De la piñata al tráiler: ¿aprendemos a apropiarnos de lo que cae?

Autor Congresistas
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Beto Bolaños

Hay una escena que prácticamente todos los mexicanos conocemos.

La piñata cuelga del techo. Los niños esperan impacientes. Alguien la golpea hasta romperla y, de pronto, los dulces caen al suelo. Entonces ocurre una pequeña batalla: los niños se lanzan sobre ellos, corren, se empujan, recogen todo lo que pueden y, si tienen oportunidad, meten las manos hasta debajo de los muebles para rescatar hasta el último caramelo.

Nadie pregunta de quién era el dulce.

Nadie busca al propietario.

Nadie considera incorrecto tomar diez si los demás tomaron cinco.

La regla del juego es muy sencilla: lo que cae de la piñata puede ser recogido por quien alcance a tomarlo.

Y probablemente ahí no haya absolutamente nada de malo. La piñata es un juego y los dulces fueron colocados ahí precisamente para que los niños los recogieran.

Pero hay otra escena, mucho menos inocente, que se repite con una frecuencia cada vez más preocupante.

Un tráiler se vuelca en una carretera. Las cajas se rompen. La mercancía queda esparcida sobre el pavimento. El conductor todavía no termina de salir de la cabina cuando comienzan a aparecer personas.

Primero uno.

Luego otro.

Después una camioneta.

Luego varias personas.

En unos minutos, aquello que pertenecía a una empresa, a un comerciante o a un transportista comienza a desaparecer en manos de quienes simplemente llegaron primero.

Televisores, alimentos, bebidas, ropa, electrodomésticos, herramientas, mercancías de todo tipo.

Y entonces surge una pregunta incómoda:

¿En qué momento dejamos de preguntarnos “¿de quién es?” y comenzamos a preguntarnos solamente “¿quién llegó primero?”

Lo que cae no deja de tener dueño

Hay una diferencia fundamental entre la piñata y el tráiler.

En la piñata, los dulces fueron puestos ahí para ser recogidos.

En el accidente, la mercancía no.

Que una caja se haya roto no modifica su propietario.

Que una mercancía esté tirada en el suelo no la convierte en propiedad de quien la encuentra.

Que el dueño no esté presente no significa que haya renunciado a ella.

Parece una obviedad.

Y, sin embargo, la conducta colectiva frente a algunos accidentes parece operar bajo una regla completamente diferente:

“Si está ahí y puedo llevármelo, puedo tomarlo.”

Ese es el verdadero problema.

Porque entonces ya no estamos hablando solamente del robo de unas cuantas cajas. Estamos hablando de una concepción mucho más profunda acerca de la propiedad, del derecho y de los límites de nuestra conducta cuando creemos que nadie puede impedirnos hacer algo.

“Si yo no me lo llevo, alguien más se lo llevará”

Quizá una de las frases que mejor explica la rapiña sea precisamente esa.

No necesito la mercancía.

No necesariamente soy pobre.

Incluso puede que ni siquiera sepa qué contiene la caja.

Pero alguien más está llevándosela.

Entonces yo también.

Y cuando todos hacen lo mismo, la responsabilidad individual parece diluirse dentro de la multitud.

“Todos lo están haciendo.”

Es una de las justificaciones más antiguas y peligrosas de la conducta humana.

Porque transforma una decisión individual en un comportamiento aparentemente inevitable.

El primero que toma una caja roba.

El segundo puede decir que simplemente aprovechó la oportunidad.

El tercero ya siente que está participando en algo normal.

Y cuando llegan veinte personas, el robo puede empezar a parecer, paradójicamente, una actividad colectiva legítima.

Ahí es donde la rapiña deja de ser solamente un delito y se convierte en un fenómeno social.

¿Es la pobreza?

Hay quienes explican estas escenas exclusivamente a partir de la pobreza.

Es una explicación cómoda porque parece resolver inmediatamente el problema: alguien tiene necesidad, encuentra mercancía y la toma.

Pero no alcanza.

Las personas pobres no son delincuentes por naturaleza.

Millones de personas viven con enormes carencias y, aun así, respetan escrupulosamente aquello que pertenece a otros.

Y también existen personas con dinero suficiente para comprar prácticamente cualquier cosa que participan en actos de corrupción, fraude, abuso o apropiación indebida.

Por eso quizá el problema no sea solamente cuánto tenemos.

También importa qué creemos que podemos tomar.

Una sociedad puede ser pobre y tener una cultura muy fuerte de respeto a la propiedad.

Y una sociedad puede ser relativamente próspera y tolerar niveles importantes de corrupción.

La diferencia está, en buena medida, en las normas.

En aquello que consideramos aceptable.

En aquello que hacemos cuando sabemos que nadie nos está observando.

Una pequeña frase japonesa

Hay una idea de la cultura japonesa que resulta particularmente poderosa frente a este fenómeno:

Si no es mío, es de alguien más.

