La presidencia de hablar lento y la fragilidad del estado mexicano

Autor Congresistas
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Mesa de redacción

Lo vemos todos los días. La inquilina de Palacio Nacional sale temprano a dar conferencias que parecen una mezcla entre anuncios parroquiales y películas de Cantinflas. Excepto que Mario Moreno hablaba rápido y aquella habla lento, para imitar a su antecesor. Para los mexicanos que tenemos más años en la espalda, ya sabemos que México es un país de simulación. Los políticos simulan que dicen algo serio para el bien de todos y la gente simula que les cree. Así nos la hemos llevado por décadas.

Bien. El circo itinerante que es el gobierno mexicano, baja el telón cada 6 años para reemplazar a los payasos, aunque los actos son casi los mismos. Palabras necias y esperanzas vacías. Crédulos que aplauden porque no saben qué más hacer. Literalmente, esa es nuestra circunstancia. Nos da miedo cuestionar en serio. El circo antes tenía payasos y animales, pero ahora que los animales de circo están prohibidos, solo quedan los primeros.

El maquillaje tradicional del arlequín solía tener, según recuerdo, una lágrima en el rostro como parte del conjunto artístico. Curiosidad o crueldad del destino que la lágrima le corresponda más al público que al intérprete, porque este circo ya no da para reír, sino para seguir llorando. El payaso viejo, como el caballo de la canción al que le dan sabana, por estar viejo y cansado, sigue mandando desde lejos. Y la figura que lo obedece, imita sus palabras, cadencia de discurso, humor irónico y burlón y hasta lenguaje corporal. Todo sea por el bien del movimiento, actuar como el viejo tlatoani.

La sátira involuntaria que es nuestra clase política nos hace dividirnos entre los que buscan justicia social sin trabajar y los que trabajan sin tener justicia de ninguna clase. En este circo, todos somos víctimas del capricho y el músculo político por el poder mismo. Los que trabajan pagando impuestos, los que no trabajan recibiendo lo que generaron los que trabajan y el gobierno atento a resolver el único problema que le importa: no perder votos.

El acto principal del circo es su permanencia. No hay actos de magia, sino solo una palabra mágica: soberanía. Esa vetusta excusa que sirve de respuesta a todo. La soberanía es la respuesta a toda pregunta incómoda, es un: “no estén jodiendo” disfrazado de corrección política.

¿A cuántas generaciones ha condenado este circo? En seguridad pública, es penoso que los gringos nos tengan que decir que hacer para ponernos a trabajar. Ya están hartos de que no arreglemos nada y les exportemos frutas, verduras, problemas y más problemas. La mayoría de los mexicanos vive como ganado resignado al matadero, esperando que el atraco criminal le toque al otro. Pero arrieros somos y en el camino andamos, así que del conformismo vendrá la tragedia. Se acaba la función de circo para dar paso a la tragicomedia.

En este circo no hay reembolso si las cosas no salen como se esperaba. Hay una economía degradada, un estado superado por la delincuencia, dinero que alcanza para menos cosas, trabajos precarios, corrupción desbordada, dispendio de dinero en caprichos ecocidas, pero, eso sí, todo muy soberano. ¡Y que se callen las chachalacas a las que no les guste esta voluntad sagrada del pueblo!

Por cierto…

Ni los noticiarios ayudan. Se podría uno informar en 10 minutos si solo nos dieran noticias, pero, por aquello del rating, vemos mesas de debate con invitados de ideologías opuestas donde, en vez de presenciar intercambios de ideas, vemos insultos y morbosos pleitos y agarrones más dignos de pleitos de vecindad que de legisladores.

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