“La libertad nunca es concedida voluntariamente
por el opresor; debe ser exigida por los oprimidos.”
Martin Luther King Jr.
Un tiempo marcado por el miedo
Vivimos en un tiempo en el que el miedo parece ocupar cada vez más espacio en la vida pública.
Las guerras que resurgen en distintas regiones, la violencia que se multiplica en nuestras ciudades y la desinformación que circula con facilidad crean una atmósfera de incertidumbre que muchas veces no corresponde con la experiencia cotidiana de los ciudadanos.
En medio de este escenario, los ciudadanos de a pie nos vemos obligados a aprender a sobrevivir y resistir en un entorno que se percibe cada día más amenazante.
Un espacio público dominado por la polarización
El espacio público parece haber sido ocupado por discursos que alimentan la polarización, donde pareciera que la única opción es alinearse con uno u otro bloque, como si el mundo se redujera a bandos irreconciliables.
En este clima de confrontación, da la impresión de que avanzan los nuevos jinetes del miedo, como en el antiguo relato del Libro del Apocalipsis: la guerra que destruye, el miedo que paraliza, la mentira que confunde y la ambición de poder que busca dominar.
Son fuerzas que intentan imponer una narrativa donde los ciudadanos aparecemos como simples espectadores, llamados a aceptar sin cuestionar las decisiones de quienes concentran el poder.
El discurso del líder salvador
En muchos discursos políticos contemporáneos se repite una idea peligrosa: que solo un líder fuerte puede resolver los problemas de la sociedad.
No es casual que aparezcan frases como la pronunciada por Donald Trump durante su campaña presidencial: “Solo yo puedo arreglarlo”.
Este tipo de mensajes refuerza la idea de que la ciudadanía debe esperar soluciones desde arriba, debilitando el valor de la participación colectiva y del diálogo democrático.
La otra cara: ciudadanos que resisten
Sin embargo, esta visión oscura no es la única realidad.
Hoy los ciudadanos contamos también con nuevos medios para informarnos, para comunicarnos y para organizarnos.
Las redes sociales, los espacios comunitarios y muchas iniciativas cívicas permiten que miles de personas sigan dialogando, compartiendo ideas y buscando caminos alternativos.
Quienes cabalgan sobre el miedo quisieran una ciudadanía resignada y sumisa, dispuesta a renunciar a sus derechos a cambio de pequeñas concesiones del poder.
Pero cada vez se hace más visible la distancia entre esa narrativa y la voluntad de muchos ciudadanos que desean participar activamente en la construcción de su propio destino.
Dos caminos frente al futuro
La realidad parece entonces mostrar dos caminos.
Por un lado, quienes alimentan la confusión y la polarización para distraer la atención de los verdaderos problemas de la sociedad.
Por otro, una ciudadanía que busca resistir, recuperar el valor del diálogo y promover la colaboración entre distintos sectores para encontrar soluciones compartidas.
En este punto, la historia nos recuerda algo fundamental. Como decía Vaclav Havel:
“La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo termine.”
La esperanza que nace de la ciudadanía
Tal vez el desafío de nuestro tiempo sea precisamente ese: no permitir que los jinetes del miedo marquen el rumbo de nuestras sociedades.
Frente a ellos, la respuesta de los ciudadanos puede ser otra: defender la verdad, cuidar la dignidad humana y construir, paso a paso, un futuro más justo.
Porque incluso en los momentos más difíciles de la historia, la esperanza siempre ha encontrado su fuerza en algo sencillo y poderoso: la capacidad de los ciudadanos de ponerse de pie, dialogar entre sí y trabajar juntos por el bien común.
