Reyes y Mendigos

Autor Congresistas
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Darío Mendoza A

Nuestra era está obsesionada con el poder, la fama, el éxito material y el control de la vida. Se nos empuja constantemente a creer que la autorrealización equivale al tamaño de nuestros logros y a la capacidad de moldear el entorno según nuestros caprichos. Nos ilusionamos con la idea de que aumentar nuestro dinero, acumular poder y adquirir posesiones es la vía definitiva hacia la plenitud. Sin embargo, la historia y los grandes relatos de la humanidad siempre acaban tropezando con una verdad incómoda: las cosas más valiosas de la vida no se pueden comprar ni conquistar.

Pensemos, por ejemplo, en Napoleón Bonaparte: un hombre cuyo genio militar y político le permitió dominar casi por completo el continente europeo, y ante quien temblaban imperios. Sin embargo, a pesar de tener el mundo a sus pies, Napoleón jamás pudo dominar el corazón de Josefina. El poder puede someter cuerpos y forzar obediencias, pero no logra comprar el afecto genuino. Ya lo advertían los Beatles en la canción Can’t Buy Me Love.

Tinta y Caos es un estupendo podcast en YouTube, donde su autor logra extraer la sabiduría milenaria de la literatura de todos los tiempos. En uno de sus capítulos advierte que existe una frontera infranqueable entre lo material y lo existencial: podemos construir una casa con billetes, pero no un hogar. Podemos comprar con creces la adulación o la complicidad, pero jamás la amistad verdadera. Es posible dominar las artes de la seducción, pero es imposible exigirle a alguien que nos ame. Al final, los bienes más significativos de nuestra existencia —el amor, la lealtad, la paz del hogar y el reconocimiento sincero— solo pueden ser recibidos bajo la categoría de un don, de un regalo libre que otro decide otorgarnos.

En una entrevista del periodista José Luis Montenegro con el narco Camilo Ochoa, el ex criminal comenta que decidió dejar el narcotráfico cuando vio a su padre enfermo de Alzheimer y se dio cuenta de que el dinero no sirve de nada si no puede comprar la salud de la familia. 

Esta realidad nos despoja de la soberbia que nos ilusiona con ser reyes y nos convierte, en esencia, en seres carentes de algo: en mendigos. Recordando el mito homérico, cuando Ulises regresa a Ítaca tras vencer a monstruos, engañar a cíclopes y rechazar la inmortalidad, no entra a su reino como el conquistador arrogante que es, sino disfrazado de mendigo. Necesita ser reconocido y acogido por Penélope y Telémaco, algo que ninguna espada o tesoro puede lograr. Lo mismo ocurría con Napoleón, quien regresaba como mendigo para suplicar la aceptación de Josefina. El éxito exterior nunca llena el vacío de la incertidumbre más profunda: ¿y si no quieren recibirme?

El error común es pensar que la riqueza consiste en poseer mucho. Alguien puede tener imperios enteros, pero si su corazón se articula desde la carencia, desde el deseo insaciable de lo que le falta, seguirá siendo un mendigo. Por el contrario, la verdadera riqueza reside en tener algo que dar: tiempo, atención, lealtad y amor.

Nadie nos asegura que nuestros sacrificios o afectos vayan a ser correspondidos. Pero el valor del amor no radica en la certeza del resultado, sino en su capacidad para transformar a quien lo ejerce. Nos saca de nuestro egoísmo y nos permite descubrir que, aunque necesitamos de los demás para sobrevivir, también poseemos un tesoro interno que merece ser regalado.

Todo aquello que sostiene nuestra alma nos es dado de manera gratuita. Ante esta abrumadora realidad del don, la única postura lógica y la mejor actitud posible ante la vida es la gratitud eterna. Respondamos con sinceridad: ¿qué tenemos que no hayamos recibido? De esa pregunta puede brotar una actitud que nos ayuda a vivir mejor: la actitud del agradecimiento.

@dariomendoza

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