“Solo yo puedo arreglarlo.”
— Donald Trump
Un mundo en tensión y sin diálogo
Vivimos un momento complejo a nivel global. Los conflictos armados, las tensiones geopolíticas y los discursos de confrontación están marcando el rumbo de nuestro tiempo.
En este escenario, muchos gobiernos han optado por cerrar las puertas al diálogo y a la colaboración, limitando los espacios donde la ciudadanía puede participar en las decisiones que definen el futuro colectivo.
Desgraciadamente, la política comienza a concentrarse en un pequeño círculo de poder, mientras a los ciudadanos se nos empuja a ocupar un papel pasivo, como si fuéramos solo objetos dentro de una escena que otros controlan.
El poder sin responsabilidad
En un entorno donde las decisiones públicas se toman sin asumir responsabilidades, pareciera que algunos liderazgos prefieren presentarse como víctimas antes que reconocer su papel como responsables de lo que ocurre.
Esta lógica no solo distorsiona la política, también debilita la confianza de la ciudadanía.
Como ha señalado Naciones Unidas:
“No puede haber paz duradera sin participación inclusiva y sin instituciones que rindan cuentas.”
Sin embargo, la realidad que enfrentamos muchas veces va en sentido contrario.La normalización de la pasividad
Hoy, el espacio público se ha ido transformando en un terreno donde se nos quiere hacer creer que no hay alternativa: que lo mejor es dejar que otros decidan por nosotros.
Como si nuestra participación fuera prescindible, como si cuestionar ya no tuviera sentido.
La política, que debería ser un espacio para el diálogo y la construcción del bien común, en muchos casos se ha convertido en un mecanismo de imposición.
Un espacio donde se nos pide aceptar, sin cuestionar, decisiones que afectan nuestra vida cotidiana.
En palabras de Jürgen Habermas:
“La democracia solo puede sostenerse si existe una participación activa de la ciudadanía en la formación de la voluntad política.”
Pero cuando esa participación se limita, la democracia pierde su sentido.
Narrativas que confunden, ciudadanos que se silencian
Resulta preocupante ver cómo, en lugar de fortalecer la ciudadanía, algunos actores buscan demostrar su poder mediante la descalificación, la humillación o el sometimiento.
Y cuando los resultados no corresponden a lo prometido, aparecen los pretextos, las evasivas y la negación de responsabilidades.
También se construyen narrativas que buscan confundir. Como advierte UNESCO:
“La desinformación debilita la confianza pública y pone en riesgo la cohesión social.”
No se trata solo de información, sino de control: de moldear percepciones para reducir la capacidad crítica de la ciudadanía.Así, poco a poco, se intenta desactivar nuestra capacidad de indignarnos y reflexionar.
Se nos quiere convertir en espectadores, en objetos de decisiones ajenas, más que en sujetos capaces de pensar, cuestionar y actuar.
De espectadores a protagonistas
Pero frente a este escenario también hay una tensión que crece: la lucha de los ciudadanos por dejar de ser objetos y reafirmarse como sujetos del espacio público.
Porque no queremos solo mirar.
Queremos comprender.
Queremos participar.
Queremos incidir.
Como ha recordado Organización de Estados Americanos:
“La democracia se fortalece con la participación activa de la ciudadanía y el respeto a sus derechos.”
Recuperar la dignidad ciudadana
Recuperar la ciudadanía implica volver a poner en el centro nuestra dignidad: la capacidad de leer la realidad, de cuestionarla y de actuar colectivamente para construir un verdadero interés público.
No somos objetos.
Somos ciudadanos.
Y esa es, hoy más que nunca, nuestra batalla.
