Así dañó Noroña al parlamentarismo mexicano

Autor Congresistas
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Redacción

El poder legislativo tiene una característica fundamental, base esencial de su funcionamiento: el debate. El debate es la herramienta de trabajo del legislativo y la idea de que en ese foro, ya en el senado, ya con los diputados, el debate sea absolutamente libre, responde a la necesidad de que los representantes de los mexicanos hablen con claridad sobre nuestros problemas y las posibilidades para resolverlos, sobre lo que funciona y no funciona, pero civilizadamente, para poder llegar a conclusiones que resuelvan nuestros problemas y no solo a episodios escandalosos que sirvan de entretenimiento alternativo al nivel de la nota roja o del libro vaquero.

Si a usted, amable lector, le interesa conocer o evaluar un debate civilizado y basado en política pública, puede buscar en internet el debate entre Richard Nixon y John F. Kennedy. También puede ver debatir a Al Gore apreciando como las ideas pueden expresarse sin insultos ni provocaciones del más bajo nivel.

Noroña perjudicó al parlamentarismo mexicano por su estrategia inflamatoria. Ha engañado a muchos bobos presentándose como una imitación barata de Fidel Castro (lo que ya es mucho decir). Eso sí: barbudo y desafiante de todo. Contrario al capitalismo, a los EEUU y por supuesto, a la más básica decencia humana pues ¡ha sido sancionado por violencia política de género!, ha insultado cobardemente a opositores y, cuando tuvo la oportunidad de confrontarse físicamente con alguien, como nos hizo creer por años que era su vocación y deseo de guerrero socialista, se acobardó y huyó de Alito Moreno. Sí. Escapó de una pelea, de esas que tanto le había gustado arengar insultando y haciéndose el maloso. Pero la imagen no le duró mucho. 

La inconsistencia de su discurso de intelectual culto que no necesita lujos cayó por su propio peso. Viajando en los vuelos más caros, con una casa millonaria en Tepoztlán y, sobre todo, después de que forzó a una persona a pedirle disculpas públicas en el senado, por confrontarlo en un aeropuerto, nos dejó claro que usaría el poder del legislativo para su beneficio personal. Vengativo, resentido. Quién sabe qué amenazas habrán existido para forzar un acto tan humillante.

Noroña quiere volver a la presidencia del senado, pero, en buen español mexicano: ya está muy quemado. Escándalo tras escándalo, provocación tras provocación y vulgaridad tras soberbia, Noroña construyó la peor reputación como consecuencia de las peores actitudes. Por su influencia, el debate en el senado mexicano es hoy, más que nunca, un remolino de acusaciones e insultos. Nuestra agenda parlamentaria, con temas ambientales, económicos y comerciales, regulatorios, de mejora legislativa, seguridad pública, evaluación de la administración pública, y una larga fila de etcéteras no tiene forma de avanzar cuando la tónica y la herencia de Noroña ha sido el buscar pleitos para llamar la atención al morbo del insulto y distraer la atención de la influencia y el poder del narcotráfico en el gobierno. Copiarle pues, el estilo a Donald Trump. Solo que se nos olvida que el votante mexicano desprecia la soberbia, esa característica tan esencial del revolucionario legislador, que admira a Fidel Castro, que le dice compañero a todo mundo para sonar como todo un comunista cubano, pero que tiene que viajar en primera clase y vivir como la más pudiente nobleza novohispana. 

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