La victoria de lo chafa

Autor Congresistas
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Darío Mendoza A

Vivimos en una época psicótica. Mientras nuestros discursos políticos se saturan de términos como “bienestar”, “salud mental” e “inclusión”, nuestras ciudades se vuelven cada vez más inhóspitas. Habitamos en “depas” como cajas de hormigón; consumimos objetos desechables y normalizamos un lenguaje diseñado para la agresión, el vicio o el vacío. Va de la arquitectura a la música. Para el filósofo británico Roger Scruton, esta fealdad no es un accidente estético ni un ahorro económico: es una patología de la época, una degradación del espíritu.

El filósofo Roger Scruton solía decir que la belleza es “La sonrisa de Dios”. Con esta metáfora, no pretendía imponer un dogma religioso, sino señalar una realidad trascendente: la belleza es la forma en que el orden del universo se vuelve perceptible para nuestros sentidos. Cuando contemplamos una catedral gótica o un paisaje armonioso, experimentamos una “atención desinteresada”. Por un momento, dejamos de querer poseer o usar el mundo para simplemente agradecer que existe.

Sin embargo, la modernidad ha decidido cerrar esa ventana. Al tratar la belleza como un lujo opcional y no como una necesidad primaria, hemos reducido la existencia humana a un funcionalismo animal de correr por comer, producir y dormir. 

¿Por qué una sociedad tan avanzada como la nuestra elige deliberadamente lo feo? El pensamiento de Scruton identifica tres fuerzas que convergen en este “culto a la fealdad”. 

El materialismo económico: Bajo esta lógica, si un edificio es eficiente y barato, su apariencia es irrelevante. Se olvida que un entorno feo genera alienación y tristeza. 

El relativismo estético: La frase “la belleza está en el ojo del observador” se ha convertido en una dictadura. Al negar que existan criterios objetivos de armonía y proporción, cualquier transgresión vulgar se eleva a la categoría de arte, dejando al ciudadano común sin herramientas para defender su entorno. 

El igualitarismo resentido: Para ciertos sectores, la belleza es sospechosa porque establece jerarquías. Lo bello destaca sobre lo mediocre, y en una cultura que teme la excelencia, destruir la belleza es la forma más rápida de nivelar hacia abajo.

El resultado es una sociedad más enferma, deprimida y ansiosa. Con un aumento del consumo de ansiolíticos o antidepresivos, hasta llegar al suicidio.

Ante este desierto estético, Scruton no propone una nostalgia pasiva, sino una revolución silenciosa a través de lo que llamaba “belleza mínima”. No necesitamos grandes presupuestos para resistir al nihilismo; la resistencia empieza en la escala humana.

Recuperar la dignidad de nuestro hogar mediante el orden y la luz natural; dignificar nuestro lenguaje huyendo de la vulgaridad gratuita y de moda; y dedicar cinco minutos al día a la contemplación de algo bello sin intención de consumirlo. Estas no son tareas de decoración, son actos de higiene espiritual.

Hay enormes promociones por dejar de consumir comida chatarra, pero al mismo tiempo se se exalta algo mucho peor porque impacta los sentidos: el consumo de la moda chatarra, la música chatarra, que también tiene un impacto en la salud mental. 

La fealdad no es neutral. Un entorno que niega la belleza está diciendo, implícitamente, que la vida no tiene un propósito más allá de la materia. Es la forma como triunfa, por ejemplo, la narco cultura, es el triunfo de la mediocridad, el vicio y ¡lo chafa! Por el contrario, la búsqueda de lo bello es una afirmación de que somos seres espirituales que merecen un hogar digno para vivir y disfrutar en armonía.

Hoy asistimos al bombardeo mediático que sabe de su locura cuando te dice: “bueno no te fijes en la música, no te fijes en la letra”. Es decir que traguemos basura a nombre de la ‘resistencia latina’. Un absurdo.

Como sociedad, debemos exigir lo bien hecho, el mérito, la armonía. No es un capricho burgués; es la única defensa que nos queda contra el vacío existencial y la depresión. Si permitimos que el mundo se vuelva un lugar puramente funcional y consumista, terminaremos convirtiéndonos nosotros mismos en simples engranajes de una máquina que ha olvidado la simpleza de sonreír en lo más profundo de nuestro ser.

@dariomendoza

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