas actualiza su pensamiento, vuelve a ser indispensable para comprender una de las crisis más profundas de nuestra vida pública. Revisemos los signos: padecemos una ruptura entre comunicación, legitimidad y ciudadanía. Su acción comunicativa —centrada en el entendimiento, la racionalidad pública y la construcción intersubjetiva del sentido— contrasta radicalmente con las prácticas comunicativas predominantes en gobiernos y partidos políticos contemporáneos.

Hoy, las instituciones que deberían sostener el espacio público operan bajo un modelo comunicacional que NO dialoga, NO explica, NO escucha y NO construye legitimidad, la comunicación política se ha convertido en un escaparate saturado, repetitivo y vacío, donde se confunde visibilidad con legitimidad y donde la ciudadanía es tratada como audiencia, no como sujeto político.

Habermas advirtió que cuando la comunicación se instrumentaliza —cuando deja de buscar entendimiento y se reduce a manipulación, propaganda o administración de percepciones— el sistema político erosiona su propia legitimidad. Eso es precisamente lo que ocurre cuando: se privilegia el “slogan” sobre la explicación; se sustituye la deliberación por la propaganda; se confunde el nivel de compromiso emocional con participación; se reduce la comunicación a un flujo unidireccional. La comunicación se usa para administrar percepciones, no para construir futuro, desvela la distancia entre la acción comunicativa habermasiana y la comunicación política existente.

Gobiernos y partidos siguen operando bajo un paradigma publicitario que funcionó en el siglo XX, pero que hoy resulta anacrónico. El “spot”, el “slogan” y la comunicación de impacto inmediato no pueden sostener la legitimidad en un entorno donde la ciudadanía contrasta, verifica, dialoga y exige coherencia. Padecemos un modelo tipo aparador: presencia sin contenido, visibilidad sin sentido, emoción sin proyecto, que lejos de fortalecer a las instituciones, las vuelve opacas, reactivas y desconectadas de la vida social. Habermas: “se sustituye la racionalidad comunicativa por racionalidad estratégica”.

Las redes sociales y la ilusión de la conversación parecían abrir la puerta a la deliberación, en la práctica muchos actores políticos replican en redes el viejo modelo propagandístico: más propaganda, pero ahora en formato meme; más presencia, pero sin diálogo. La esfera pública digital, que podría ser un espacio de encuentro, se convirtió en un altavoz ampliado. La comunicación dejó de ser puente y se volvió ruido.

La falla comunicacional es falla democrática. Cuando el gobierno federal y los partidos —entidades de interés público por definición constitucional— no logran sostener comunicación orientada al entendimiento, se producen efectos democráticos profundos: disminuye la capacidad de creer en lo que se comunica; se debilita la rendición de cuentas; se reduce la participación informada; se fragmenta la esfera pública; se erosiona la legitimidad institucional. Habermas insistía en que la legitimidad democrática no se decreta: se construye comunicativamente.

Para construir o deconstruir un modelo alternativo de comunicación como co-gobernanza es preciso dialogar con Habermas, pasar de la comunicación como escaparate a la comunicación como acto político de decisiones con simpatía colectiva. Cinco dimensiones que podrían reorientar la comunicación institucional: Ética: veracidad, coherencia, responsabilidad. Deliberativa: abrir preguntas auténticas, habilitar disenso, explicar decisiones. Ritual y simbólica: reconocer dolores, luchas, territorios. Pedagógica: explicar procesos, límites, criterios. Anticipatoria: articular futuros, no solo administrar presentes. Estas dimensiones coinciden con la idea habermasiana de una esfera pública de ciudadanía participa como sujeto, no como espectadora.

Padecemos una ruptura con Habermas, la comunicación ha dejado de buscar entendimiento bajo la falsaria idea de mayoría ABSOLUTA “de papel”. Habermas advertía que la legitimidad democrática depende de la posibilidad de que los actores públicos orienten su comunicación al entendimiento, no a la manipulación. Cuando la comunicación se instrumentaliza, el espacio público se degrada. Ocurre cuando la comunicación se reduce a propaganda, los hechos se reinterpretan como ataques, la verdad se vuelve identitaria y no verificable, el disenso se moraliza, la ciudadanía es tratada como audiencia, no como sujeto político.

Lo que está en juego. La falla comunicacional no es un problema de estilo, sino de legitimidad democrática. Cuando la comunicación se vacía de sentido, la política pierde su capacidad de construir comunidad, orientar el futuro y sostener consensos básicos. Habermas dedicó su vida a recordarnos que la democracia es, ante todo, un proyecto comunicativo. Su muerte nos obliga a preguntarnos si nuestras instituciones están a la altura de ese proyecto.

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