Congresistas

¿Quién llevó el odio a Masaryk?

Una marcha que gritó “¡Fuera judíos de México!” llegó en camiones hasta una sinagoga de Polanco. Organizaciones propalestinas cuyos nombres aparecieron en las mantas niegan haberla convocado. La pregunta sigue sin respuesta: ¿quién organizó, financió y dirigió la movilización?

Hay momentos en los que una sociedad tiene que detenerse y mirar con cuidado lo que acaba de ocurrir.

El viernes 11 de septiembre, en plena avenida Presidente Masaryk, en Polanco, un grupo de manifestantes llegó hasta las inmediaciones de la sinagoga Maguén David. Portaban banderas palestinas y mantas relacionadas con organizaciones sindicales y de solidaridad con Palestina.

Pero las consignas que lanzaron no fueron contra el gobierno de Israel.

No fueron contra Benjamin Netanyahu.

No exigieron un alto al fuego.

No reclamaron sanciones diplomáticas.

Gritaron:

“¡Fuera judíos!”

Y, de manera todavía más explícita:

“¡Fuera judíos de México!”

La manifestación ocurrió, además, en vísperas de Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío. Según reconstrucciones periodísticas, varias decenas de personas llegaron en camiones y posteriormente avanzaron por Masaryk. Videos difundidos muestran también a un hombre que aparentemente dirige las consignas.

La primera conclusión es inevitable: esas consignas son antisemitas.

Pero hay una segunda pregunta, mucho más difícil y todavía sin respuesta:

¿Quién organizó esa movilización?

Y ésta no debe responderse con rumores, prejuicios ni conveniencias políticas.

Debe responderse con una investigación.

Una cosa es Palestina. Otra, los judíos de México

Conviene comenzar por una distinción elemental que, sin embargo, parece haberse perdido en el ruido de la discusión internacional.

Criticar al gobierno de Israel es legítimo.

Criticar a Netanyahu es legítimo.

Cuestionar las operaciones militares israelíes en Gaza es legítimo.

Defender los derechos nacionales de los palestinos es legítimo.

Pedir un Estado palestino es legítimo.

Incluso defender campañas de boicot, desinversión y sanciones contra instituciones o empresas por su relación con determinadas políticas del Estado de Israel forma parte del debate político.

Pero ninguna de esas posiciones convierte a los judíos mexicanos en responsables de las decisiones del gobierno israelí.

Un ciudadano mexicano judío no es el gobierno de Israel.

Una familia judía de Polanco no es el ejército israelí.

Una sinagoga mexicana no es una instalación militar.

Y un comerciante judío no puede convertirse en objetivo de un boicot simplemente por ser judío.

La frontera es muy clara.

Criticar a un Estado es política. Exigir la expulsión de una comunidad por su identidad es discriminación.

El dato que vuelve todo más extraño

Existe en México una estructura organizada de solidaridad con Palestina.

El 24 de agosto se presentó la Red Latinoamericana por Palestina, impulsada desde la Coordinación de Sindicatos Mexicanos en Solidaridad con Palestina, con participación de organizaciones como el Sindicato Mexicano de Electricistas, la Nueva Central de las y los Trabajadores, la Unión Nacional de Trabajadores, la CNTE y la Coordinadora Nacional de Sindicatos Universitarios, de Educación Superior, Investigación y Cultura.

La propia estructura sindical ha documentado públicamente su participación en la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones —BDS— contra instituciones y empresas vinculadas con Israel.

Por eso resulta significativo que en la marcha del 11 de septiembre aparecieran mantas con nombres relacionados con esa corriente.

Pero aquí es donde hay que detenerse.

La presencia de un nombre en una manta no demuestra quién organizó una marcha.

Y existe un elemento que no puede ignorarse.

El 15 de septiembre, la propia Coordinación de Sindicatos Mexicanos en Solidaridad con Palestina, junto con otras organizaciones sindicales, publicó un deslinde categórico: afirmó que ninguna de sus organizaciones ni la red BDS participó, organizó o respaldó la movilización y exigió a las autoridades investigar quién estuvo detrás.

BDS México también se deslindó y rechazó expresamente que sus campañas tengan como objetivo a personas o empresas por el hecho de ser judías.

Otros colectivos propalestinos —entre ellos Palestina al Grito de Libertad, Palexico, HL Noticias2 y De Gaza a México— también negaron haber convocado la manifestación.

Esto nos deja frente a una situación incómoda pero intelectualmente honesta:

los nombres de organizaciones reales aparecieron en la movilización, pero esas organizaciones niegan haberla organizado.

Entonces hay que preguntar:

¿quién utilizó sus nombres?

Los camiones

Quizá ésta sea una de las pistas más importantes.

Los testimonios y videos publicados después de la manifestación muestran que los participantes habrían llegado en camiones verdes de pasajeros. También se observa, según la reconstrucción de Silvia Cherem, a una persona que aparentemente marca las consignas que el grupo debe repetir.

Si esto se confirma, tenemos algo mucho más importante que una discusión ideológica.

