El folleto que costaba un peso: una historia de diseño, ciencia y sentido común

Autor Congresistas
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Beto Bolaños

En octubre de 1983, una exposición sobre las serpientes de cascabel mexicanas dio origen a un pequeño folleto del Museo de Historia Natural de Chapultepec. Para imprimirlo hubo que conseguir papel donado y recurrir a los talleres de una universidad pública. Pero la experiencia más memorable llegó después, cuando descubrimos que cobrar un peso por ejemplar podía cambiar la manera en que los visitantes lo valoraban.

Un proyecto que necesitaba hacerse realidad

A principios de los años ochenta estudiaba Diseño de la Comunicación Gráfica en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco. Durante mi formación universitaria tuve la oportunidad de participar en un proyecto que reunía dos intereses personales: el diseño gráfico y las serpientes.

El Museo de Historia Natural de la Ciudad de México, ubicado en el Bosque de Chapultepec, preparaba una exposición dedicada a las serpientes de cascabel mexicanas. Como parte de mi servicio social, diseñé un folleto para acompañar aquella exposición.

La publicación, titulada Serpientes Cascabel de México, quedó fechada en octubre de 1983. Hoy conservo un ejemplar original de ocho páginas que permite reconocer el trabajo gráfico, las ilustraciones, la información científica y los créditos de quienes participaron.

Sin embargo, realizar el diseño era solamente una parte del proyecto. Faltaba resolver cómo imprimirlo.

El museo no contaba con presupuesto para financiar la publicación. El folleto era sencillo, pero necesitábamos recursos para llevarlo del diseño a las manos de los visitantes.

Conseguí papel donado y logré que se imprimiera en los Talleres Gráficos de la UAM-CYAD-Azcapotzalco, mi alma mater. De esa manera, un proyecto que parecía limitado por la falta de dinero pudo convertirse en una publicación impresa.

El ejemplar conserva los créditos de la información científica, a cargo de la bióloga Lilian Ruiz Millán; de la ilustración, realizada por el biólogo Óscar Sánchez Herrera; y del diseño, a mi cargo, como DG Luis Alberto Bolaños Vera.

La ciencia también necesitaba comunicarse

El folleto no era un simple recuerdo de la exposición. Su propósito era acercar al público al conocimiento de las serpientes de cascabel mexicanas.

Sus páginas explicaban características de estos animales, su anatomía y aspectos relacionados con el veneno. Las ilustraciones ayudaban a presentar información científica de una manera accesible para los visitantes.

En aquella época, la producción editorial requería resolver físicamente cada etapa del proceso: preparar el diseño, conseguir los materiales y coordinar la impresión. No existían las facilidades de edición digital que hoy tenemos al alcance.

Para mí, la experiencia representó algo más que cumplir con un servicio social universitario. Fue la oportunidad de comprobar que el diseño gráfico podía contribuir a la divulgación científica y que, cuando los recursos eran limitados, también hacía falta iniciativa para conseguir que las cosas sucedieran.

Pero la historia del folleto todavía tenía reservado un episodio inesperado.

El primer día: ejemplares gratis que terminaban en la calle

No recuerdo cuántos ejemplares se imprimieron. Sí recuerdo muy bien lo que ocurrió cuando comenzaron a distribuirse.

El primer día, el museo regaló los folletos a los visitantes. Los ejemplares se entregaban con rapidez y parecía que la distribución funcionaba perfectamente.

Sin embargo, al salir del museo empezamos a encontrarlos tirados por la calle.

Algunas personas los habían recibido, pero después los abandonaban. No teníamos un estudio de mercado ni datos estadísticos que explicaran su comportamiento; teníamos algo mucho más inmediato: lo que estábamos viendo.

Aquello nos llevó a conversar sobre la manera de evitar que el material terminara desechado.

Recuerdo que probablemente hablamos primero Jenny Appo, diseñadora titular del museo; Lilian Ruiz Millán, responsable de la exposición, y yo. Después debimos plantear la propuesta a Yani Herreman, entonces directora del Museo de Historia Natural.

No puedo asegurar que esa haya sido exactamente la secuencia de las conversaciones, porque han pasado más de cuatro décadas. Pero así es como recuerdo que surgió la decisión que cambiaría la distribución del folleto.

Un peso cambió el destino del folleto

La propuesta consistió en dejar de regalar los ejemplares y comenzar a venderlos en el museo por un peso.

Al día siguiente se puso en práctica.

El resultado fue sorprendente: los folletos siguieron desplazándose con la misma rapidez. La gente continuaba adquiriéndolos, pero esta vez dejamos de encontrarlos tirados en la calle.

No habíamos cambiado el diseño, el contenido ni la calidad de impresión. Tampoco habíamos producido una nueva edición. La diferencia estaba en una sola condición: el visitante tenía que pagar un peso para llevarse el ejemplar.

No puedo afirmar que el precio fuera la única razón de aquel cambio. Tampoco hicimos un experimento controlado que permitiera demostrarlo. Fue una observación surgida de la experiencia cotidiana, pero lo suficientemente clara como para permanecer en mi memoria durante décadas.

El mismo folleto que el día anterior se regalaba y aparecía abandonado en la calle ahora se vendía y parecía recibir un trato distinto.

Un peso era una cantidad simbólica. No se trataba de convertir la publicación en un negocio, sino de encontrar una manera de distribuirla sin que terminara desperdiciada.

Una lección que sobrevivió a la exposición

Con el paso de los años, aquella experiencia adquirió un significado que va más allá de la producción editorial.

A menudo suponemos que regalar algo es la mejor manera de conseguir que las personas lo aprecien. Sin embargo, aceptar un objeto no significa necesariamente reconocer su valor.

Cuando alguien decide pagar por algo, incluso una cantidad pequeña, puede establecer una relación distinta con aquello que recibe. Quizá fue eso lo que observamos durante aquellos dos días de octubre de 1983.

No pretendo convertir una anécdota en una ley universal del comportamiento humano. Las circunstancias pudieron influir y nunca medimos sus efectos de manera formal. Pero la experiencia nos dejó una pregunta que sigue siendo pertinente: ¿por qué algo que recibimos gratuitamente puede parecernos prescindible, mientras que aquello por lo que pagamos adquiere una importancia diferente?

A veces, las lecciones más interesantes no surgen de una investigación planificada, sino de observar con atención lo que sucede alrededor.

Un documento que vuelve del pasado

El folleto Serpientes Cascabel de México ha sobrevivido al tiempo. Su fecha, octubre de 1983, y sus créditos editoriales permiten recuperar una pequeña parte de la historia de la divulgación científica y del diseño gráfico en México.

Para mí, volver a encontrarlo significa reencontrarme con una etapa de mi vida universitaria, con el trabajo realizado para el Museo de Historia Natural y con las personas que contribuyeron a que aquella publicación llegara a los visitantes.

También significa recordar que conseguir papel donado y gestionar la impresión fueron tan importantes para el proyecto como diseñar sus páginas.

No recuerdo cuántos ejemplares se imprimieron. Tampoco necesito conocer esa cifra para recordar la experiencia.

Lo esencial permanece: una exposición dedicada a las serpientes de cascabel mexicanas, un folleto que conseguimos imprimir pese a la falta de presupuesto y una observación inesperada sobre la manera en que las personas valoran aquello que reciben.

Todo comenzó con un proyecto de servicio social y terminó dejándome una lección que todavía recuerdo.

A veces, un peso basta para cambiar la historia de un folleto.

Luis Alberto Bolaños Vera es diseñador de la Comunicación Gráfica, egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco.

Folleto: Serpientes Cascabel de México – Distrito Federal, 1983

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