Monocles

Autor Congresistas
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Tanger es una hermosa perra pastor alemán, la más bella y llena de años de la manada a la que pertenecemos. Cara y lomo negro salpicado por manojos de café y fija la mirada obscura. Observadora como ningún can. Con el tiempo se fue transformando su carácter hasta el grado de no poder saber que perro que encontrábamos en nuestra caminata le podía o no enojar hasta llenar el aire de ladridos y brincos de enojo. De cachorra, gustó de jugar con otros perros, además de aficionarse por atrapar con destreza la pelota que no solía soltar. Hoy, ya después de casi 11 años reconoce los lugares que la alegran y brinca cazando con la mirada para después lamer mis manos y atrapar la mirada.

Había hasta lugares predilectos a los que iban los yonquis a morir, como el túnel para peatones que pasaba por debajo de la Castellana. Uno de aquellos difuntos de mi adolescencia fue la hija del quiosquero donde mis padres compraban el periódico, una yonqui de heroína a la que yo recordaba porque cuando estaba bien a veces ayudaba a su padre. Tenía una mirada nerviosa y lo hacía todo con gestos muy rápidos y molestos, como si la vida la irritara enormemente porque iba demasiado despacio. Apareció en el túnel, un domingo por la mañana, y a mí la Coca-Cola con patatas fritas a la que nos invitaba mi abuela los domingos se me cruzó en el estómago imaginándome a la hija del quiosquero. Aquel domingo el periódico lo compramos en otro sitio. Recuerdo que ese día la portada de El País era Pedro Almodóvar en la ceremonia de los Óscar con Mujeres al borde de un ataque de nervios. Un Óscar español. (Caminar en mundo de espejos, Andrés Barba, Editorial Siruela)

Pero en el instante en que civilizaciones que han madurado técnica y científicamente inventan procedimientos efectivos de observación de lo lento, el concepto de planificación trascendente –llámese tal cosa creación, providencia, predestinación, historia de la salvación o algo parecido– pierde considerablemente en plausibilidad y deja su lugar a procederes inmanentes de interpretación de lo que es a largo plazo, bien con los medios de teorías biológicas o sistémico, sociales de la evolución, bien mediante modelos ondulatorios y teorías de la fractura, gracias a los cuales pueden describirse oscilaciones y mutaciones en el ámbito de la longue durée (larga duración). Sólo a partir de entonces puede calibrarse en toda su amplitud lo precario y malogrado en la evolución sin que el forzado positivismo de la idea de creación obligue a mirar a otra parte (Celo de Dios. Sobre la lucha de los tres monoteísmos. Peter Sloterdijk, Ediciones Siruela)

Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido. Desea saber quién es el que lo agarra; le quiere reconocer o al menos poder clasificar. El hombre elude siempre el contacto con lo extraño. De noche o a obscuras, el terror ante un contacto inesperado puede llegar a convertirse en pánico. Ni siquiera la ropa ofrece la suficiente seguridad, que fácil es desgarrarla, que fácil penetrar hasta la carne desnuda, tersa, indefensa del agredido. (Masa y Poder, Elías Canetti, Muchnik Editores)

Me celebro y me canto a mi mismo. Y lo que diga ahora de mi, lo digo de ti, porque lo que yo tengo lo tienes tu y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también. Vago… e invito a vagar a mi alma. Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra para ver cómo crece la hierba del estío. Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí de está tierra y de estos vientos. Me engendraron padres que nacieron aquí, de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí, de padres e hijos de está tierra y de esos vientos también. (Canto a mi mismo, Walt Whitman, Biblioteca Edaf)

Los ecos del Big Bang retumban todavía en las partículas de las que estamos hechos. Nuestra composición química es más afín a la cósmica que a la terrestre. Por el hidrógeno que llevamos dentro (formado en el fogonazo que produjo la radiación cósmica de fondo, cuando el Universo se hizo transparente a los fotones) somos hijos de la luz. Por el carbono, el nitrógeno y el oxígeno (forjados en los hornos estelares y dispersados en explosiones agónicas de supernovas) somos polvo de estrellas. El microcosmos de nuestro cuerpo es el compendio de la historia del macrocosmos, como los clásicos no se cansaron de subrayar. Con frecuencia se ha usado esta metáfora del microcosmos (el humano) como recapitulación del macrocosmos (el Universo). Aunque exagerada, la metáfora encierra algo de verdad. Una mirada a nuestro interior revela muchas huellas de la historia del Universo. No somos ángeles ni máquinas: somos animales, emparentados con todos los seres vivos. (Ciencia, filosofía y racionalidad, Jesús Mosterín, Editorial Gedisa)

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