Darío Mendoza A
Hay una antigua escena bíblica que resume un choque fundamental de la condición humana. Por un lado, están los Saduceos: una organización de ciudadanos pragmáticos, apegados a las instituciones terrenales y convencidos de que no existe la vida eterna. Por el otro están los jóvenes hermanos Macabeos, dispuestos a ser mutilados y ejecutados antes que renunciar a su causa, porque su mirada no estaba puesta en esta vida, sino en la eternidad.
Más de dos mil años después, los imperios modernos y los analistas de geopolítica siguen cometiendo exactamente el mismo error que los Saduceos: evalúan el poder solo a partir del mundo material, el dinero y las armas, e ignoran la fuerza invisible y poderosa de la fe trascendente.
La lógica del “Aquí y Ahora”.
Para entender la geopolítica actual y las crisis de seguridad que carcomen a nuestras sociedades, primero hay que mirar la lógica del materialismo absoluto. Tomemos como ejemplo al crimen organizado. El narcotráfico es la máxima expresión de la fe en el “aquí y ahora”. En su cosmovisión no hay vida después de la vida: solo existen la camioneta del año, el reloj de lujo, la cadena de oro y el placer inmediato. Cuando el horizonte de un hombre se limita al placer terrenal, todo es negociable y todos son traicionables.
El narco no tiene lealtades profundas porque su único dios es el interés del momento. Su ética se compra y se vende. Por eso sus estructuras se devoran a sí mismas entre traiciones. En un mundo sin eternidad, los únicos valores reales son el poder de la bala y el peso del billete.
La ceguera estratégica ante la eternidad
Los líderes mundiales educados solo bajo la lógica de la transacción material, ya sea empresarial o política, intentan negociar con el lenguaje del comerciante o del narco. Pretenden disuadir mediante sanciones económicas, amenazas financieras o superioridad tecnológica militar. Pero esa ecuación se rompe en pedazos cuando el interlocutor es un combatiente que cree firmemente en la vida eterna. Por eso Trump llama dementes a los integrantes de la Guardia Revolucionaria Iraní, no negocian.
Para un soldado con una fe inmaterial, las amenazas de destrucción terrenal pierden su poder de chantaje. La muerte no es un castigo, sino la puerta de entrada a una recompensa superior a cualquier oferta terrenal. Así, la lógica de la negociación y la transacción colapsa.
El historiador o el estratega militar que solo cuenta los tanques y los misiles del enemigo está ciego. No entiende que el arma más peligrosa no es la que dispara, sino la convicción de quien prefiere morir antes que ceder. Esa misma lógica no pertenece solo a los conflictos de Medio Oriente ni a las guerras antiguas. También aparece en la historia de los pueblos que, aun sin poder material suficiente, resisten porque interpretan su lucha como una defensa espiritual.
Cristeros, el pueblo humilde que alteró las reglas del mundo.
La historia de México guarda una de las lecciones más contundentes sobre este fenómeno. En la década de 1920, un Gobierno Federal fuertemente armado, respaldado incluso por EU, intentó erradicar el culto católico mediante la llamada Ley Calles. A los ojos de los calculadores del poder, el campesinado pobre y mal armado no tenía la menor oportunidad. Y sin embargo, la Guerra Cristera demostró algo que a la política convencional le cuesta digerir: un pueblo sencillo, descalzo y sin instrucción militar, cuando pelea empujado por la fe en lo eterno, es capaz de arrastrar a un Estado poderoso a tal punto que el Gobierno se vio obligado a dar marcha atrás.
Los llamados cristeros no peleaban por un botín, ni por tierras, ni por cargos públicos. Peleaban porque creían que su alma estaba en juego.
Cuando un hombre o un pueblo abraza la noción de la eternidad, alteran por completo los códigos lógicos del mundo. Los imperios caen, los negociadores fracasan y las máquinas de guerra se oxidan cuando chocan contra el muro de la fe trascendente. En una batalla no solo se deben mirar los bolsillos del adversario: también se deben mirar sus Altares. Porque mientras el mundo terrenal siga ofreciendo cosas que se pudren con el tiempo, habrá quienes prefieran jugarse la vida entera por algo que no se pueda comprar.
