Hegemonía de la derecha radical

Autor Congresistas
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Isidro H. Cisneros

A la agresión militar e intromisión política del gobierno estadounidense en los asuntos internos de distintos países alrededor del mundo, ahora se suma la creciente amenaza a la democracia liberal y a los derechos civiles al interior de su propio país. La profunda sacudida que viven nuestras sociedades bajo la presidencia de Donald Trump obliga a pensar que el fascismo no desapareció totalmente al finalizar la II Guerra Mundial, sino que persiste como potencial latente en nuestras sociedades. Se observa el resurgimiento de una derecha radical que busca imponer nuevamente su hegemonía. No aparece como una versión clásica del fascismo negro, sino como una forma camaleónica adaptable a los cambios sociales, la globalización y la crisis de la democracia, emergiendo en un sutil gris en lugar de un negro puro. Este neofascismo no mira tanto al pasado, sino al futuro, articulando un discurso de protección de la “diferencia nacional”, étnica, racial y de otros tipos.

Este fascismo gris representa una forma moderna, difusa y disfrazada de una extrema derecha que no se presenta con símbolos o discursos abiertamente autoritarios sino que opera y se desarrolla al interior del sistema democrático, colonizando el sentido común, exaltando la identidad nacional y proponiendo soluciones excluyentes ante la inseguridad social. Sin embargo, no se reconoce como fascismo. No usa camisas negras ni saluda con el brazo en alto. Sino que se presenta como “defensor del pueblo”. Esta derecha radical actúa desde la legalidad, no busca derrocar el sistema vigente, sino más bien, debilitarlo desde adentro, vaciando su pluralismo. Es identitario y reivindica la “diferencia nacional”, para aniquilar al diferente ya sean migrantes, minorías u opositores, creando un “nosotros” contra “ellos”.

No se trata del renacimiento de viejas organizaciones y concepciones fascistas, sino de una nueva reformulación cultural y política que pretende establecer las prioridades políticas colectivas y orientar a la opinión pública hacia temas de inmigración, seguridad o rechazo de los poderes globales tradicionales. Este fascismo renovado tiene una fuerte ambigüedad ideológica, presentándose como apolítico, espontáneo o popular, pero escondiendo una clara base ideológica. Postula una idea de la sociedad de la cual no pretende ser una parte, sino el todo. No admite la pluralidad de los puntos de vista, busca consolidar un conformismo político y se pretende antisistema reproduciendo modelos autoritarios. Usa el lenguaje de los derechos y la libertad para imponer agendas autoritarias.

La contradicción distingue a este nuevo fascismo que postula el populismo en las redes sociales, así como una mezcla de comunitarismo y autoritarismo anclados a un fuerte individualismo. Observamos una transformación que manipula las identidades sociales para erosionar la democracia. Esta derecha radical pretende consolidar una nueva hegemonía al apropiarse de temas inicialmente progresistas como la migración, el género, la seguridad o la familia. Este proyecto, que actualmente se desarrolla en los Estados Unidos se alimenta también de la crisis del proyecto europeo y del agotamiento de la democracia representativa liberal. Los miedos, la inseguridad y las nuevas fronteras simbólicas han sido un terreno fértil para el discurso identitario y exclusivista de estas fuerzas ideológicas ultraconservadoras.

Al mismo tiempo, se observa un uso estratégico del lenguaje, dado que controlar los significados equivale a manipular a la opinión pública. Este proyecto se desarrolla por medio de la propaganda digital y la ocupación de la esfera virtual que funcionan como dispositivos que inciden tanto en las redes sociales como en los espacios físicos. Aunque esta tendencia explícitamente neofascista y autoritaria tiene un escaso apoyo electoral, su verdadera influencia se mide por su capacidad de moldear la narrativa dominante. Busca desarrollar, así, una nueva hegemonía cultural y política autoritaria, apropiándose del temor, la desconfianza, el resentimiento y el sentido común de las personas, para cancelar derechos e imponer un nacionalismo excluyente.

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