El ciudadano virtual: entre la comodidad y la acción

Autor Congresistas
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Elio Villaseñor

«El mundo no es. El mundo está siendo.»
— Paulo Freire

La sociedad de las últimas décadas ha estado marcada por profundos cambios políticos, económicos, culturales y tecnológicos.

Cada época ha vivido sus propias contradicciones: momentos de sometimiento e indiferencia, pero también luchas por la libertad, la dignidad y la conquista de derechos.

Hoy estamos frente a una nueva transformación. La tecnología está cambiando nuestra manera de trabajar, relacionarnos, informarnos, participar y mirar el mundo.

Pero estos cambios también nos colocan frente a una pregunta ciudadana: ¿estamos aprovechando estas nuevas posibilidades para participar y transformar nuestra realidad o simplemente nos estamos adaptando a ella?

La paradoja del ciudadano virtual

El ciudadano de la era virtual vive una profunda paradoja: nunca habíamos tenido tantas posibilidades para comunicarnos, informarnos y hacer escuchar nuestra voz y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil permanecer como espectadores.

Tenemos el mundo al alcance de una pantalla. Podemos conocer en segundos lo que sucede en nuestra comunidad o a miles de kilómetros, expresar nuestra indignación, compartir una causa o reaccionar frente a una injusticia.

Pero estar conectados no significa necesariamente estar comprometidos.

Podemos indignarnos durante unos minutos y después seguir desplazando la pantalla.

Podemos compartir una denuncia sin involucrarnos en ella. Podemos tener cientos de contactos y, sin embargo, sentirnos cada vez más distantes de quienes viven a nuestro lado.

Ahí aparece uno de los riesgos del ciudadano virtual: confundir estar informado con participar, reaccionar con actuar y tener una opinión con ejercer ciudadanía.

La comodidad de esperar

También hemos ido construyendo una cultura de lo fácil y lo inmediato. Queremos respuestas rápidas, resultados con poco esfuerzo y soluciones que no alteren demasiado nuestra comodidad.

Así podemos acostumbrarnos a esperar que alguien más resuelva los problemas de nuestro entorno.

Poco a poco nos alejamos de lo público, dejamos de organizarnos y terminamos aceptando como inevitable aquello que podría cambiarse.

Cuando una sociedad se acostumbra solamente a sobrevivir con lo que recibe, corre el riesgo de pasar de ejercer derechos a esperar beneficios, de exigir a agradecer y de participar a depender.

Terminamos coexistiendo con lo que tenemos y resolviendo el día a día, pero renunciando lentamente a imaginar que otra realidad es posible.

Y cuando la ciudadanía calla, espera o se conforma con las migajas del poder, otros terminan tomando las decisiones por ella.

De espectadores a protagonistas

Sin embargo, la tecnología no tiene por qué conducirnos a la pasividad.

También puede abrir caminos extraordinarios para encontrarnos, aprender, organizarnos, construir redes de solidaridad, vigilar al poder y hacer visibles voces que antes permanecían silenciadas.

El problema, entonces, no está solamente en la tecnología, sino en qué hacemos los ciudadanos con ella.

Los cambios que estamos viviendo son demasiado profundos para permanecer como espectadores.

Están transformando nuestra vida personal, el trabajo, las relaciones humanas y nuestras formas de participación.

El ciudadano virtual necesita recuperar la capacidad de pensar por sí mismo, encontrarse con los demás, defender sus derechos, asumir riesgos e imaginar nuevos caminos.

Ejercer ciudadanía también significa salir de la comodidad de lo conocido y atrevernos a construir aquello que todavía no existe.

Recuperar la imaginación ciudadana

Quizá uno de los mayores riesgos de nuestro tiempo no sea solamente la indiferencia, sino dejar de imaginar que las cosas pueden ser diferentes.

Una ciudadanía sin imaginación termina adaptándose a lo que existe. Una ciudadanía que pregunta, dialoga, se organiza y actúa puede abrir nuevos caminos.

Ahí cobra fuerza la idea de Paulo Freire que acompaña esta reflexión: «El mundo no es. El mundo está siendo.» La realidad no está terminada.

También se construye con nuestras decisiones, nuestras acciones y nuestra capacidad de encontrarnos con otros.

El desafío no consiste en alejarnos del mundo digital, sino en aprender a habitarlo como ciudadanos: convertir la conexión en encuentro, la información en conciencia, la indignación en participación y la participación en acción colectiva.

Porque no estamos condenados a contemplar los cambios desde una pantalla. Podemos asumir el riesgo de participar, imaginar y construir otros caminos.

Tal vez esa sea una de las tareas ciudadanas de nuestro tiempo: pasar de la comodidad de observar a la responsabilidad de actuar.

Y queda una pregunta para cada uno de nosotros:

¿La tecnología nos está ayudando a transformar nuestra realidad o solamente nos estamos acostumbrando a contemplarla?

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