Elio Villaseñor
“El fútbol es la única religión que no tiene ateos.”
— Inspirado en Eduardo Galeano
En los próximos días viviremos uno de los acontecimientos más importantes para millones de personas en el mundo: la celebración de la Copa Mundial de Futbol 2026.
Del 11 de junio al 19 de julio participarán 48 selecciones nacionales y, por primera vez, tres países serán anfitriones de esta gran fiesta deportiva: México, Canadá y Estados Unidos.
En tiempos marcados por la polarización, las guerras, la violencia y la incertidumbre, este Mundial aparece como uno de esos pocos momentos donde millones de personas vuelven a compartir una emoción común: sentirse parte de una comunidad y de una misma nación.
Quizá ahí radique parte de la grandeza del fútbol. Mientras la política muchas veces confronta, divide o enfrenta a las personas entre buenos y malos, el fútbol logra algo profundamente humano: reunirnos alrededor de una misma esperanza.
Durante esos días veremos cómo millones de ciudadanos vuelven a encontrarse en las emociones sencillas de la convivencia.
El fútbol nos recuerda que, más allá de nuestras diferencias ideológicas, sociales o económicas, seguimos necesitando compartir alegrías, sueños y afectos comunes.
Como escribió el escritor español Javier Marías:
“El fútbol es la recuperación semanal de la infancia.”
Y quizá por eso, en cada Mundial reaparecen también nuestros anhelos colectivos, nuestras frustraciones y esa necesidad de volver a creer que todavía podemos avanzar juntos como sociedad.
La fiesta del Mundial nos reunirá en nuestras casas, en un bar, en una plaza pública o incluso en el trabajo, donde seguramente aparecerá una televisión para seguir el partido de nuestra selección.
Ahí estarán las familias, los amigos, los vecinos y hasta desconocidos compartiendo nervios, alegría, silencios, gritos y abrazos.
Por algunos momentos dejaremos afuera los discursos que nos dividen entre amigos y enemigos.
Nos unirá una misma emoción: en nuestro caso, apoyar a México y volver a soñar con llegar al tan esperado quinto partido.
El fútbol tiene algo profundamente auténtico: frente a la cancha desaparecen las medias verdades, los discursos prefabricados o los acarreados.
Ahí los resultados hablan por sí mismos y las emociones surgen de manera genuina.
Eduardo Galeano decía en El fútbol a sol y sombra:
“Yo juego para que el fútbol no se olvide de que es un juego.”
Y justamente ahí radica otra de sus enseñanzas: el fútbol permite que, por unos momentos, millones de personas recuperen la alegría sencilla de sentirse parte de algo común.
Quizá esa sea una de las mayores lecciones de este Mundial: mientras muchos gobiernos no logran construir acuerdos para enfrentar los grandes problemas del mundo, millones de ciudadanos sí son capaces de abrazarse, emocionarse y compartir esperanzas alrededor de un juego.
Este evento nos recuerda que las personas seguimos buscando espacios de convivencia donde podamos reconocernos en nuestras emociones, en nuestras raíces y en nuestras causas comunes.
Ojalá que esta Copa Mundial haga surgir también una ciudadanía más cercana, más solidaria y más consciente de que, en nuestra vida cotidiana, todos luchamos por sueños semejantes: vivir con dignidad, esperanza y alegría.
En medio de un mundo fragmentado, el fútbol vuelve a recordarnos algo esencial: las sociedades también se construyen desde los afectos, la convivencia y la capacidad de celebrar juntos.
Y al final, entre abrazos, gritos y esperanzas compartidas, volveremos a escuchar una voz que nos une a todos:
¡México, México… ra, ra, ra!
