Dario Mendoza A
El rugido de los motores que mueven el comercio global se está apagando bajo el peso de una crisis sin precedentes. El diésel —la sangre arterial de la logística, la agricultura, la ganadería y la industria— vive una escalada descontrolada de precios. Lejos de ser un fenómeno pasajero del mercado, el encarecimiento de este destilado es el epicentro de un terremoto geopolítico desatado por la guerra en Irán, que socava los cimientos electorales y merma el prestigio de la clase política tradicional de Occidente.
La conflagración en Medio Oriente y la inestabilidad crónica en puntos críticos de tránsito, como el estrecho de Ormuz, han estrangulado la cadena de suministro energético. No se trata solo del precio del crudo: la verdadera emergencia radica en la destrucción y la restricción de la capacidad mundial de refinación.
El diésel depende de infraestructuras complejas, ya golpeadas por tensiones previas. Tras el estallido de la guerra con Irán, los márgenes de refinación se dispararon a niveles históricos y provocaron una escasez mundial de destilados medios. El impacto se siente en todo el mundo, aunque sus ondas expansivas golpean con distintos matices; México no es la excepción.
En la Unión Americana, el precio del galón de diésel se sitúa entre 6 y 7 dólares, un incremento asfixiante. Como hemos comentado, la estrategia iraní busca golpear directamente el bolsillo de la clase trabajadora estadounidense: agricultores, ganaderos y sectores industriales que dependen del diésel. Buena parte de este electorado conforma el núcleo duro del movimiento de Donald Trump. Al imponer precios insostenibles al combustible y asfixiar su economía cotidiana, se busca erosionar el capital político de la administración estadounidense de cara a los comicios de noviembre.
Sin embargo, aunque Irán apunta a Washington, el mayor impacto económico estructural recae en Europa.
El verdadero problema es el suicidio energético de Europa: la vulnerabilidad europea no responde únicamente a los conflictos en Medio Oriente, sino también a la decisión política de restringir y cerrar su capacidad de refinación bajo agendas impulsadas por políticas «verdes». La capacidad de refinación de la Unión Europea se ha reducido drásticamente, con caídas estimadas de hasta un 20% en general y una contracción del 16% en segmentos específicos debido a cierres promovidos políticamente.
Este problema, del que casi nadie habla, hace que el diésel en Europa sea ahora un 47% más caro que en Estados Unidos y se sitúe en torno a los 10 dólares por galón en la Unión Europea. A ello se suma la crisis del gas: el gas natural en Europa llega a costar casi 10 veces más que en EE. UU.
Con los inventarios de destilados bajo mínimos y una dependencia crítica de las importaciones, el Viejo Continente encara un panorama sombrío ante la proximidad del invierno. Economías industriales como la alemana —que, tras apostar por las energías verdes, hoy dependen en gran medida del gas y el carbón rusos— pagan un costo insostenible para la población, ya visible en el derrumbe acelerado de sus partidos tradicionales.
China también absorbe el impacto, con precios del diésel que alcanzan los 14 dólares por galón, más del doble que en Estados Unidos. Este encarecimiento estrangula su sector manufacturero y el transporte pesado, y enfría aún más una economía global que ya observa con temor la desaceleración del gigante asiático.
La ola expansiva del aumento del diésel también llega a México. Hacienda ha tenido que destinar recursos para contener su precio, mientras el peso ha vuelto a los 18 pesos por dólar. La combinación de la caída de la producción europea y el cierre del mar Rojo anticipa un invierno dramático para el bolsillo de los ciudadanos de todo el mundo.
@dariomendoza
