“Aquí ya no vivimos igual… aprendimos a vivir con miedo,
a cuidarnos entre nosotros, porque no sabemos en quién confiar.”
— Testimonio de un ciudadano de Culiacán
Una sacudida que va más allá de la política
La solicitud de un tribunal federal en Manhattan, Nueva York, para extraditar desde Estados Unidos al gobernador Rubén Rocha (con licencia), al alcalde de Culiacán, Juan de Dios Gámez Mendívil (con licencia), al senador Enrique Inzunza Cázarez y a otros funcionarios, no solo desató una tormenta política en Sinaloa: volvió a exhibir una realidad que la ciudadanía lleva años viviendo entre miedo e incertidumbre.
La noticia cayó como una bomba. Desde el ámbito federal, la presidenta Claudia Sheinbaum y la Fiscalía General de la República reaccionaron con cautela, señalando la falta de información suficiente para proceder legalmente.
Pero para la ciudadanía, esta prudencia institucional contrasta con una realidad que lleva años sintiéndose en las calles.
Porque para el ciudadano de a pie, esto no es sorpresa.
Es confirmación.
Confirmación de una sospecha que se volvió rutina: la convivencia —forzada o tolerada— entre el crimen organizado y las autoridades.
La vida cotidiana bajo amenaza
En Sinaloa, la vida ha cambiado. No es una percepción abstracta, es una transformación concreta de la rutina diaria.
“Ya no salimos de noche. Antes cenábamos en familia, ahora mejor nos quedamos en casa. No sabes si regresas”, comparte una madre de familia.
“A mi negocio ya me ‘visitaron’. No te dicen mucho, pero entiendes todo. O pagas o te atienes”, relata un pequeño comerciante.
“Aquí una bala perdida no es noticia, es posibilidad”, dice un joven estudiante.
El miedo se ha vuelto una forma de organización de la vida: horarios restringidos, silencios obligados, desconfianza permanente.
La violencia en cifras… y en vidas
De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía y registros de seguridad pública, la violencia en Sinaloa no solo persiste, sino que ha tenido repuntes preocupantes:
En 2024, el estado cerró con cerca de mil homicidios dolosos.
En 2025, la cifra superó los mil asesinatos antes de finalizar el año, evidenciando una tendencia al alza.
La tasa se ha ubicado en niveles cercanos o superiores a 40 homicidios por cada 100 mil habitantes, entre las más altas del país.
Pero las cifras no alcanzan a explicar el dolor.
Dos hechos recientes lo muestran con crudeza:
En marzo de 2024, en Culiacán, al menos 66 personas —incluidos menores— fueron privadas de la libertad en un solo día, reflejando el grado de control del crimen en la vida pública.
En distintos episodios de violencia armada, niñas y niños han perdido la vida como víctimas colaterales, alcanzados por balas en ataques o enfrentamientos.
“Cuando la violencia alcanza a los niños, ya no hay forma de entender lo que está pasando… ahí se rompe todo”, comparte un padre de familia.
La violencia en Sinaloa ya no distingue edades ni espacios. Ha cruzado todos los límites.
Una herida que viene de lejos
La gravedad de la situación no radica únicamente en las acusaciones recientes, sino en lo que revelan: un proceso prolongado de debilitamiento institucional.
Para muchos sinaloenses, el hecho de que investigaciones impulsadas desde el extranjero apunten a autoridades mexicanas genera una sensación incómoda: que tuvo que venir desde fuera lo que durante años no se resolvió dentro.
La pregunta es inevitable:
¿Cuánto tiempo se toleró esta realidad?
La sociedad sinaloense no solo está herida por la violencia, sino por la percepción de abandono.
Negar la crisis sería el mayor error
Hoy, Sinaloa enfrenta un momento decisivo.
Lo peor que podría ocurrir es maquillar la crisis, minimizarla o reducirla a una disputa política. Porque el problema de fondo es más profundo: es una crisis de gobernabilidad.
Reconocer la magnitud del daño es el primer paso.
El siguiente es reconstruir.
Reconstruir desde la ciudadanía
La salida no puede ser únicamente institucional.
Sinaloa necesita incorporar a todos los sectores: ciudadanos organizados, jóvenes, empresarios, academia y organizaciones sociales.
Se requiere construir un plan compartido que recupere la confianza, la seguridad y la dignidad de la vida pública.
La ciudadanía no puede seguir siendo espectadora de su propia tragedia.
Tiene que ser protagonista de la reconstrucción.
Sin colores, con Sinaloa
Hoy, Sinaloa no necesita partidos.
Necesita coraje.
Seguir atrapados en colores políticos es prolongar la crisis mientras la gente vive con miedo.
La reconstrucción no vendrá de una sigla, sino de una sociedad que decide ponerse de pie.
Es momento de dejar fuera las banderas y poner en el centro a la gente: ciudadanos, jóvenes, empresarios, comunidades.
Porque la verdadera disputa no es entre partidos.
Es entre seguir normalizando el miedo… o atrevernos a reconstruir Sinaloa.
