Cuando los demonios se desatan: ¿hacia dónde nos lleva como país?

Autor Congresistas
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Elio Villaseñor

La política tiene que ver con el mundo que compartimos.”

— Hannah Arendt

Hay momentos en la historia de un país en los que los acontecimientos dejan de percibirse como hechos aislados y comienzan a formar parte de una misma atmósfera.

Hoy México parece vivir uno de esos momentos.

Los escándalos que involucran a actores políticos, las investigaciones sobre presuntos vínculos entre poder público y crimen organizado, las acusaciones cruzadas y la creciente confrontación han ido configurando un ambiente de incertidumbre y desconfianza.

Más allá del desenlace de cada caso, la pregunta de fondo trasciende la coyuntura:

¿Qué ocurre con una democracia cuando el espacio público queda dominado por el escándalo permanente, la sospecha y la confrontación, mientras la confianza en las instituciones se deteriora?

Responder a esta pregunta resulta indispensable para comprender no solo el momento político que vivimos, sino también el rumbo que estamos construyendo como sociedad.

A este escenario se suma la percepción de un gobierno con crecientes dificultades para responder a los grandes desafíos nacionales: la violencia que continúa afectando amplias regiones del país, las limitaciones del sistema de salud, el bajo crecimiento económico, la presión sobre las finanzas públicas y la exigencia ciudadana de que la ley se aplique con igualdad, sin privilegios ni excepciones.

La consecuencia no es únicamente institucional; también es social.

Cuando la confianza comienza a erosionarse, la democracia pierde uno de sus principales pilares: la credibilidad de los ciudadanos en sus instituciones.

No resulta casual que, según la encuesta GEA-ISA publicada en marzo de 2024, 45% de los mexicanos manifestó preferir un régimen democrático, mientras 42% expresó que preferiría un gobierno autoritario y 46% declaró estar insatisfecho con el funcionamiento de la democracia.

Estas cifras reflejan una sociedad cada vez más vulnerable a la tentación de buscar soluciones de fuerza frente a problemas complejos.

“Quien sacrifica libertad por seguridad no merece ni libertad ni seguridad.”

— Benjamin Franklin

Estos pueden ser algunos de los costos cuando los demonios se desatan en la vida pública.

El escándalo permanente, la polarización, la sospecha y la confrontación terminan tensando el ambiente político y social, profundizando las divisiones no solo entre gobierno y oposición, sino también al interior de las propias fuerzas políticas.

No se trata de un fenómeno exclusivo de México. En distintos países de América Latina —Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Costa Rica, El Salvador y Honduras— ha crecido el respaldo a liderazgos que privilegian el orden y la autoridad por encima de los contrapesos democráticos. Tendencias similares también comienzan a observarse en diversas democracias europeas.

En este ambiente, los escándalos no solo generan incertidumbre; también desplazan del debate público los problemas verdaderamente urgentes: la seguridad, la educación, la salud, el crecimiento económico, la pobreza, la justicia y la construcción de instituciones confiables. Mientras tanto, el miedo, el enojo y la frustración alimentan la idea de que únicamente un liderazgo de mano dura podrá restablecer el orden.

“La democracia es el peor sistema de gobierno, excepto por todos los demás.”

— Winston Churchill

Frente a este escenario surge una pregunta que no podemos eludir:

¿Qué tipo de país construimos cuando el miedo termina siendo más fuerte que la confianza?

La verdadera pregunta ya no es quién ganará la próxima elección. La pregunta es qué tipo de democracia quedará cuando termine esta etapa de desconfianza, polarización y escándalos. Porque las democracias no suelen derrumbarse de un día para otro; se debilitan lentamente cuando el miedo desplaza a la esperanza, cuando la polarización sustituye al diálogo y cuando los ciudadanos dejan de creer que vale la pena defender sus instituciones.

Como advirtió Hannah Arendt, “la política tiene que ver con el mundo que compartimos”. Si permitimos que los demonios del miedo, la desconfianza y la confrontación dominen ese espacio común, el mayor riesgo no será la victoria de un partido sobre otro, sino el deterioro de la convivencia democrática que hace posible nuestra vida en libertad.

La historia demuestra que las democracias no mueren únicamente por los errores de sus gobernantes.

También pueden debilitarse cuando los ciudadanos renuncian a participar, a exigir rendición de cuentas, a defender la verdad y a reconstruir la confianza entre nosotros.

Hoy, más que nunca, el desafío de México no consiste solo en superar una etapa de escándalos y confrontación.

Consiste en evitar que el miedo termine gobernando nuestras decisiones y en recuperar la confianza como el principal patrimonio de una sociedad democrática. Solo así podremos impedir que los demonios que hoy se han desatado definan el futuro del país.

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