Dario Mendoza A
Las proyecciones no dejan espacio a la duda: Colombia se encamina hacia una segunda vuelta electoral. Ninguna de las fuerzas políticas en contienda cuenta con el porcentaje necesario para superar el umbral del 50% más uno de los votos en la jornada del próximo domingo 31 de mayo. La carrera presidencial ha sufrido un vuelco dramático en la última semana, transformando el tablero electoral en un escenario de alta competencia que, además, deja importantes lecciones para la comunicación política moderna.
El dato más disruptivo de los últimos trackings electorales es el ascenso del candidato Abelardo de la Espriella, quien ha desplazado al tercer lugar a Paloma Valencia, candidata del uribismo. Incluso mediciones como la de Invamer —que tradicionalmente ubicaba a la candidata uribista en la segunda posición— ya colocan a De la Espriella en ese sitio. El crecimiento de este candidato dejará fuera del balotaje a Valencia.
Las cifras reflejan dinámicas opuestas. Mientras Paloma Valencia ha entrado en un evidente estado de estancamiento o declive, cediendo terreno en bastiones históricos de su partido como Antioquia y el Eje Cafetero (donde ha caído a un rango de entre el 21.7% y el 25%), De la Espriella registra un repunte significativo. Impulsado por un respaldo que supera el 44% en la región Caribe, el abogado se ha catapultado hasta un 27.5% en las mediciones de firmas como Guarumo y AtlasIntel.
Cae el centro político
Este reajuste de fuerzas ha terminado por radicalizar el debate. La elección se encamina a ser un plebiscito absoluto a la gestión de Gustavo Petro. El petrismo es encarnado en la candidatura de Iván Cepeda (Pacto Histórico), quien lidera la primera vuelta con un sólido porcentaje que orbita entre el 37% y el 42%.
En este ecosistema de polarización, las posiciones de centro han sido completamente borradas del mapa. Figuras asociadas a la moderación, como Sergio Fajardo o Claudia López, han quedado confinadas a índices muy marginales. El electorado colombiano envía un mensaje nítido: en un escenario de confrontación de modelos de país, no hay espacio para la neutralidad ni para las medias tintas. La ciudadanía demanda definiciones absolutas.
La lección colombiana: las emociones viajan más rápido que la razón.
La coyuntura colombiana deja una lección fundamental sobre qué mueve a los votantes en la actualidad, un fenómeno extrapolable a otras naciones. Es un elemento que conecta directamente con la neurociencia aplicada a la política: las campañas que movilizan emociones intensas se vuelven virales; la tibieza, no.
El votante actual se moviliza alimentado por el combustible de emociones profundas, como el deseo de castigar a una fuerza política más que el de apoyar el programa de otra. En ese diseño, el centro se diluye. El éxito de los discursos más duros en esta contienda radica en su capacidad para activar los circuitos cerebrales más primitivos —el sistema límbico— a través de dos narrativas potentes:
- El castigo y la indignación: Utilizados para canalizar el descontento contra la gestión actual.
- El miedo y el entusiasmo: Operando como los motores definitivos para la movilización masiva en las urnas.
Las propuestas estrictamente racionales y los planes de gobierno técnicos carecen del combustible emocional necesario para impactar a las masas. En el entorno digital, los mensajes que generan indignación o infunden temor hacia el futuro viajan y se comparten a una velocidad infinitamente mayor. La gran lección es que la moderación ya no es percibida como prudencia, sino como falta de carácter. Colombia se prepara para decidir su futuro en el balotaje, pero la batalla por las emociones ya tiene un ganador indiscutible: el fin del centro político.
