La caída de “El Mencho” y el espejo incómodo de México

Autor Congresistas
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Laura Ruíz

La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes no es solo la caída de un capo. Es un parteaguas que obliga a mirar, sin atajos, el estado real de la seguridad en México. Durante años, el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) fue el rostro invisible apenas tres fotografías antiguas, una organización que redefinió la violencia criminal: expansión territorial acelerada, diversificación de economías ilícitas, propaganda armada y desafíos abiertos al Estado.

Su presunta muerte en un operativo federal en Jalisco desató de inmediato bloqueos, vehículos incendiados y alertas diplomáticas. Autobuses ardiendo en carreteras de Tapalpa, incidentes en la zona metropolitana de Guadalajara y llamados de gobiernos extranjeros para que sus ciudadanos se resguarden. La escena fue doblemente elocuente: un Estado que golpea y una organización que responde con fuego.

El mito del “descabezamiento”

Desde hace más de una década, la estrategia predominante ha sido la captura o abatimiento de objetivos de alto valor. Así ocurrió con figuras del Cártel de Sinaloa como Joaquín Guzmán Loera e Ismael Zambada García. El argumento es sencillo: sin liderazgo, las organizaciones se debilitan.

La realidad ha sido más compleja. Las estructuras criminales no desaparecen; se fragmentan, se reacomodan o se vuelven más impredecibles. El CJNG creció precisamente en un contexto de reconfiguración del mapa criminal tras otras capturas emblemáticas. La pregunta es si esta vez será distinto.

La caída de un líder puede significar una oportunidad estratégica si viene acompañada de inteligencia financiera, control territorial sostenido y fortalecimiento de policías locales. De lo contrario, el vacío puede convertirse en una nueva disputa interna o en la expansión de otros grupos.

La dimensión internacional

No es menor que países como Estados Unidos, Alemania, Francia, España, Países Bajos, Rusia, India, Ucrania y Argentina hayan pedido a sus ciudadanos extremar precauciones. Las alertas consulares no solo protegen a turistas y residentes; también reflejan la rapidez con que la percepción de riesgo se activa en el exterior.

En un momento en que México busca consolidarse como destino estratégico para inversión y relocalización industrial, la imagen de carreteras bloqueadas y ciudades paralizadas pesa. La seguridad ya no es únicamente un asunto doméstico: es una variable de competitividad global.

El desafío político

Para el gobierno federal encabezado por Claudia Sheinbaum, el episodio representa una prueba de liderazgo. Confirmar los hechos, controlar la narrativa y, sobre todo, contener la violencia derivada será crucial. A nivel local, mandatarios como Clara Brugada en la capital, Salomón Jara en Oaxaca y Evelyn Salgado en Guerrero han activado mesas de seguridad ante el temor de efectos expansivos.

Pero más allá de las reuniones extraordinarias, el reto es estructural: ¿puede el Estado garantizar que la violencia no se reactive con mayor intensidad? ¿Puede evitar que la respuesta criminal se traduzca en miedo cotidiano para la población?

Más allá del símbolo

La figura de “El Mencho” concentraba poder y simbolismo. Su discreción mediática contrastaba con la espectacularidad de las acciones atribuidas a su organización. Su caída es, sin duda, un golpe relevante. Pero el verdadero indicador de éxito no será el titular de hoy, sino la estadística de mañana: menos homicidios, menos extorsión, menos control criminal sobre comunidades enteras.

México se encuentra, otra vez, ante una encrucijada. Celebrar un operativo exitoso es legítimo. Conformarse con él, no. Porque mientras un autobús incendiado pueda cerrar una carretera y paralizar una región, la victoria seguirá siendo parcial.

La historia reciente ha demostrado que los nombres cambian, pero las estructuras permanecen. El desafío no es solo abatir a un capo, sino desmontar el sistema que lo hizo posible.

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