Tenemos una operación logística.

Y una operación logística deja rastros.

¿Quién contrató los camiones?

¿Quién los pagó?

¿Quién dio la instrucción al conductor?

¿De dónde salieron?

¿Quién reunió a los pasajeros?

¿Dónde fueron recogidos?

¿Quién indicó el destino?

¿Quién entregó las mantas?

¿Quién decidió la ruta?

¿Quién determinó que el contingente pasara frente a una sinagoga?

Son preguntas perfectamente investigables.

No hace falta recurrir a teorías de conspiración.

Hace falta seguir el dinero y la logística.

¿Fue una provocación?

Aquí aparece una hipótesis que ya circula entre algunos colectivos propalestinos: que la marcha pudo haber sido una provocación deliberada destinada a desacreditar al movimiento de solidaridad con Palestina.

Algunos de esos colectivos incluso han señalado a la Embajada de Israel en México.

Pero hasta ahora no han presentado pruebas públicas que permitan establecer esa acusación como un hecho.

Por tanto, sería tan irresponsable escribir:

“Israel organizó la marcha”

como afirmar:

“La marcha fue organizada por los sindicatos propalestinos.”

Ninguna de las dos cosas está demostrada.

Hay indicios que merecen investigación.

Hay versiones enfrentadas.

Hay deslindes.

Hay material audiovisual.

Pero todavía falta una pieza esencial:

la identificación del organizador.

Y precisamente por eso la investigación resulta indispensable.

Tampoco basta con señalar a los sindicatos

Hay quienes han interpretado la presencia de nombres sindicales en las mantas como prueba de que la Red Latinoamericana por Palestina estuvo detrás de la marcha.

Una columna publicada por Julio Patán sostiene precisamente esa interpretación y vincula la movilización con dicha red.

Pero esa afirmación contradice directamente el deslinde público de las organizaciones mencionadas.

En periodismo, una acusación publicada por un columnista puede ser una pista.

No es una sentencia.

La obligación de quien investiga es poner ambas versiones sobre la mesa y buscar la evidencia que permita resolver la contradicción.

Por eso sería necesario conocer, entre otras cosas:

Si los responsables fueron organizaciones propalestinas, la evidencia debería demostrarlo.

Si alguien utilizó sus nombres sin autorización, también debería demostrarse.

Y si se trató de una provocación de terceros, la investigación debería poder descubrirlo.

El lugar tampoco puede pasar inadvertido

La movilización no ocurrió en cualquier parte.

Fue en Masaryk, en Polanco, y llegó hasta las inmediaciones de una sinagoga.

Además, coincidió con la víspera de Rosh Hashaná.

La comunidad judía mexicana condenó la manifestación y agradeció la intervención de las autoridades para impedir que las expresiones escalaran hacia actos de violencia.

Pero tampoco debemos afirmar sin pruebas que la fecha fue escogida deliberadamente para provocar a la comunidad judía.

Eso también debe investigarse.

Porque una pregunta legítima es:

¿fue casualidad que la movilización ocurriera frente a una sinagoga precisamente en vísperas de una de las principales festividades judías?

No lo sabemos.

Y precisamente porque no lo sabemos, hay que investigarlo.

¿Dónde termina la libertad de expresión?

Aquí aparece una discusión todavía más importante.

Una democracia tiene que tolerar expresiones políticas que pueden resultar ofensivas, desagradables o incluso profundamente equivocadas.

La libertad de expresión no puede depender de que lo expresado sea políticamente conveniente.

Pero eso no significa que cualquier conducta quede protegida por el derecho a manifestarse.

La Constitución mexicana prohíbe la discriminación, entre otros motivos, por religión, origen étnico o nacional. La legislación federal también contempla como discriminatorias conductas como incitar al odio, la violencia, el rechazo, la persecución o la exclusión.

Por supuesto, eso no significa que cada persona que estuvo presente en la marcha haya cometido automáticamente un delito.

La responsabilidad jurídica debe determinarse individualmente y conforme a las pruebas.

Pero existe una diferencia fundamental entre decir:

“No estoy de acuerdo con Israel.”

y decir:

“Fuera los judíos de México.”

La primera es una posición política.

La segunda convierte una identidad religiosa en motivo de exclusión.

Y aquí México tiene que ser muy cuidadoso

Hay una tentación peligrosa de convertir este episodio en una guerra de etiquetas.

Unos podrían utilizarlo para decir que todo el movimiento propalestino es antisemita.

Otros podrían responder que toda denuncia del antisemitismo es una defensa encubierta de Israel.

Ambas generalizaciones son falsas.

Hay judíos que critican al gobierno israelí.

Hay mexicanos que apoyan la causa palestina y rechazan el antisemitismo.

Hay organizaciones propalestinas que expresamente se han deslindado de la marcha de Masaryk.

Y también existe, como demuestran las imágenes, una expresión de odio contra judíos que no puede ser maquillada como una simple crítica a Israel.

Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Y una sociedad democrática debería ser suficientemente madura para entenderlo.

La pregunta que nadie ha contestado

Hasta el momento, las autoridades han condenado los hechos.

