Porqué importa la democracia liberal

Autor Congresistas
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Héctor Barragán Valencia

Hay un evidente desencanto con la democracia liberal. Ha fallado. No ha resuelto los problemas fundamentales de las personas comunes. La democracia liberal ha estado vigente, al menos en las formas, durante el llamado periodo económico neoliberal, que ha concentrado el poder y la riqueza en muy pocas manos y ha generado la mayor desigualdad conocida en nuestros tiempos. Las elites que han ostentado el poder en los últimos 40 años se han valido de las instituciones y las reglas del juego democrático para acrecentar sus privilegios: un grupo minoritario capturó al Estado para su beneficio y se ha servido con la cuchara grande. En este periodo se han limitado o eliminado muchos de los bienes públicos, como la salud, la educación, la seguridad social, etc.

He ahí la causa del descontento popular. He ahí la causa de la desafección con la democracia liberal. La gente común no sabe qué significa esa entelequia ni para qué sirve. Ergo, hablar de democracia carece de sentido. Lo que la gente sabe es que esforzarse y trabajar hasta la exhaustividad no sirve para obtener un salario suficiente para comer, no digamos para vivir decorosamente. La gente sabe que no tiene acceso a agua potable, a transporte digno, y que la vivienda propia es una fantasía. La gente sabe que la educación de calidad no está al alcance de ella ni de sus hijos. La gente sabe que acceder a los servicios de salud es una pesadilla por su saturación, falta de medicamentos y materiales de curación. La gente sabe que jubilarse es ir a la miseria…

Hay un gran enojo y malestar popular. Este enojo y malestar es alimentado por la inseguridad: hoy tienes trabajo, mañana quién sabe; hoy comes, mañana tal vez no… La revolución tecnológica en curso viene a precarizar más el trabajo y a incrementar la inseguridad. Hay miedo por perder lo poco que se tiene y caer en la desgracia. El miedo es una reacción instintiva de un animal acorralado, y deriva en agresión, en gran enojo y malestar: se activa su instinto de supervivencia para salvarse de la amenaza. Y la amenaza es el sistema de privilegios. Estamos ante los potentes motores del populismo. Es un fenómeno universal del cual se sirven personajes de todo el espectro ideológico y político, que ofrecen seguridad al volver a un pasado idílico. Por ello son tan potentes las ideas de Dios, Patria y Familia; ser grande otra vez; mandar al diablo a las instituciones… Es lo que las elites no entienden.

El resultado de la incomprensión del porqué el apego de la gente común con los líderes carismáticos provoca que las elites políticas e intelectuales arremetan contra los liderazgos populistas como si fueran la causa del gran malestar de nuestros tiempos. Se niegan a reconocer que los líderes populistas saben interpretar y aprovechar para su causa el temor y enojo de la mayoría de las personas. Dios, Patria y Familia significan el regreso a los valores tradicionales, a la comunidad (minada por un individualismo rampante), a la solidaridad, a una igualdad que permite restaurar los bienes comunes básicos para disfrute de todos. Es un regreso a la seguridad, aunque sea fantasía. Una luz de esperanza para los temerosos, acorralados y enojados…así quede en promesa.

No obstante, la democracia liberal es necesaria. Sí importa. Claro, la democracia requiere de una profunda reforma para que proporcione respuesta a las necesidades fundamentales de las personas, como hacer efectivo un salario suficiente para vivir con dignidad; un sistema de salud que garantice a todos servicios sanitarios oportunos y de calidad; un sistema de pensiones y jubilación universal; acceso a vivienda y a servicios urbanos dignos; una educación de calidad técnica y humanista, donde la técnica sirva al hombre y al bien común, y el humanismo enseñe la importancia de la libertad, pero también de la igualdad y la solidaridad, así como tolerar la diversidad y pluralidad de credos y razas; que valore y respete al individuo sin relegar a la comunidad, como animales gregarios que somos y nos necesitamos.

Todos estos beneficios del progreso sólo son accesibles y posibles bajo un sistema democrático liberal. Los líderes carismáticos se valen de la democracia para llegar al poder. Pero una vez empoderados, la democracia les estorba. Entonces, se afanan en concentrar todo el poder, político y económico. Cuando el poder se concentra en unos pocos, los demás padecen exclusión. Solamente los cercanos a los poderosos reciben beneficios. Se restablece el sistema de privilegios, así sean otros los privilegiados. Usualmente los perdedores son los de siempre: los que menos tienen, los que carecen de recursos para defenderse de la arbitrariedad de los poderosos. Es aquí cuando se echa de menos la ausencia de una democracia liberal.

El propósito de la democracia liberal es establecer un sistema que contrapese, equilibre al poder y le exija rendición de cuentas. Por eso divide al poder en Ejecutivo, Legislativo y Judicial, para que los tres poderes autónomos se vigilen mutuamente, se equilibren e impidan los abusos. Otro componente de la democracia liberal es el establecimiento de un sistema de leyes que obliga a los representantes, que ocupan temporalmente el poder, a cumplir con la ley. La ley importa porque es el medio para evitar que el poderoso abuse del débil, del menos fuerte. En otras palabras, la democracia liberal, basada en contrapesos a los poderes y en leyes se ideó para proteger a la gente común. Es el medio para garantizar su libertad, sus bienes (patrimonio) y la vida misma.

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La democracia liberal se concibió para la supervivencia del más débil. En la antigüedad, el noble, el patriarca o el hacendado tenían derecho a los bienes, el trabajo y los servicios de sus sirvientes o plebeyos, así como de sus hijos. Y lo peor, eran dueños de sus vidas. Este régimen murió con la invención de la democracia liberal. Cierto, el camino fue tortuoso, con avances y retrocesos. En este largo peregrinar, surgieron los organismos autónomos como herramienta para impedir que los políticos y gobiernos se hicieran del control y se adueñaran de procesos políticos y económicos, para así garantizar las libertades personales y políticas. Por ello, su protección nos atañe y convoca a todos. Su destrucción favorece a los fuertes, a los ricos, a los dotados.

Hay que decir sí a la reforma y transformación de las leyes e instituciones democráticas, pero por conveniencia de los débiles cabe oponernos a su debilitamiento o, peor aún, a su destrucción, como pretenden los populismos, cualquiera que sea su signo. Ahora que una parte importante de las elites se siente en peligro, que es amenazada, debe entender que la democracia no sobrevivirá si no comprende que para vencer al populismo es necesario acotar, y en casos, eliminar los privilegios. Salvar la democracia implica limitar las prebendas y rentas de las que han gozado. Así que, en vez de luchar contra los molinos de viento, es decir los líderes populistas, deben proponer la reforma a la democracia para ganar los sentimientos y las simpatías de las personas.

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