Darío Mendoza A
Vivimos en la era de la hiperconectividad, pero nunca hemos estado tan solos. Bajo la bandera del progreso individual, asistimos a la silenciosa demolición de los pilares que históricamente sostuvieron al ser humano: la familia, la comunidad local, la parroquia y los gremios profesionales. Lo que se nos vende como una “liberación” de las viejas estructuras es, en realidad, una trampa perfecta. Al desmantelar los cuerpos intermedios que nos protegían del Estado todo poderoso, el ser humano no se vuelve más libre; se vuelve infinitamente más débil, manipulable, miedoso y dependiente.
Ya lo advirtió Alexis de Tocqueville en el siglo XIX: cuando la sociedad se atomiza y los ciudadanos se encierran en sus pequeños placeres privados, rompiendo los lazos de solidaridad vecinal y familiar, se abre la puerta al “despotismo tutelar”. Un poder estatal inmenso, que provee ‘bienestar’ y que se ofrece a cuidarlo todo, a resolver cada problema y a garantizar un catálogo infinito de derechos. Pero este intercambio tiene letra pequeña. El Estado que te da todos tus derechos en bandeja de plata, a menudo lo hace cortando los hilos de tu verdadera libertad: la libertad de decidir, de emprender, de equivocarte y de asociarte sin el permiso de un burócrata.
La paradoja es brutal. El aparato estatal sustituye el amor y el deber moral por subsidios y regulaciones. Donde antes había un padre, una madre o un vecino dispuesto a sostener al caído, hoy hay una ventanilla pública o una aplicación del gobierno. Pero el Estado es un gigante frío; no tiene corazón, tiene presupuesto. Al estatizar la compasión y los cuidados, se deshumaniza la sociedad. El individuo, despojado de su red comunitaria, queda desarmado, dependiendo exclusivamente del gobernante de turno para saber qué puede pensar, qué puede comer o cómo debe educar a sus hijos.
Frente a este gigante benevolente, la familia sigue siendo la última trinchera de la resistencia humana. Es la única institución capaz de formar personas fuertes e íntegras. ¿Por qué? Porque en la familia no se es un número de expediente ni un voto; se es una persona única a la que se ama por el mero hecho de existir. Es allí donde se pueden forjar realmente las virtudes esenciales, que nunca dará la escuela: la responsabilidad, el sacrificio, el perdón y el carácter. Una persona criada en un hogar fuerte y estable posee un anclaje moral que ningún eslogan político puede arrancar.
Junto a la familia, las comunidades intermedias —como las iglesias y las organizaciones— completan esta armadura social. Las iglesias elevan la mirada del hombre más allá de lo material, recordándole que su dignidad no emana de una ley estatal, sino de algo superior. Los organismos y asociaciones profesionales, por su parte, devuelven al trabajador el orgullo de su oficio y la fuerza de la unión genuina, no la dictada por sindicatos ideologizados.
Una sociedad con familias sólidas, parroquias activas y comunidades cohesionadas es una sociedad con profundas raíces que se vuelve indomable y sin miedos absurdos. El Estado no puede avasallarla fácilmente porque los ciudadanos se cuidan y se organizan entre sí. Por el contrario, un Estado que busca el poder absoluto necesita ciudadanos huérfanos, atomizados y asustados. Recuperar los cuerpos intermedios es la batalla política y cultural más urgente de nuestro tiempo si queremos salvar la libertad humana.
