Entre la viralidad y la pertenencia: lo que revela el caso “therian” en CU

Autor Congresistas
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Laura Ruiz

El revuelo que se vivió el pasado 20 de febrero en “Las Islas” de la Universidad Nacional Autónoma de México no fue, en realidad, sobre una reunión multitudinaria de therians. Fue sobre algo más profundo: la potencia de las redes sociales para detonar conversaciones, expectativas colectivas y, al mismo tiempo, exhibir nuestras reacciones frente a identidades juveniles que no siempre entendemos.

Bastó la circulación de un flyer —presuntamente falso y generado con inteligencia artificial— para que decenas de estudiantes acudieran por curiosidad a Ciudad Universitaria. No hubo tal “convivencia masiva”, pero sí hubo miradas, burlas en línea, debates y, sobre todo, un reflejo claro de cómo opera hoy la cultura digital: lo viral antecede a lo real.

El fenómeno therian, más allá de los prejuicios, forma parte de un mosaico amplio de expresiones identitarias juveniles. Se trata de personas que dicen experimentar una conexión interna con un animal, algo que describen en un plano espiritual o psicológico, No significa que crean físicamente ser ese animal, sino que sienten que su identidad interna, su forma de experimentar el mundo o su personalidad está conectada de manera profunda con una especie animal específica. Aunque suele confundirse con el fandom furry, que son una comunidad global enfocada en el interés por personajes animales antropomórficos (con rasgos humanos como caminar erguidos, hablar o vestir) presentes en el arte, cómics, videojuegos y animaciones. Los fans expresan su creatividad creando personajes propios llamados “fursonas” y, a veces, utilizan disfraces conocidos como “fursuits“,  no son lo mismo. En muchos casos, la expresión externa —máscaras, colas, movimientos— es secundaria frente a una vivencia íntima de identidad.

¿Por qué esto genera tanta reacción? Tal vez porque confronta ideas tradicionales sobre identidad y normalidad. O porque, en un entorno universitario como la UNAM —históricamente espacio de pluralidad, debate y libertad— estos fenómenos se vuelven visibles y, por lo tanto, discutibles.

Especialistas coinciden en que este tipo de expresiones no constituyen, por sí mismas, un trastorno mental. Más bien pueden entenderse como parte de procesos de búsqueda de pertenencia, algo especialmente relevante en adolescentes y jóvenes. En un mundo hiperconectado, comunidades que antes eran marginales o invisibles ahora encuentran eco inmediato en plataformas como TikTok.

El caso de CU deja varias lecciones. La primera: la inteligencia artificial y la desinformación pueden generar movilizaciones reales a partir de contenidos falsos. La segunda: la reacción social frente a lo distinto sigue oscilando entre la curiosidad, la burla y la incomprensión. Y la tercera, quizá la más importante: las universidades no solo son centros de conocimiento, sino termómetros culturales.

Más que ridiculizar o sobredimensionar el episodio, convendría preguntarnos qué revela sobre nuestra época. ¿Estamos preparados para convivir con identidades diversas sin convertirlas en espectáculo? ¿Sabemos distinguir entre una moda digital, una expresión legítima de identidad y un simple engaño viral?

Lo ocurrido en Ciudad Universitaria no fue la consolidación de una comunidad therian. Fue, en cambio, una muestra de cómo las narrativas digitales moldean la realidad y de cómo, frente a lo nuevo, aún nos debatimos entre el juicio rápido y la reflexión pausada.

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