“La democracia empieza por la conciencia del ciudadano.”
— José Revueltas
Crónica del ciudadano de a pie
Cada mañana, en México, el ciudadano de a pie sale a enfrentar su día con una mezcla silenciosa de esperanza y cansancio. Viaja en transporte público saturado, camina calles donde la inseguridad se volvió parte del paisaje y regresa a casa con la preocupación constante de que el dinero no alcance, de que algo pueda pasar, de que el mañana sea más difícil que hoy. Aun así, sigue adelante.
En su trayecto cotidiano escucha que “todo va bien”. Lo oye en la radio, lo ve en conferencias, lo lee en los encabezados optimistas. Le dicen que hay avances, que el país se transforma, que hay razones para confiar.
Sin embargo, su experiencia diaria le cuenta otra historia: la del miedo a ser asaltado, la del centro de salud sin medicamentos, la de la escuela pública con carencias, la del empleo informal que no ofrece estabilidad ni futuro.
El ciudadano de a pie observa también a una clase política que con frecuencia parece habitar otra realidad.
Ve discursos cargados de soberbia, confrontaciones estériles y una sensación de impunidad que lastima.
El poder se exhibe como espectáculo, mientras los problemas urgentes de la vida cotidiana permanecen sin respuestas claras.
En las conversaciones familiares y vecinales aparecen los apoyos y subsidios del gobierno.
Para muchos hogares son un alivio necesario, pero a menudo se presentan como dádivas, como si provinieran de la voluntad del gobernante y no del ejercicio de un derecho.
Se agradece lo recibido, pero se habla poco de lo que falta: seguridad en las colonias, servicios públicos dignos, oportunidades reales para vivir mejor.
Cuando el ciudadano escucha a un gobernante, suele aferrarse a la promesa de que las cosas mejorarán. Esa ilusión se convierte en una forma de resistencia emocional. Esperar se vuelve costumbre. Sin embargo, el tiempo pasa y la vida no mejora al ritmo de los discursos; los obstáculos permanecen y, en muchos casos, se profundizan.
Y es justo ahí donde surge una pregunta necesaria: ¿hasta cuándo sostener la narrativa de que todo está bien, cuando la realidad cotidiana dice lo contrario?
Esta crónica propone un giro urgente.
El ciudadano de a pie necesita comenzar a verse no solo como receptor de mensajes y apoyos, sino como sujeto activo de la vida pública.
Despertar implica dejar de repetir lo que se dice desde el poder y empezar a nombrar lo que se vive en la calle, en el hogar y en la comunidad.
Poner en el centro los temas verdaderamente urgentes: la seguridad, la salud, la educación, el trabajo digno y la justicia que sí llegue.
Despertar también significa participar, informarse críticamente, organizarse en lo local y exigir rendición de cuentas.
No desde el enojo vacío, sino desde la conciencia de que la democracia no se sostiene con aplausos ni con espera, sino con ciudadanía activa.
El ciudadano de a pie mexicano sigue caminando entre la esperanza y la incertidumbre, pero hoy enfrenta una posibilidad distinta: abandonar la comodidad de la narrativa oficial y comenzar a construir otra, nacida de la realidad cotidiana.
Una narrativa que no se conforme con repetir que todo está bien, sino que se atreva a decir lo que falta y lo que duele.
Que el 2026 sea el año en que los ciudadanos empecemos a participar de manera más consciente y activa; el año en que dejemos de ser solo espectadores para convertirnos en protagonistas de la vida pública.
Un año para organizarnos, para exigir, para dialogar y para luchar por lo esencial: el derecho a vivir sin miedo, con justicia, con oportunidades y con dignidad.
Que en 2026 la esperanza deje de ser solo un discurso y se convierta en una construcción colectiva desde abajo, donde la voz del ciudadano de a pie marque el rumbo y haga posible una vida verdaderamente digna para todas y todos.
