Madres buscadoras: ni silencio ni simulación, solo justicia y dignidad

Autor Congresistas
100 Vistas

Elio Villaseñor

La mirada del otro es lo que nos hace humanos

— Emmanuel Lévinas

Vivimos en una época en la que, con demasiada frecuencia, reducimos a quienes nos rodean a meros objetos, simples herramientas que facilitan o dificultan nuestra convivencia.

Las relaciones humanas han perdido profundidad y, en muchos casos, se han convertido en intercambios utilitarios: lo que me sirve, lo conservo; lo que me incomoda, lo descarto.

Esta visión superficial no solo empobrece nuestra interacción con los demás, sino que también nos priva de la posibilidad de construir vínculos auténticos y significativos.

Al limitar nuestra percepción del otro a su apariencia, sus gestos o su funcionalidad en nuestra vida, nos condenamos a una existencia vacía, desprovista de la riqueza que surge del verdadero encuentro humano.

Nuestra humanidad no se forja en el aislamiento ni en la instrumentalización del otro, sino en la capacidad de ver y ser vistos, de escuchar y ser escuchados, de comprender y ser comprendidos.

Solo cuando nos abrimos a descubrir la complejidad y la esencia del otro, trascendemos la superficialidad y damos paso a relaciones genuinas.

Sin embargo, esta superficialidad se vuelve especialmente cruel cuando la practican las instituciones del Estado frente al sufrimiento de las personas.

Gobiernos y fiscalías —estatales y federales— han respondido al dolor de miles de familias con una mezcla de simulación y frialdad, negando el rostro humano de quienes buscan a sus seres queridos desaparecidos.

Las madres buscadoras, en lugar de ser vistas como sujetas de derechos y dignidad, son tratadas como molestias o piezas útiles dentro del espectáculo político.

Se recurre al montaje, al discurso vacío y a la propaganda, mientras se evita enfrentar el reclamo legítimo de justicia.

No basta con aparecer en la escena del dolor si no se entra en ella con verdad y con el compromiso de acompañar desde lo humano.

Convertir el sufrimiento en objeto de exhibición pública, sin una respuesta real, solo profundiza la herida y evidencia una relación fallida que niega al otro su condición de sujeto.

Así lo denuncian también las familias de personas desaparecidas en México, como en el caso del rancho Izaguirre, en Teuchitlán, Jalisco. Su mensaje es claro y contundente:

“En lugar de buscar e investigar, las autoridades mexicanas —específicamente la Fiscalía General de la República y la Fiscalía del Estado de Jalisco— han optado por simular acciones y evadir su responsabilidad.

¡Basta de simulación!”

Este clamor revela el rostro más doloroso de una institucionalidad que no está dispuesta a mirar de frente el sufrimiento.

Toda relación, especialmente en lo público, debería ser un espacio de encuentro y crecimiento mutuo. No se trata solo de coexistir, sino de compartir; de permitirnos explorar la grandeza y la vulnerabilidad del otro, de emocionarnos con su historia y dejar que su mundo dialogue con el nuestro.

En este intercambio auténtico, el otro deja de ser un reflejo fugaz en nuestra cotidianidad y se convierte en un compañero en la construcción de sentido y trascendencia.

Más que espectadores pasivos de la vida ajena, debemos ser exploradores del alma del otro.

No basta con mirar o escuchar; es necesario entrar en su mundo con una intención genuina: compartir lo mejor de nosotros mismos.

Solo así podremos construir relaciones auténticas, donde el otro no sea un simple medio para satisfacer nuestras necesidades, sino un sujeto con quien compartir emociones, aprendizajes y experiencias.

Alcanzaremos una mayor plenitud cuando dejemos de ver a los demás como objetos de uso o desecho y comencemos a reconocerlos como sujetos esenciales en nuestra existencia.

Y más aún, cuando seamos capaces de abrazar el dolor del otro como si fuera propio.

Porque cada vez que una madre es ignorada en su búsqueda, cada vez que una víctima es usada como herramienta de propaganda, cada vez que se pisotea la dignidad humana de una sola persona, es como si fuéramos atacados todos.

Recuperar la esencia de lo humano implica recuperar también la solidaridad y la empatía profunda con quienes sufren.

Solo así, mirando de frente el dolor del otro y asumiéndolo como parte de nuestra historia colectiva, podremos reconstruir una sociedad más justa, más sensible y verdaderamente humana.

Artículos Relacionados