Elio Villaseñor
«El poder surge allí donde las personas
se reúnen y actúan de común acuerdo.»
— Hannah Arendt
El regreso de Rubén Rocha Moya al gobierno de Sinaloa y su decisión, apenas unas horas después, de solicitar nuevamente licencia no parecen ser solamente un episodio más del espectáculo político.
Lo ocurrido abre interrogantes sobre las tensiones, los intereses y los equilibrios que existen dentro de los propios círculos del poder.
La reflexión de Hannah Arendt que abre este texto nos recuerda algo fundamental: el poder no debería entenderse solamente como la capacidad de ocupar y conservar posiciones, sino como la posibilidad de construir acuerdos para actuar frente a los problemas comunes.
Desde fuera resulta difícil saber con precisión qué está ocurriendo. Lo que alcanzamos a observar son movimientos, declaraciones y decisiones que muestran que la concentración del poder político no necesariamente significa unidad, disciplina o coincidencia de intereses.
Un regreso que duró poco
Al anunciar su reincorporación, Rocha quiso transmitir la idea de que retomaba plenamente sus responsabilidades: “Hoy estoy de regreso”.
Sin embargo, su regreso generó reacciones dentro y fuera de su propio movimiento político.
Después vino nuevamente la solicitud de licencia, acompañada de otro mensaje de Rocha: “Sinaloa, la nación y el movimiento de transformación están por encima de todo”.
La secuencia inevitablemente provoca preguntas: ¿qué ocurrió entre una decisión y otra?, ¿qué conversaciones, presiones o valoraciones políticas pudieron producirse durante esas horas?
No tenemos todavía todos los elementos para responder. Por eso sería apresurado afirmar que estamos frente a una ruptura. Pero sí podemos observar señales de diferencias que hasta ahora quizá permanecían contenidas.
Las señales desde el poder
La reacción de la presidenta Claudia Sheinbaum también resulta significativa.
Al referirse a la nueva licencia de Rocha señaló: “Creo que es lo mejor para Sinaloa”.
Así, en muy poco tiempo escuchamos dos mensajes que contrastan: Rocha diciendo que estaba de regreso y la Presidenta considerando posteriormente que su nueva separación era lo mejor para Sinaloa.
Más que apresurarnos a sacar conclusiones, vale la pena preguntarnos qué nos dicen estos acontecimientos sobre los equilibrios internos del grupo gobernante.
¿Estamos solamente frente a un episodio aislado o comienzan a hacerse visibles diferencias más profundas entre los distintos grupos de poder?
La mirada desde la sociedad
Pero existe una tercera voz que no deberíamos perder de vista: la de la sociedad sinaloense.
Ante la incertidumbre política, Coparmex expresó una frase sencilla pero contundente: “Sinaloa no está para improvisar”.
Esta expresión cambia el lugar desde donde miramos el conflicto. Ya no se trata solamente de observar quién gana o quién pierde dentro del poder, sino de preguntarnos qué ocurre con quienes viven diariamente las consecuencias de la inseguridad, la incertidumbre económica y la falta de estabilidad institucional.
Cuando las disputas desplazan lo importante
Quizá este sea el punto de fondo.
Mientras una parte de la energía política se concentra en saber quién permanece, quién se retira, quién respalda a quién y cómo se reacomodan los grupos, los problemas cotidianos siguen ahí.
Sinaloa necesita respuestas frente a la violencia, la inseguridad, la pérdida de empleos y la incertidumbre que viven muchas familias.
El país, al mismo tiempo, enfrenta desafíos económicos, sociales, de seguridad y de gobernabilidad que requieren instituciones concentradas en gobernar.
A ello se suma un momento particularmente importante para nuestra relación con Estados Unidos y para el futuro del T-MEC. México necesita capacidad de negociación, certidumbre y una visión de país. Las disputas internas del poder no deberían distraernos de esos desafíos.
Volver la mirada hacia la ciudadanía
Aquí recupera todo su sentido la reflexión de Hannah Arendt: el poder adquiere su verdadera dimensión cuando permite construir acuerdos y actuar frente a los asuntos que compartimos.
Por eso, más allá de saber quién ganó o perdió políticamente en este episodio, tendríamos que hacernos una pregunta mucho más cercana a la ciudadanía:
¿Quién está atendiendo los problemas cotidianos de Sinaloa y los grandes asuntos nacionales mientras se desarrolla esta disputa por el poder?
Y quizá una segunda pregunta que debemos mantener abierta:
¿Las tensiones y los conflictos de intereses dentro del grupo gobernante comenzarán a traducirse en desgaste político y, sobre todo, en una distracción frente a los verdaderos problemas del país?
Porque cuando la política dedica demasiada energía a resolver sus propias disputas, existe el riesgo de que los ciudadanos terminemos mirando un espectáculo donde se habla demasiado del poder y demasiado poco de los problemas que esperan respuestas.
