Dario Mendoza A
Las alarmas se encendieron en Palacio Nacional. La avalancha de informaciones que vinculan al gobierno de la Cuarta Transformación con el crimen organizado —y con la protección a figuras clave del partido— ha comenzado a fracturar la imagen pública de Claudia Sheinbaum. El desgaste ya no es solo una percepción: se ha convertido en datos duros.
Según AtlasIntel —la encuestadora con mayor precisión en América Latina, en alianza con Bloomberg—, la aprobación de la presidenta atraviesa una caída libre. En solo seis meses, la serie LatAm Pulse registró un desplome de 13.9 puntos porcentuales: pasó de un sólido 62.8% en enero a un 48.9% a finales de junio. Por primera vez en lo que va del sexenio, Sheinbaum rompe la barrera psicológica del 50%.
El diagnóstico dentro de Palacio es tajante: no ven una crisis de gestión, sino una pérdida alarmante del control del relato. Para contener la sangría, el círculo presidencial ha identificado dos frentes de alto riesgo:
1. El frente interno: TV Azteca.
En la lectura del Ejecutivo, los noticieros y espacios de análisis de la televisión y la radio mexicana, pero en particular los espacios de TV Azteca, han sido determinantes para perforar la narrativa oficial. La difusión sistemática de errores de gobierno, casos de corrupción y omisiones en materia de seguridad ha permeado masivamente en la ciudadanía, demoliendo el espejismo de estabilidad y control que se proyecta desde el púlpito presidencial.
2. El frente externo: la sombra de Washington
Aún más tóxica para el discurso oficial es la presión que cruza la frontera norte. Investigaciones periodísticas, acusaciones formales en Cortes Federales, declaraciones de altos funcionarios e incesantes filtraciones desde EU han dejado expuesta una sospecha devastadora: la tolerancia o complicidad de estructuras políticas de la 4T con el narcotráfico. Esta narrativa, amplificada a nivel global, ha dinamitado la credibilidad internacional del Gobierno de México y reforzado la percepción de impunidad de la narco política en nuestro territorio.
La respuesta: ¡Más control!
Frente a este escenario, la respuesta del Poder no ha sido enmendar el rumbo, sino intentar silenciar a los emisores. Desde Palacio Nacional se alista una embestida regulatoria para asfixiar la cobertura la TV y la radio, al limitar sus reglas de operación y frenar el flujo de noticias desfavorables. La urgencia es el control total de la narrativa y evitar que el costo se traduzca en un desastre electoral en 2027 y comprometa la sucesión del 2030.
La maniobra no es nueva, se repite en los gobiernos de izquierda: Primero acceden al Poder Ejecutivo, después toman el control del Congreso a través de recursos ilegales; después controlan el Poder Judicial; y al final, intentan censurar al cuarto poder: los medios de comunicación. El único fin un gobierno autoritario es controlar todo para mantenerse en el poder, aún con elecciones simuladas.
Sin embargo, la maniobra en México encierra una paradoja peligrosa. En un entorno de escrutinio internacional inédito, intentar censurar a la prensa no detendrá la crisis; por el contrario, terminará por confirmar lo que se dice dentro y fuera del país: México retrocede a la época de una dictadura de partido único, con simulación democrática.
Los datos de AtlasIntel y la reacción nerviosa del Gobierno apuntan hacia la misma conclusión: la narrativa del control absoluto se desmorona, y Palacio ha optado por el mazo de la contención mediática antes que por la autocrítica y la corrección de fondo.
