Claudia optó por ser reportera

Autor Congresistas
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Javier Ramos

Merece atención recordar que Claudia salió a la calle y se definió como reportera. ¿Qué significa ser reportera? ¿Qué implica asumir ese papel? ¿Plantea una nueva relación entre gobernanza y comunicación?

De entrada, cobran relevancia los desacuerdos, los enojos y la voz del nosotros colectivo. La mañanera fue escenario de una transformación en la personalidad política y en la manera de asumir una responsabilidad pública distinta, aunque el tema central permaneció: la salud y, de manera particular, el cáncer de mama.

Durante buena parte de aquella mañana de martes se anunció una nueva oferta hospitalaria y clínica para brindar atención integral a quienes enfrentan este padecimiento. Sin embargo, quedó pendiente un elemento fundamental: informar con claridad dónde y cómo acceder a los tratamientos.

Sobre la mesa apareció el riesgo de que la numeralia terminara imponiéndose sobre la dimensión humana de una enfermedad catastrófica, que no sólo afecta la salud, sino también la economía familiar, la tranquilidad y el descanso de quienes la padecen.

Hoy, Claudia parece recuperar la posibilidad de transitar las calles de sus años juveniles, aquellas que recorrió durante su adolescencia al visitar los pueblos de Tlalpan. Puede dejar atrás el rictus de la amargura y reencontrarse con una parte de su historia.

No se trata de recuperar hábitos franciscanos, sino de hacer reaparecer a la activista que entiende la escucha como una forma de gobierno. Porque gobernar también exige escuchar a los otros, especialmente a quienes viven entre intereses contrapuestos o se encuentran atrapados por el peso de sus responsabilidades.

Surge entonces una pregunta esencial: ¿cómo gobernar en democracia cuando el micrófono se pliega ante los intereses del poder o ante las propias debilidades de quienes lo ejercen?

¡Hay que saber desprenderse! ¡Nombrar hace visible y acorta las distancias! El acto de mirar no es volátil, sino denso. La presidenta parece intentar iluminar las conversaciones, el mensaje político y el derecho a ejercer los derechos. La política, entonces, podría convertirse en una forma de amor; al menos, eso quisiéramos.

Pero también nosotros padecemos el olvido y la marginación. A esta hora de la historia, quienes ejercemos el oficio de contrastar al poder seguimos reclamando acreditación y el respeto que merece el periodismo. ¿Cómo cumplir esa tarea cuando el acceso a las fuentes y el reconocimiento profesional se convierten en obstáculos?

Y desfilaron las voces. Se hicieron visibles, en términos cercanos a la reflexión de Noam Chomsky sobre los medios y el poder, los equilibrios y desequilibrios que atraviesan las relaciones políticas. Se cuestionó aquello que se encoge ante la autoridad y aquello que permanece inhibido, aunque emerge desde las bases populares.

Dejemos atrás la parafernalia que cae de los brocados y las cortinas de Palacio. A las cuatro de la mañana, todos formados en la fila de la espera, no somos más que un puente entre los poderosos y los olvidados: ¡somos traductores del olvido! Mientras tanto, nos ahogamos entre la corrupción y sus consecuencias.

La discusión se desplazó hacia una esfera en la que el poder se expande y se reviste de la legitimidad que le otorgan los otros, es decir, la ciudadanía y la democracia misma.

Quedó a la vista otro hecho relevante: el poder comenzaba a apoyarse en una relación más directa, en una suerte de diálogo de tú a tú con su principal fuente de legitimidad política: el pueblo. Como telón de fondo permanecían la desigualdad y las múltiples necesidades sociales, mientras se buscaban nuevas formas de gobernar en un contexto marcado por las asimetrías entre los medios de comunicación, la manipulación informativa y las prácticas de desacreditación que también puede propiciar la propia dinámica del poder.

La disputa por la agenda comunicativa se hizo evidente. También la lucha por construir la narración y el relato público frente a quienes han creído que pueden mantenerse alejados del rumor, de la conversación cotidiana y de la escucha social.

¿Adquirimos todos visibilidad? ¿Cómo se identifican los interlocutores? ¿Qué se transforma a partir de la palabra? ¿Encuentra la ciudadanía las herramientas necesarias para construir una lectura objetiva de los hechos del poder? ¿Qué estamos construyendo y cómo estamos construyendo nuestra democracia? ¿Cuál es nuestro retrato social y político?

Quizá estamos entrando en una nueva era sin haber tomado plena conciencia de ello. Tal vez el verdadero desafío no sea sólo hablar desde el poder, sino aprender a escuchar desde él y reconocer en la palabra de los otros una parte indispensable de la vida democrática. Es necesaria esa dosis de humildad que nos otorga brillo.

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