La realidad siempre se impone a las ideas populistas

Autor Congresistas
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Darío Mendoza A.

Así como en 1989 el mundo fue testigo del desplome del socialismo real con la caída del muro de Berlín, hoy presenciamos el colapso del socialismo populista del siglo XXI en América Latina. No importó el discurso político con el que se intentó maquillar la gestión pública, repartiendo recursos económicos bajo el disfraz de “derechos” y “justicia social”. De nada sirvió que los gobiernos alineados bajo el paraguas ideológico del Foro de São Paulo reclamaran para sí la exclusividad de hablar a nombre del pueblo. Los números y la crudeza de la calle están a la vista: los gobiernos populistas de izquierda han tropezado porque la realidad, terca e implacable, termina por imponerse por encima de cualquier formulación teórica.

Durante décadas, las aulas universitarias, las altas esferas de la academia y los grandes medios de comunicación se inundaron de teorías formuladas desde las supuestas buenas intenciones del discurso: “primero los pobres”. El estribillo resonó de manera coral en toda la región, desde el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula en Brasil y el sandinismo de Ortega en Nicaragua, hasta el peronismo kirchnerista en Argentina. 

Sin embargo, la historia del fracaso económico del siglo XX en la cortina de hierro, se repitió de manera casi simétrica en el XXI: la economía colapsó bajo el peso del déficit fiscal, la hiperinflación y el clientelismo. Gastar sin generar riqueza.

América Latina se sacude hoy ante un profundo realineamiento político, evidenciado en historias electorales recientes y en sorpresivos apoyos populares que germinan con fuerza justo en los barrios de los trabajadores. Los componentes de este avance antisistémico y libertario son claros:

  • El colapso de la economía real: Un deterioro profundo en el bolsillo de la gente común, traducido en la insostenible subida de precios en los alimentos básicos y el transporte.
  • La figura del outsider: Liderazgos ajenos a las estructuras de los partidos políticos tradicionales que conectan con el cansancio ciudadano.
  • La convergencia opositora: La capacidad de los partidos de oposición para articular frentes comunes y evitar la dispersión del voto frente al oficialismo.
  • Un discurso frontal y esperanzador: Mensajes confrontadores y firmes contra los privilegios de la casta política, pero acompañados de una narrativa de reconstrucción y futuro.

La desconexión de las élites y el control institucional

La realidad ha terminado por sorprender a los intelectuales, a las encuestas de propaganda y a los medios tradicionales, los cuales suelen evitar con cautela el término “ultraizquierda”, pero etiquetan sistemáticamente de “ultraderecha” a cualquier movimiento que ose desafiar a la hegemonía progresista. Se trata de categorías fabricadas para el debate sociológico de los expertos, pero que a la gente común, aquella que lucha cotidianamente por sobrevivir en el barrio, le resultan completamente ajenas.

Para contrarrestar este descontento, estos regímenes han recurrido históricamente al control férreo de los medios de comunicación, a la captura de los organismos árbitros de las elecciones y a la censura en las redes sociales. El modelo más extremo de esta conducta se observa en Nicaragua, donde toda voz disidente ha sido criminalizada y confinada a prisión, o donde se opta directamente por cancelar los procesos electorales bajo el pretexto de combatir conspiraciones de corte neofascista, utilizando el miedo como herramienta de dominación política.

A los políticos no se les debe evaluar por lo que prometen en las plazas ni por la belleza formal de sus discursos, sino por la contundencia de sus resultados económicos y sociales. Las urnas en el Cono Sur y la región andina han dictado sentencias inapelables en los últimos procesos electorales: la realidad se impone.

La región demuestra que los cheques en blanco ideológicos han caducado. La ciudadanía ya no juzga relatos, sino realidades tangibles en su mesa y en su seguridad diaria.

No es una conspiración de derecha, es el costo de ignorar una realidad básica: no se puede repartir el pastel de los derechos infinitos si acabas con la responsabilidad de crear pastelerías.

@dariomendoza

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