La información que vamos a presentarte aquí no la verás en los medios tradicionales, que suelen reducir el análisis geopolítico a titulares estruendosos diseñados para conquistar los algoritmos del escándalo. Pero el dato mata al relato: la caída del Estado del bienestar es un hecho que no solo incendia a América Latina, sino también a Europa.
Durante años se ha difundido la idea de que el desastre fiscal, el gasto asistencial desmedido y la polarización política eran males exclusivos de América Latina. Sin embargo, el fenómeno también aparece en el corazón de la Unión Europea: un modelo de gasto social al estilo de Morena, acompañado de impuestos y regulaciones excesivos, asfixia al sector productivo, destruye la prosperidad y abre la puerta a opciones políticas de ruptura.
La debacle económica europea no es fortuita; responde a dos factores estructurales:
- Bajo el Pacto Verde Europeo, Bruselas ha impuesto exigencias de descarbonización, trabas agrícolas e inspecciones burocráticas que encarecen la producción local. Mientras Estados Unidos y China abaratan la energía e impulsan la industria, Europa sanciona a sus propias empresas con burocracia ambiental.
- Para sostener un gasto público desbordado, los gobiernos aplican una presión tributaria récord. Los elevados impuestos corporativos, las tasas al carbono y las cargas sociales reducen la fortaleza del sector privado, destruyen los incentivos para invertir y asfixian a las pymes.
Los focos rojos: Francia y Alemania
Las dos mayores economías continentales muestran signos severos de agotamiento. Mientras tanto, sus calles se llenan de manifestaciones sociales explosivas que nuestros noticieros habituales apenas reportan:
- Francia: Su gasto público supera el 57 % del PIB y acumula un enorme déficit fiscal que ya activó las alarmas financieras. El hiperestado no se traduce en bienestar, sino en servicios deteriorados, una burocracia voraz y una clase media asfixiada.
- Alemania: El tradicional motor industrial de Europa lleva dos años al borde del estancamiento o la recesión, con un crecimiento anémico cercano al 0,2 %. La combinación de costes energéticos disparados por el cierre de plantas nucleares, la descarbonización y las trabas regulatorias está desmantelando su competitividad manufacturera.
El descontento popular ante la inflación y el estancamiento económico ha impulsado un giro categórico hacia la derecha:
- Francia: Rassemblement National (Marine Le Pen / Jordan Bardella) se consolida como la primera fuerza en intención de voto, capitalizando el rechazo a las numerosas leyes de Bruselas y las trabas ecológicas.
- Alemania: Alternative für Deutschland (AfD) se posiciona como segunda fuerza nacional, obteniendo triunfos históricos al canalizar el descontento de la clase trabajadora ante los elevados costes de la transición verde.
Esta parálisis contrasta con el desempeño de la economía de Estados Unidos, a pesar de todo lo que dicen algunos ‘analistas’: Mientras Estados Unidos lidera el crecimiento económico del bloque G8, con tasas de crecimiento entre 2,2 % y 2,8 %, impulsado por el dinamismo privado y la independencia energética, la eurozona languidece entre el 0,2 % y el 0,9 %. La evidencia es contundente: ningún Estado puede redistribuir riqueza si sus impuestos y regulaciones destruyen el motor de la economía: lo que producen empresarios y trabajadores.
Por más que los medios hablen del miedo a la “ultraderecha”, la realidad demuestra que la economía no responde a ideologías diseñadas desde la burocracia en Bruselas. Cuando el gasto público improductivo y el fanatismo regulatorio estrangulan al sector privado, el resultado inexorable es la decadencia del populismo. Ya no ocurre solo en América: también en Europa, la opinión pública se aleja de la opinión publicada.
@dariomendoza