La jefa de Gobierno, Clara Brugada, afirmó que en la Ciudad de México no hay lugar para el antisemitismo. El alcalde de Miguel Hidalgo, Mauricio Tabe, también condenó las expresiones y pidió investigar quién organizó y financió la manifestación.

Bien.

Pero condenar no basta.

Ahora hay que saber:

¿Quién convocó?

¿Quién pagó los camiones?

¿Quién produjo las mantas?

¿Quién llevó a los manifestantes?

¿Quién dirigió las consignas?

¿Quién decidió pasar frente a la sinagoga?

¿Quién ordenó gritar “fuera judíos de México”?

Y una pregunta adicional:

¿por qué las organizaciones cuyos nombres aparecieron en las mantas dicen que no fueron ellas?

La respuesta a estas preguntas no debería interesarle únicamente a la comunidad judía.

Debería interesarnos a todos.

Porque si alguien puede organizar una movilización, transportar personas, colocar propaganda y dirigir consignas de expulsión contra una comunidad religiosa y después desaparecer detrás del anonimato, el problema trasciende al antisemitismo.

Se convierte en un problema de seguridad democrática y de manipulación política.

México no puede acostumbrarse al odio

Hay una razón más profunda para tomar en serio lo ocurrido.

Las sociedades no se deterioran solamente cuando aparecen los actos de violencia.

También se deterioran cuando determinadas palabras empiezan a considerarse normales.

Primero alguien señala a una minoría.

Después la acusa de ser extranjera.

Luego dice que tiene demasiado poder.

Después propone boicotearla.

Más tarde exige que abandone determinados espacios.

Y finalmente alguien puede llegar a preguntarse por qué esa gente sigue ahí.

La historia europea del siglo XX demostró hasta dónde puede llegar esa lógica.

México tiene una tradición distinta y debe defenderla.

Los judíos mexicanos no necesitan demostrar que son mexicanos.

No necesitan justificar su derecho a vivir en Polanco, en Guadalajara, en Monterrey, en Puebla, en Tijuana o en cualquier otra parte del país.

No necesitan renunciar a su religión para pertenecer a México.

Son mexicanos. Punto.

Y exactamente lo mismo debería poder decir cualquier mexicano independientemente de su religión, origen, etnia o convicción.

La causa palestina tampoco merece que la contaminen

Hay además una consideración que deberían tener presente quienes genuinamente apoyan al pueblo palestino.

Si alguien pretende defender a Palestina gritando “fuera judíos de México”, no está fortaleciendo la causa palestina.

La está contaminando.

La discusión sobre Gaza, Israel, Palestina, Hamás, los rehenes, los asentamientos, el derecho internacional y las responsabilidades de los distintos actores puede y debe llevarse a cabo con toda la dureza política que corresponda.

Pero los judíos mexicanos no son una extensión territorial del Estado de Israel.

Convertirlos en objetivo por su religión no ayuda a los palestinos.

Solamente reproduce una lógica de odio.

Y esa lógica debe ser rechazada independientemente de quién la utilice.

La investigación apenas comienza

Quizá lo más importante de esta historia sea precisamente lo que todavía no sabemos.

No sabemos quién organizó la movilización.

No sabemos quién pagó los camiones.

No sabemos quién produjo las mantas.

No sabemos quién convocó a los participantes.

No sabemos quién dirigió las consignas.

No sabemos si quienes aparecen en los videos pertenecían realmente a las organizaciones cuyos nombres aparecen en las pancartas.

No sabemos si hubo una provocación deliberada.

No sabemos si hubo una operación de terceros.

Y no sabemos si las organizaciones que hoy se deslindan efectivamente fueron completamente ajenas a la movilización.

Lo que sí sabemos es que una manifestación llegó hasta una sinagoga y lanzó una consigna que ningún país democrático debería normalizar:

“Fuera judíos de México.”

Por eso la pregunta correcta no es:

¿de qué lado estás, de Israel o de Palestina?

La pregunta correcta es mucho más sencilla:

¿Quién llevó el odio hasta Masaryk y quién lo pagó?

Que las autoridades lo averigüen.

Que presenten las pruebas.

Que identifiquen a los responsables.

Y que, si hubo un delito, se proceda conforme a la ley.

Pero que tampoco se utilice este episodio para criminalizar a quienes apoyan legítimamente los derechos del pueblo palestino.

Porque una democracia debe ser capaz de hacer las dos cosas al mismo tiempo:

defender la libertad de expresión y combatir la discriminación.

Defender a los palestinos sin perseguir a los judíos.

Criticar a Israel sin convertir a los mexicanos judíos en sus enemigos.

Y, sobre todo, entender que cuando alguien grita “fuera judíos de México”, no está defendiendo una frontera en Medio Oriente.

Está intentando poner en duda quién tiene derecho a pertenecer a México.

Y sobre eso no debería existir ninguna ambigüedad.

Los judíos mexicanos pertenecen a México.

Y nadie tiene que pedir permiso para pertenecer a su propio país.

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