En las últimas décadas, el panorama político global ha experimentado un cambio fundamental en la forma en que las democracias colapsan. Mientras que antes de la década de 1990 los golpes militares eran la causa predominante del fin de los regímenes democráticos, en el período posterior a la Guerra Fría ha surgido un fenómeno más sutil y gradual: el democratic backsliding o retroceso democrático.
Este proceso no se caracteriza por una ruptura violenta, sino por la subversión de la democracia desde dentro, liderada por gobernantes elegidos democráticamente que utilizan medios legales para erosionar las instituciones.
Conceptualización y desafíos de medición
El estudio de este fenómeno presenta retos significativos. David Waldner y Ellen Lust, en su texto Unwelcome Change: Coming to Terms with Democratic Backsliding (2018), señalan que el desafío conceptual central es definir cambios que ocurren dentro de un régimen político, a diferencia de las transiciones totales de un régimen a otro. Estos autores subrayan que, aunque existe una literatura rica, todavía se carece de teorías plenamente desarrolladas para explicar este retroceso intra-régimen, lo que genera dificultades metodológicas en la medición y comparación de casos.
Por su parte, Edoardo Grillo, Zhaotian Luo, Monika Nalepa y Carlo Prato, en su artículo Theories of Democratic Backsliding (2024), proponen organizar estas teorías bajo dos dimensiones principales: la fuente de las restricciones al ejecutivo (restricciones verticales u horizontales) y el objetivo del retroceso (manipulación electoral o engrandecimiento del ejecutivo).
Esta clasificación permite comparar las premisas de diversas investigaciones y entender cómo los líderes buscan debilitar los controles que tanto la ciudadanía como otras ramas del poder ejercen sobre ellos.
El proceso: del golpe militar al “executive takeover”
Milan W. Svolik, en su obra Polarization versus Democracy (2019), identifica lo que denomina “executive takeovers” (tomas de poder por parte del ejecutivo) como la forma modal de ruptura democrática en los últimos 45 años.
A diferencia de los golpes militares, estas subversiones son llevadas a cabo por titulares que inicialmente gozan de apoyo popular y que, una vez en el poder, proceden a desmantelar los límites constitucionales, como los límites de mandato, y a subyugar políticamente al poder judicial.
Ejemplos prominentes de este proceso incluyen las gestiones de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, Vladimir Putin en Rusia, Viktor Orbán en Hungría y Recep Tayyip Erdoğan en Turquía.
Lo paradójico de estos casos es que los líderes suelen mantener niveles significativos de popularidad incluso mientras subvierten el proceso democrático. Este carácter gradual y legalista es lo que explica que el léxico académico haya pasado de hablar de “colapso” a términos como erosión, degradación o retroceso.
El dilema del votante y el papel de la polarización
Una de las preguntas centrales que plantea Svolik es: ¿por qué los votantes que profesan creer en la democracia apoyan a líderes que la socavan? La respuesta parece residir en una vulnerabilidad inherente a la política democrática: la polarización. En sociedades profundamente divididas, los ciudadanos se ven obligados a elegir entre sus principios democráticos y sus intereses partidistas o ideológicos.
Los líderes “populistas autoritarios” explotan estas tensiones sociales transformándolas en conflictos políticos agudos. Svolik argumenta que los votantes prefieren tolerar las tendencias autoritarias de un líder que defiende su plataforma política (ya sea redistribución económica en Venezuela o nacionalismo en Hungría) antes que votar por una oposición que, aunque se presente como más democrática, ofrece políticas que esos votantes detestan. En estos contextos, la gente se vuelve “partidista primero y demócrata solo en segundo lugar”.
Evidencia experimental realizada por Svolik y sus colaboradores en países como Turquía, Venezuela y Estados Unidos confirma que el castigo electoral a candidatos con posiciones antidemocráticas disminuye drásticamente cuando la polarización es alta. Curiosamente, la investigación sugiere que los moderados o centristas son la fuerza democrática clave, ya que su menor lealtad partidista les permite priorizar los principios democráticos con un menor costo personal.
Conclusión: el ciudadano como cómplice reacio
El retroceso democrático obliga a repensar el papel de la ciudadanía. A menudo, los relatos periodísticos presentan al público exclusivamente como víctima de autócratas oportunistas. Sin embargo, la evidencia sugiere que los aspirantes a autócratas solo logran subvertir la democracia cuando cuentan con el consentimiento, tácito o explícito, de una parte significativa del electorado. Como concluye Svolik, la democracia es vulnerable no solo a las ambiciones de las élites, sino también a la disposición de una sociedad fraccionada a sacrificar las reglas del juego por el triunfo de sus propios intereses.
