Darío Mendoza A
Detrás de la captura de Nicolás Maduro no solo late el eco de una crisis democrática, sino el rugido de una maquinaria geopolítica que busca redibujar los mapas de poder. En una maniobra que resucita la Doctrina Monroe, Estados Unidos ha dejado claro que Venezuela no es solo un vecino en conflicto, sino la pieza central de un ajedrez energético diseñado para asfixiar las ambiciones de China en el Hemisferio Occidental. Bienvenidos al nuevo orden tripolar, donde el petróleo de Caracas vuelve a ser la moneda de cambio de la hegemonía americana.
El objetivo estratégico. No se trata de que EU. necesite ese petróleo para sí mismo (ya que es el mayor productor mundial), sino de quién no debe tenerlo. Actualmente, China compra cerca del 85% del crudo venezolano. Al controlar Venezuela, Washington corta el suministro directo a su principal rival: China.
La “Operación Southern Spear”El reciente bloqueo naval estadounidense ya ha provocado que millones de barriles destinados a Asia queden varados, forzando a China a buscar alternativas más costosas. Se estima que recuperar la industria petrolera venezolana requerirá una inversión de más de 100,000 millones de dólares en la próxima década. Esto abre la puerta a que gigantes como Chevron tomen el control operativo.
Washington busca reafirmar su hegemonía absoluta en el Hemisferio Occidental. Si China tiene influencia en Asia y Rusia en Eurasia, Estados Unidos reclama América Latina como su zona de control exclusivo. Se menciona la posibilidad de un pacto pragmático entre potencias, el nuevo Yalta sin Europa. Washington podría ceder o reducir su presión en Ucrania a cambio de que Moscú retire su apoyo a Caracas. Es la geopolítica del siglo XIX aplicada al siglo XXI.
Para construir el nuevo orden, estorba la ONU y su agenda globalista. Este nuevo esquema sugiere que los organismos globalistas han quedado obsoletos. Ahora, el orden lo dictan los pactos directos entre las tres potencias.
Trump: un negociador pragmático. En Venezuela, Estados Unidos ha dejado atrás la era del “idealismo democrático” para centrarse en un realismo geopolítico. En lugar de buscar un cambio de régimen total hacia un modelo democrático tradicional, Washington parece estar dispuesto a pactar con la dirigencia pragmática de Venezuela (como la representada por Delcy Rodríguez) si eso garantiza estabilidad energética y expulsa la influencia de China y Rusia del hemisferio.
México debe definirse en el nuevo orden. México debe definir de qué lado está. Bajo la administración actual de EU, la relación con México ya no se ve solo a través del comercio (T-MEC), sino como una cuestión de seguridad nacional absoluta. Esto implica:
- Control de fronteras y migración: Presión directa para que México actúe como el primer filtro de seguridad de Estados Unidos.
- Combate al narcotráfico: El desmantelamiento de redes de tráfico es un objetivo secundario en Venezuela, pero en México es una herramienta de presión política constante.
En un mundo tripolar, EE. UU. no tolera “fugas” de lealtad en su hemisferio. Washington observa con lupa cualquier acercamiento comercial o tecnológico de México con Beijing (especialmente en sectores como autos eléctricos o infraestructura). El pragmatismo estadounidense implica que México debe elegir entre mantener su autonomía diplomática o alinearse totalmente con el bloque norteamericano para evitar sanciones o presiones económicas.
Las cartas están echadas, ha llegado un nuevo orden mundial, donde Europa es irrelevante.
