La mañana comenzó distinta. Desde temprano, antes incluso de que el sol terminara de imponerse sobre la ciudad, grupos de personas empezaron a llegar con una mezcla poco común en la política mexicana contemporánea: entusiasmo genuino y una esperanza prudente, casi tímida.
No era un mitin tradicional. No había acarreados visibles, ni el sonido ensordecedor de consignas repetidas por obligación. Lo que se respiraba en la asamblea nacional de Somos México era algo más cercano a una reunión de ciudadanos que a un acto partidista.
Había maestros jubilados conversando con jóvenes universitarios; empresarios pequeños tomando café junto a activistas sociales; mujeres que viajaron toda la noche desde distintos estados para atestiguar lo que, para muchos, representa el inicio de una nueva etapa política.
En los pasillos se repetía una frase sencilla: “ya cumplimos”.
Los organizadores confirmaban que la agrupación había reunido, con margen suficiente, los requisitos legales necesarios para solicitar su registro como partido político nacional.
El anuncio no provocó euforia desbordada, sino aplausos largos, sostenidos, cargados más de alivio que de triunfalismo. Después de años en los que la oposición institucional parece haberse diluido, muchos asistentes describían el momento como un pequeño regreso de la política ciudadana.
Uno de los delegados, proveniente del norte del país, lo resumió sin discursos grandilocuentes: “No venimos a destruir nada; venimos a volver a participar”.
La asamblea avanzó entre votaciones formales, acreditaciones y nombramientos de dirigentes provisionales. A diferencia de otros procesos partidistas, los discursos evitaron el tono mesiánico. Se habló más de instituciones que de líderes; más de reglas que de promesas.
Los nuevos coordinadores nacionales insistieron en un mensaje constante: construir un partido desde abajo, sin depender de una sola figura política ni de caudillos personales. El reto, reconocieron, será transformar la diversidad interna en una fuerza cohesionada sin perder pluralidad.
Mientras tanto, en el escenario político nacional dominado por Morena, la aparición de una organización emergente adquiere un significado especial. Para muchos asistentes, no se trataba únicamente de competir electoralmente, sino de recuperar la idea de que la democracia necesita alternativas vivas.
El siguiente paso será formal: entregar la solicitud de registro ante el Instituto Nacional Electoral (INE), que deberá revisar afiliaciones, asambleas y documentación. Entre los participantes existe confianza, aunque también conciencia de que el camino institucional nunca es sencillo.
Sin embargo, lo más notable del día no fueron los procedimientos legales, sino el ambiente humano.
En un rincón del recinto, una mujer mostraba orgullosa la credencial que acreditaba su participación en la organización. “Es la primera vez que me involucro en política”, decía. Cerca de ella, un grupo de jóvenes discutía propuestas sobre educación y transparencia como si estuvieran diseñando algo propio, no heredado.
Ese quizá fue el verdadero mensaje de la jornada.
En tiempos de polarización, desconfianza y fatiga pública hacia la política, la asamblea de Somos México dejó una imagen poco habitual: ciudadanos que aún creen que participar vale la pena.
No hubo promesas de salvación nacional ni discursos de victoria anticipada. Hubo algo más sencillo y, quizá por eso mismo, más poderoso: la sensación de que la democracia mexicana todavía puede renovarse cuando la sociedad decide volver a organizarse.
Al final, cuando las luces comenzaron a apagarse y los delegados emprendían el regreso a sus estados, quedaba flotando una certeza compartida: independientemente del resultado del registro, el simple acto de reunirse, deliberar y construir colectivamente ya representa una forma de esperanza política.
Porque a veces los cambios no comienzan con una elección ganada, sino con ciudadanos que deciden volver a intentarlo.
