Cuando la derecha y la izquierda se parecen: la urgencia de la rebeldía ciudadana

Autor Congresistas
13 Vistas

Elio Villaseñor

El poder surge cuando las personas actúan juntas.”

— Hannah Arendt

Una sensación compartida

Para muchas personas, la política actual ya no termina de convencer. Votamos, escuchamos discursos distintos, vemos colores y consignas opuestas, pero en la práctica la forma de gobernar se parece demasiado.

La derecha y la izquierda, aunque se presenten como opciones enfrentadas, coinciden en algo esencial: concentran el poder y dejan poco espacio a la ciudadanía.

Discursos distintos, prácticas parecidas

Quienes hablan en nombre de la igualdad y de las mayorías suelen usar el respaldo electoral para gobernar sin escuchar, tomando decisiones desde arriba y esperando obediencia desde abajo. Quienes prometen orden y control actúan de manera muy similar, solo que con otro lenguaje.

En ambos casos, el mensaje es claro: el ciudadano debe confiar, callar y adaptarse a los planes del gobierno.

Cuando la voz ciudadana se debilita

En este modelo, la crítica estorba. Los contrapesos democráticos, los organismos autónomos y los mecanismos de rendición de cuentas se presentan como obstáculos. El desacuerdo se descalifica, el disenso se estigmatiza y quien pregunta es señalado como adversario.

La ley deja de ser un límite común y empieza a usarse como herramienta del poder.

Una política que se aleja de las personas

La consecuencia es evidente: la política deja de sentirse como un espacio compartido.

El centro ya no es la persona, la comunidad o el bien común, sino el propio gobierno. La ciudadanía queda relegada a un papel pasivo, como si su única función fuera recibir decisiones y asumir sus efectos.

La rebeldía ciudadana como respuesta

Frente a este escenario surge una necesidad profunda: la rebeldía ciudadana. No una rebeldía violenta ni destructiva, sino una rebeldía consciente, cotidiana y colectiva.

Una rebeldía que aparece cuando las personas deciden no resignarse, no delegar todo y no aceptar que la política sea un asunto exclusivo de quienes gobiernan.

Volver a ser ciudadanos activos

Ser rebeldes como ciudadanos significa recuperar el espacio público: participar, opinar, proponer y exigir.

Significa entender que la política no termina en el voto, sino que continúa en la vigilancia, el diálogo y la corresponsabilidad.

También implica aportar nuestra experiencia, nuestro conocimiento y nuestra sensibilidad para construir decisiones públicas con rostro humano.

Más diálogo, menos polarización

No se trata de dividirnos entre buenos y malos, ni de profundizar la polarización que tanto daña la convivencia social.

Se trata de encontrarnos en lo común: la igualdad ante la ley, el respeto a los derechos y el deseo compartido de vivir mejor. Dialogar no es rendirse; exigir no es confrontar; participar no es estorbar.

Cuidar la democracia desde abajo

La rebeldía ciudadana también es una defensa de valores fundamentales: transparencia, rendición de cuentas y justicia.

Es la decisión de ser parte no solo de las promesas, sino también de las decisiones, su implementación y su evaluación. Aunque incomode, es una forma de cuidar la democracia.

La política al servicio de la gente

Cuando la derecha y la izquierda se parecen tanto en su forma de gobernar, la ciudadanía organizada recuerda una verdad básica: la política no existe para proteger los intereses de unos cuantos, sino para servir al interés público, a la dignidad humana y a la vida en común.

Artículos Relacionados