Cuando la fuerza reemplaza al derecho: ciudadanía en un mundo de guerra

Autor Congresistas
55 Vistas

Elio Villaseñor

“La guerra no determina quién tiene la razón, sino quién queda en pie.”

— Bertrand Russell

Un mundo que normaliza la fuerza

“Mi moral. Mi mente. Es lo único que puede detenerme”.

Con esa frase, Donald Trump respondió cuando se le preguntó si existía algún límite para las acciones de Estados Unidos en el extranjero. No habló de leyes, ni de instituciones, ni de acuerdos internacionales. Habló únicamente de su voluntad personal.

Durante su presidencia, Trump ordenó operativos militares en distintos países: ataques al programa nuclear de Irán, intervenciones en Iraq, Nigeria, Somalia, Siria, Yemen y acciones directas sobre Venezuela.

Más allá de cada caso concreto, el mensaje fue contundente: la fuerza sustituye a las reglas y el poder se impone sobre el derecho.

El regreso de los demonios de la guerra

Cada día resulta más evidente que, en buena parte del mundo, lo que predomina no es la cooperación ni el diálogo, sino el resurgimiento de los demonios de la guerra.

Se invade, se saquea y se disputa la riqueza de los pueblos bajo el pretexto de la seguridad, la estabilidad o el interés nacional.

La violencia vuelve a presentarse como una herramienta legítima de la política.

Los valores que durante décadas sostuvieron la convivencia internacional —la democracia, el respeto a los derechos humanos, la legalidad— siguen presentes en los discursos, pero pesan cada vez menos en las decisiones reales. Se mencionan, pero no se respetan.

Un mundo dividido en bloques

La convivencia internacional se ha transformado en un tablero de bloques de poder.

Los acuerdos ya no se construyen desde principios compartidos, sino desde zonas de influencia.

Todo aquel que “invade” el territorio del otro es tratado como una amenaza.

La seguridad se convierte en excusa para justificar invasiones, sanciones, bloqueos y guerras encubiertas.

En este escenario, los ciudadanos quedamos fuera de las decisiones.

No elegimos ni participamos.

Se nos pide aprender una sola regla: someternos, adaptarnos y aceptar que otros dominen.

Las decisiones se toman lejos de la gente, pero sus consecuencias recaen siempre sobre la vida cotidiana de millones de personas.

Cuando los derechos dejan de ser el límite

Los derechos humanos, que deberían marcar una frontera ética infranqueable, dejan de ser referencia.

Son desplazados por intereses económicos, estratégicos o geopolíticos que se presentan como inevitables.

La dignidad humana se convierte en un daño colateral.

Este modelo no es exclusivo de una potencia.

Se reproduce en distintos países y gobiernos que imitan la lógica del más fuerte: quien piensa diferente es tratado como enemigo, el diálogo se interpreta como debilidad y la imposición se celebra como liderazgo.

La política del miedo y la exclusión

Así, la política deja de ser un espacio para construir acuerdos y se transforma en un campo de confrontación permanente.

Se gobierna desde la amenaza, la descalificación y el miedo.

La convivencia se deteriora y la violencia se normaliza.

Cuando la fuerza manda, la verdad importa menos.

Cuando el poder no reconoce límites, la ley pierde sentido.

Y cuando la política se separa de la ética, la humanidad retrocede.

Una luz desde la ciudadanía

Sin embargo, incluso en este mundo dividido en bloques y zonas de influencia, no todo está perdido.

Tiene que surgir —y de hecho ya empieza a hacerlo— otra fuerza: la de los derechos, la dignidad y la conciencia ciudadana.

No será una fuerza militar ni económica, sino una construida con imaginación, inteligencia y humanidad.

Una fuerza que recuerde que ningún poder es legítimo si se sostiene sobre el miedo, y que ninguna seguridad es verdadera si se logra a costa de la vida y la dignidad de las personas.

Esa luz no vendrá solo de los gobiernos. Vendrá de las sociedades, de una ciudadanía que se niega a aceptar la barbarie como destino.

Porque incluso en tiempos de guerra y dominación, la historia lo demuestra: los derechos humanos no desaparecen.

Resisten, esperan y vuelven a abrir camino.

Artículos Relacionados