Congresistas

La democracia se construye todos los días: el INE, el voto y la legitimidad del poder

La democracia mexicana es resultado de una larga historia de luchas ciudadanas, reformas políticas y construcción de instituciones. No surgió de manera espontánea ni fue una concesión del poder. Su desarrollo ha requerido acuerdos, participación social, inversión pública y la formación de capacidades profesionales que permitieran transformar la desconfianza electoral en procedimientos verificables y resultados legítimos.

El Instituto Nacional Electoral representa una de las conquistas más importantes de ese proceso. Su fortaleza histórica reside en la autonomía constitucional, la profesionalización de sus funcionarios, la participación ciudadana y la construcción de reglas compartidas entre fuerzas políticas diferentes. Su capacidad para organizar elecciones complejas y contribuir a hacer posible la alternancia constituye un patrimonio institucional que pertenece a toda la sociedad mexicana.

Sin embargo, las instituciones no se sostienen únicamente mediante leyes, estructuras administrativas y presupuestos. Su verdadera fortaleza también reside en las personas que las hacen funcionar.

Durante décadas, el INE y su antecesor, el Instituto Federal Electoral, desarrollaron cuadros profesionales especializados en materia jurídica, organización electoral, padrón y geografía electoral, fiscalización, planeación y capacitación ciudadana. Esa experiencia acumulada permitió construir una memoria institucional indispensable para garantizar la continuidad y confiabilidad de los procesos electorales.

¿Qué sucede cuando esos profesionales abandonan la institución? ¿Qué se pierde cuando funcionarios que han participado en numerosos procesos electorales dejan de ejercer sus responsabilidades?

La salida de personal especializado no representa solamente un movimiento administrativo. Puede significar la pérdida de conocimientos, experiencia, capacidad operativa y memoria institucional difíciles de sustituir.

Las advertencias públicas sobre la salida de funcionarios del INE, incluidas las preocupaciones expresadas por integrantes de su Consejo General, obligan a colocar este asunto en el centro de la reflexión democrática. No basta conocer el número de bajas laborales. Es indispensable distinguir entre renuncias, jubilaciones, terminaciones de contratos y separaciones de personal del Servicio Profesional Electoral Nacional, así como identificar las responsabilidades que quedan vacantes y sus consecuencias institucionales.

La pregunta de fondo es si estamos ante una renovación administrativa ordinaria o frente a un proceso de debilitamiento estructural.

Las instituciones pueden perder su fortaleza no solamente cuando se modifican sus leyes, sino cuando desaparecen las capacidades humanas que permiten hacerlas funcionar.

Esta reflexión conduce a otra dimensión de nuestra democracia: la formación de cuadros políticos.

Mientras el INE tiene la responsabilidad de preservar y desarrollar capacidades técnicas para organizar elecciones confiables, corresponde fundamentalmente a los partidos políticos formar dirigentes capaces de comprender el funcionamiento del Estado, ejercer la representación popular y asumir responsablemente las tareas de gobierno.

La profesionalización técnica de las instituciones electorales no sustituye la formación política de quienes aspiran a ejercer el poder.

Necesitamos legisladores que conozcan la Constitución, los procedimientos parlamentarios, la negociación y el significado de la representación. Necesitamos gobernantes capaces de convertir propuestas en políticas públicas y de comprender que el poder no constituye un privilegio personal, sino una responsabilidad frente a la sociedad.

Las elecciones ponen de manifiesto estas fortalezas y debilidades. Son también un espejo de nuestra formación cívica.

En los procesos electorales no solamente se expresan preferencias partidistas. Se manifiestan nuestra capacidad de diálogo, el respeto a las diferencias, la calidad del debate público y la madurez con la que enfrentamos los conflictos.

La estridencia, las descalificaciones y los enfrentamientos que frecuentemente dominan las campañas obligan a preguntarnos si hemos dedicado suficiente atención a la educación cívica y a la formación política.

La democracia no supone que seamos iguales. Reconoce que somos diferentes y que, precisamente por ello, necesitamos reglas compartidas y garantías de expresión para participar en condiciones de igualdad.

El conflicto forma parte de la vida democrática. Lo que determina nuestra madurez política es la capacidad para procesarlo mediante argumentos, información, instituciones y respeto a las reglas comunes.

En este contexto aparece una dimensión fundamental del sufragio que frecuentemente olvidamos: el voto no es solamente un derecho; es también un acto de voluntad, una decisión política y el otorgamiento de un mandato.

Votar significa participar en la definición del presente y del futuro de una sociedad. No es un acto frívolo ni debería quedar sometido a la superficialidad de la propaganda. Exige información suficiente, reflexión y conciencia de sus consecuencias.

La información proporciona elementos para conocer, comprender y evaluar las alternativas políticas. La propaganda busca persuadir y orientar preferencias. Ambas intervienen en la competencia electoral, pero cuando la propaganda desplaza a la información, se deterioran las condiciones para una decisión ciudadana consciente.

El voto expresa una voluntad y produce consecuencias. Mediante él, la ciudadanía confiere a sus representantes la responsabilidad de transformar propuestas en decisiones, leyes, políticas públicas y obras que respondan a las necesidades colectivas.

Pero ninguna propuesta se convierte en realidad únicamente por haber sido anunciada. La acción política requiere planeación, capacidad administrativa y recursos presupuestales. Una ley que establece nuevas obligaciones públicas necesita considerar las condiciones materiales y financieras necesarias para su cumplimiento.

Ahí aparece una de las relaciones más importantes entre el voto y el ejercicio del poder: la responsabilidad de convertir el mandato ciudadano en resultados.

Salir de la versión móvil