Parece una frase elemental.

Pero contiene una idea ética extraordinariamente importante.

No necesito saber quién es el dueño.

No necesito verlo.

No necesito conocerlo.

No necesito simpatizar con él.

No necesito saber cuánto dinero tiene.

Si algo no es mío, pertenece a otra persona y, por lo tanto, no tengo derecho a tomarlo.

Ese principio establece una frontera.

Una frontera invisible, pero fundamental.

Porque una sociedad civilizada no funciona únicamente porque haya policías vigilando cada esquina. Funciona porque existen millones de personas que, aun cuando podrían hacer algo indebido sin ser descubiertas, deciden no hacerlo.

No tomo la cartera porque no es mía.

No entro a una casa porque la puerta quedó abierta.

No me llevo el automóvil porque encontré las llaves.

No saco dinero de una cuenta ajena porque descubrí cómo hacerlo.

No recojo la mercancía de un tráiler para llevármela a casa.

No porque alguien esté mirando.

Sino porque no me pertenece.

La impunidad cambia la conducta

Aquí aparece otro elemento que no podemos ignorar.

Las sociedades enseñan tanto mediante lo que dicen como mediante aquello que permiten.

Si durante años una persona observa que alguien roba y no pasa nada, que alguien invade y no pasa nada, que alguien saquea y no pasa nada, que alguien se apropia de lo ajeno y encuentra una justificación para hacerlo, poco a poco puede producirse una modificación en la percepción de lo correcto.

La pregunta deja de ser:

“¿Está bien?”

Y comienza a ser:

“¿Me pueden detener?”

Ese cambio es devastador.

Porque sustituye la ética por el cálculo.

Ya no importa si algo es correcto o incorrecto.

Importa si existe una consecuencia.

Y cuando además aparece la multitud, la responsabilidad se diluye todavía más.

¿Y qué tiene que ver la piñata?

Probablemente nada.

Y conviene decirlo con toda claridad.

No existe razón para afirmar que la piñata produzca rapiñeros. Sería absurdo establecer semejante relación causal.

Millones de niños han corrido detrás de los dulces de una piñata y jamás han robado nada en su vida.

Pero la piñata nos proporciona una metáfora extraordinariamente poderosa.

Porque desde pequeños aprendemos que existen circunstancias en las que lo que cae puede ser recogido.

En el juego, esa regla es correcta.

Fuera del juego, no.

Y quizá la pregunta que vale la pena hacernos como sociedad sea:

¿Estamos enseñando suficientemente bien dónde termina esa regla?

Porque un niño necesita aprender algo mucho más importante que recoger dulces rápidamente.

Necesita aprender que hay cosas que puede tomar y cosas que no.

Que hay cosas que puede compartir y cosas que pertenecen a otros.

Que encontrar algo no significa poseerlo.

Que tener la oportunidad de tomar algo no significa tener derecho a tomarlo.

Y, sobre todo, que la ausencia del propietario no elimina su propiedad.

De la piñata al tráiler

Tal vez por eso la imagen resulta tan provocadora.

En una piñata:

algo se rompe → algo cae → todos corren a recogerlo.

En un tráiler:

algo se rompe → algo cae → algunos corren a apropiárselo.

La diferencia fundamental no está en lo que cayó.

Está en quién tenía derecho a recogerlo.

Y esa diferencia debería ser elemental.

Porque una sociedad no se sostiene solamente mediante leyes. Se sostiene también mediante millones de pequeños actos cotidianos de respeto.

Devolver una cartera.

Entregar un objeto perdido.

No aprovecharse de un error ajeno.

No cobrar de más cuando nadie lo advertirá.

No quedarse con lo que no nos pertenece.

No llevarse una caja de un tráiler accidentado.

No porque exista una cámara.

No porque haya un policía.

No porque podamos ser castigados.

Sino por algo mucho más sencillo:

No es mío.

Y quizá esa sea una de las frases que más necesitamos recuperar.

Porque cuando una sociedad empieza a sustituir “no es mío” por “si puedo tomarlo, me lo llevo”, la frontera entre oportunidad y derecho comienza a desaparecer.

Y cuando desaparecen esas fronteras, no solamente se roba mercancía de un tráiler.

Se deteriora algo mucho más importante:

la confianza que permite vivir juntos.

Así que la próxima vez que veamos una piñata romperse, quizá valga la pena mirar durante unos segundos a los niños corriendo detrás de los dulces.

No para prohibirles el juego.

Sino para recordarles —y recordarnos— que hay una diferencia enorme entre recoger aquello que nos fue destinado y apropiarnos de aquello que pertenece a alguien más.

Porque, al final, la pregunta no debería ser:

“¿Qué puedo tomar?”

Debería ser:

“¿Qué es mío?”

Y si la respuesta es “nada”, entonces quizá la respuesta correcta sea todavía más sencilla:

Si no es mío, es de alguien más.

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