El crecimiento que no hace ruido

Autor Congresistas
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Elio Villaseñor

“Lo esencial es invisible a los ojos.”

— Antoine de Saint-Exupéry

En un mundo que premia la inmediatez y el aplauso, pareciera que solo vale aquello que se muestra.

Los logros deben exhibirse, los resultados deben ser rápidos, las metas deben alcanzarse cuanto antes.

El silencio, en cambio, suele confundirse con ausencia o estancamiento.

Sin embargo, la vida nos enseña otra cosa.

Una antigua frase atribuida a Confucio dice: “El árbol más fuerte crece en silencio”.

Y basta observar la naturaleza para comprender su verdad.

Cuando un árbol es plantado, casi nadie repara en él.

Es pequeño, vulnerable, parece insignificante frente a todo lo que lo rodea.

Pero mientras el mundo sigue su curso, bajo la superficie ocurre lo esencial: sus raíces se abren paso en la tierra, buscan profundidad, encuentran sustento.

Ese proceso no hace ruido, no pide reconocimiento, no se apresura. Simplemente sucede.

Y un día, sin que hayamos notado cada paso, el árbol está ahí: firme, generoso, ofreciendo sombra y refugio. Su fortaleza no nació de la prisa, sino de la paciencia.

También nosotros crecemos así.

Crecemos cuando enfrentamos una pérdida y aprendemos a seguir.

Cuando atravesamos dudas y, aun con miedo, elegimos avanzar.

Cuando reconocemos nuestros errores y decidimos transformarlos en aprendizaje.

Son momentos que no siempre compartimos, pero que nos moldean profundamente.

La sociedad nos invita a compararnos, a medir nuestro avance con la vara de otros.

Pero los árboles no compiten entre sí. Cada uno encuentra su propio ritmo, su propio tiempo, su propia manera de extender sus ramas hacia la luz.

Entender esto puede ser liberador: no estamos atrasados, estamos en proceso.

A veces crecer no es acelerar, sino permanecer. No es brillar de inmediato, sino sostenerse. No es cambiarlo todo, sino profundizar en lo que ya somos.

Llega un momento en que el árbol ya no necesita demostrar su fuerza.

Su presencia habla por sí misma. De igual forma, cuando dejamos de buscar validación constante y comenzamos a vivir con coherencia y autenticidad, algo se ordena dentro de nosotros.

Aparece una serenidad que no depende del aplauso externo.

Al final, crecer no es llegar a un destino final.

Es aprender a echar raíces en la propia vida, a aceptar nuestras luces y sombras, a confiar en que incluso en los períodos más silenciosos algo importante está germinando.

Quizá hoy no veas resultados inmediatos. Quizá sientas que avanzas poco.

Pero si estás aprendiendo, resistiendo, intentando ser mejor que ayer, entonces estás creciendo.

Y tal vez la pregunta más valiosa sea esta:

¿Qué parte de tu vida está echando raíces en silencio… y cómo puedes acompañarla con paciencia y esperanza?

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